Un episodio y los seriéfilos más veteranos suspiraron de encanto; dos episodios y se desató una catarata de críticas elogiosas que llevó al termómetro del famoso sitio de referencia de opiniones Rotten Tomato es a tocar el mágico número del 100 por ciento. Better Call Saul se ha convertido en la nueva serie mimada de la crítica especializada del mundo, que a su vez cuenta con un férreo núcleo de leales seguidores, todos ellos provenientes de su serie madre: Breaking Bad.

La genialidad que desde 2015 vienen construyendo la dupla creadora Vince Gilligan, Peter Gould -responsables también de Breaking Bad– está haciendo tambalear las más férreas creencias de ambos (crítica y seguidores) respecto a su afirmación a rajatabla de que la serie que inmortalizó a Walter White haya sido la mejor de la historia. El dilema es grande, en especial por los valores que cada una representan.

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En una memorable emisión de su Fort Apache, el hoy vicepresidente de España, Pablo Iglesias, sentó a tres varones y tres mujeres, todos de distintas profesiones y oficios y divididos a su izquierda y derecha en partes iguales según su procedencia ideológica: historiadores, sociólogos, fans del comic y de las series, políticos y trabajadores calificados, todos mostraron su fanatismo por la serie y una empatía especial con White: veían en él, como iba surgiendo del debate, a un héroe de clase media; el tipo que se animaba a mandar todo al demonio y hacer por fin lo que tenía ganas, lejos de ataduras, mandatos, burlándose de los que siempre lo habían humillado y sometiendo a quienes se suponían más poderosos que él por el mero hecho de ser capaces de la violencia física. En el análisis surgía cómo Breaking Bad debía su éxito a haberse convertido en una loa al sueño más caro de los sectores medios: eran ellos sus más acérrimos seguidores y quienes más defendían todos los pensamientos y acciones de White.

Better Call Saul se ocupa de alguien algunos escalones más abajo. De los segundos, por decirlo de algún modo, esos a los que no se presta atención (en especial de los sectores medios que crean y difunden sentido). Es el hermano menor de un exitoso abogado, que hizo de su apego a la ética y la honestidad su arma más noble y verdadera artífice de su aplastante éxito. Saul (que aún es Jimmy) es acaso el único que sabe que eso, como mínimo, no es tan así: su sofisticada manipulación es su mejor arma, y pocos como él la sufrieron tanto. Saul se dedica a la estafa y obligado a huir vuelve con su hermano. Y, entre otros logros, consigue convertirse en abogado por correspondencia. Llega, incluso, a exponer en juicio público las tretas de su hermano.

Con ese eje en la relación entre el inferior que pide ser escuchado (es decir, querido) y el poderoso que no escucha, Better Call Saul disemina sobre el terreno una serie de personajes de iguales características, entre los que se destacan -como uno de los mejores secundarios que ha creado la televisión- Mike Ehrmantraut (Jonathan Banks). Con un discreción directamente proporcional a su eficacia, Mike es quien va armando el vínculo mercantil con Gus (el señor de los pollos): un gran exponente de esa gente a la que suele llamarse gris pero en realidad tiene la reserva que exige su labor; ese ejército necesario para que un negocio como el narcotráfico funcione y perdure, aunque lo que fascine -siempre- sean los White (y sucedáneos más marginales tipo Pablo Escobar).

Mientras se reconstruye la conversión de Jimmy en Saul -porque como en Breaking Bad se trata del relato de una trayectoria-, Jimmy y Kim se enamoran. Ella reconoce su gran esfuerzo, él ve en ella un futuro tan agradable como convencional: la buena chica que una madre espera para salvar a su hijo; el muchacho medio atorrante que le da a la nena la chispa de picardía que su buena educación le censuró. En la temporada cuatro él la llevó de gira para mostrarle el tentador sabor de la estafa; en el primer capítulo de esta, la quinta, ella no encuentra mejor recurso que engañar a su cliente para que acepte un trato que no quiere pero le conviene ampliamente. La relación entre ambos parece sellada: ella no puede soportar parecerse tanto a Jimmy, no es para lo que la educaron, no es la imagen que le reditúa en el círculo social que le agrada vivir.

Un último párrafo para los celulares, tan relacionados con el slogan de llamar a Saul y fundamentales para que Jimmy comience a hacerse de un camino en la profesión y del vivir holgado. Son los previos al smartphone (Breaking Bad es de 2008, un año después del lanzamiento del primer iPhone, que inauguró la era). Sin ningún tipo de valoración, la serie parece indicar que ese mundo aún preponderantemente analógico resultaba más permeable al entrecruzamiento de clases y saberes. Acaso de ahí el sabor tristón, de nostalgia por lo irrecuperable que tiene Better Call Saul. Una historia de la que se sabe su final (que es la actualidad, siempre contada en blanco y negro -¿serán esos los colores de la sobrevivencia?-) y sin embargo encanta recorrer. Como se recorre sin cesar de principio a fin un amor trunco, en búsqueda de la clave que señale por qué no resultó.

Better Call Saul, de Vince Gilligan. Diez episodios. Lunes 24 por Netflix y Amazon Prime.