La responsabilidad del artista: siempre ponemos este eje en la Universidad, en nuestras intervenciones, en nuestros proyectos de investigación, en nuestras prácticas artísticas solidarias y comunitarias. No hay nada que justifique que el arte no pueda trascender las fronteras de la belleza y la transformación del alma del hombre, sin incorporar el compromiso con los derechos de la Humanidad.

A partir de esta premisa, podemos decir que De Ushuaia a la Quiaca, la obra León Gieco que ya cuenta más de treinta años, tiene todos los condimentos de una propuesta innovadora y superadora de lo que se venía realizando con la cultura y especialmente, con la música folklórica.

El trabajo es un compendio estético y antropológico que trasciende la musicología y los límites de la etnomusicología. Hay un componente científico, si se quiere, en las intervenciones de Leda Valladares, por ejemplo, y sus eruditos estudios y composiciones de bagualas, especialmente, recuperando el saber de los valles y dejándolo plasmado en su “Mapa musical argentino”. Allí también abreva Gieco, protagonista de este valiosísimo evento cultural (que contó con la colaboración fundamental de Gustavo Sanataolalla como productor), de este viaje donde el compromiso por narrar historias, pasiones y realidades se hace carne en el llamado patrimonio inmaterial que es la música, que es la canción.

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György Lukács nos habla de la teoría del reflejo, cuando el arte podría ser interpelado por cómo y cuánto es capaz de reflejar la realidad. El arte debe encontrar su propia manera de expresar los problemas sociológicos, aunque debe prevalecer el valor artístico, consumarse siempre como un hecho artístico. Por eso compartimos la proposición de la estética y la ética como principios ineluctables. Cuando la cultura se viste de pueblo, cuando la música es herramienta política, reflejo y relato.

Al término de la guerra de Malvinas, renace el cancionero al calor de toda una generación de artistas exiliados y de composiciones prohibidas por la dictadura. La primavera musical de aquel 1985, fecha de la publicación del primer disco de De Ushuaia a la Quiaca, refleja el ansia de un pueblo que necesita salir de su opresión y su silencio. De allí que el momento de esta efervescencia musical y poética haya sido precisamente en estos años. Y más allá de cómo haya resultado su proyección y difusión, se produjo en ese espacio y en ese tiempo, un encuentro y un reencuentro.

Entre 1985 y 1986 se publicaron los primeros tres álbumes de esta obra y finalmente el cuarto, en 1999. Casi 500 conciertos llevados también a documentales y documentos fonográficos en todo el país, casi como los 500 años que pasaron y desde donde comienza una suerte de descolonización.

León Gieco es un cantor, un cantautor, un juglar al que la propia realidad lo hace estar en permanente diálogo con las razones del pueblo. Resulta casi inevitable no citar a  Atahualpa Yupanqui, aunque muy brevemente, y pensar que Gieco es eso, cuando el gran maestro nos dice: “Si tú no crees en tu pueblo, si no amas, ni esperas,/ Ni sufres, ni gozas con tu pueblo, /No alcanzarás a traducirlo nunca”. 

La idea de Gieco de cocrear un hecho cultural con las expresiones y los cantores más diversos de nuestra tierra fue impulsada por Santaolalla, quien puso todo el énfasis para que fueran ellos quienes se trasladaran a cada rincón, desde el norte más norte hasta el fin de los sures. Santaolalla explica, con una metáfora, que ellos van a buscar el agua más pura, allí donde nace. Los manantiales de las músicas, el germen, el impulso no contaminado. En De Ushuaia a la Quiaca Gieco fue a buscar las raíces de nuestra cultura, lo más auténtico

Hay homenajes a Sixto Palavecino, al “Chuchi” Leguizamón, a los Carabajal, al cuarteto Leo, que cuando pasan por Córdoba, reversionaron aquel “Sólo le pido a Dios”, y lo funden con el ritmo y el baile del cuarteto; aunque finalmente en el disco haya aparecido una versión en lengua quechua. Junto a Isabel Parra, expresaron a través de “En la frontera” ese sentimiento de frustración de patria conmovida e intervenida, que podemos escuchar desde el canal de Beagle. 

León Gieco, un artista del pueblo, que nació del rock nacional y pasó al canto testimonial, tal vez porque comprendió que el folklore es la expresión, la crónica de lo que sucede, la guerra y la vida luminosa, la muerte pero fundamentalmente la memoria.