La historia de Alejandro Cordero está atravesada por el sentir nacional. Nació en 1976, lleva presente desde hace 40 años en su memoria la Guerra de Malvinas, con su familia padeció la hiperinflación y recurrió más de una vez a las ollas populares de su barrio en José C. Paz, donde conoció la unión y el espíritu comunitario en el que cada uno aportaba lo que podía para la comida de todos. Eso les quiso transmitir a sus alumnos de la Escuela de Técnica de Mar del Plata en 2019 (a sus 44 años Alejandro reside en Mar Chiquita) cuando, cansado de las rutinas de una escuela del siglo XX para chicos del siglo XXI, les propuso: “¿Y si hacemos un satélite?”. Lo que parecía ciencia ficción es una realidad. El próximo 13 de enero saldrá el primer satélite General San Martín desde la plataforma Space X de Elon Musk en Cabo Cañaveral. Lo seguirán otros llamados Juana Azurduy y Simón Bolívar. En los próximos años vendrán más de cien para conformar la constelación Libertadores de América, orbitando a 600 kilómetros de la Tierra. ¿Por qué el nombre? «El objetivo de ellos fue emancipar a cada país para que sean libres, y el satélite es también soberanía, espacial y científica. El satélite también lleva a las Malvinas en el pecho, como una firma». En menos de un año y medio, San Martín empezará a brindar sus servicios, especialmente para las empresas agrícolas que en zonas alejadas puedan aplicar tecnología IOT (Internet de las Cosas).

–¿Cómo nace el proyecto?

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–En 2019 les propongo a mis alumnos de los últimos años de secundaria hacer un proyecto disruptivo. Al principio dudaron, pero a los cinco minutos empezaron las preguntas, y a investigar todos juntos qué era un satélite, cómo se componía. Tuvieron que aprender idiomas, matemáticas, física. Con el primer prototipo empezamos a salir en medios, primero locales, después nacionales, y pudimos viajar a Escocia al primer congreso de este tipo de satélites (picosatélites, más chicos que un nanosatélite). Cuando volvimos, entre fines de 2019 y principios de 2020, la Aceleradora de Startup Neutrón, de Mar del Plata, nos ofrece profesionalizar nuestro trabajo. Ahí nace nuestra empresa Innova Space. La iniciamos con dos exalumnos, luego empezamos a contactar a más gente, doctores, ingenieros, y hoy somos más de 14: seis de ellos exalumnos, que antes solían irse a estudiar y ahora se quedaron acá. La economía del conocimiento va a cambiar la matriz productiva de ciudades, provincias y países. 

–¿Qué hará el satélite?

–Buscamos proporcionar información de Internet de las Cosas (IOT) donde no la hay. El 80% del mundo y el 70% de Argentina no tiene cobertura de ningún tipo. Generalmente hay minería, petróleo y agricultura en los lugares más alejados, que carecen de comunicación. Ante la falta de alimentos en el mundo, se va a necesitar subir la cantidad de producción, para eso hay que tecnificar, y la única forma es conectando los dispositivos. Imaginate un silobolsa en el campo, con sensores que contrastan si los rompen, los roban o si está bien el grano adentro, pero sin comunicación, si el agricultor está en Mar del Plata y la bolsa en Balcarce ¿ese sensor de qué sirve? Con el satélite, mucha gente tomará el dato de ese sensor, lo devolverá a un lugar concentrado de información, lo llevamos a la red, y con una app el productor podrá verlo desde cualquier lugar del mundo. Planeamos en dos años lanzar más satélites que toda Argentina en su historia, y en tres años más, que toda Latinoamérica. 

–Fuiste alumno de escuela técnica, y ahora docente. ¿Cómo las ves?
–Están quedadas por lo menos cien años, con edificios obsoletos, las aulas no son aulas para los alumnos que vienen, los docentes tampoco, y la currícula es horriblemente obsoleta. Hay muchos docentes que le ponen el pecho, pero tampoco podemos personalizar la educación, debería ser una reestructuración que diga “basta, las escuelas no van más así”.

Cordero tuvo una empresa metalúrgica que debió cerrar en 2018, derrotada por las importaciones sin freno. Entonces volvió a la docencia. Lo primero que se preguntó fue: “¿Cómo hago para preparar a mis alumnos en una escuela creada en el siglo XIX con profesores del siglo XX y alumnos del siglo XXI?”. Entonces se decidió por “las habilidades: que sean resilientes, innovadores. Y enseñarles a entender al otro. Enseñar la empatía. Todo nace de ahí”.

En el primer vínculo con sus alumnos, en aquel 2019, lo primero fue cambiar el espacio. Tiró el pizarrón de tiza, pintó el aula, armó “un gran loft” en el que los chicos se sentaban de forma aleatoria. A lo Google, agregó una cafetera, un silloncito y hasta un LCD “para que jueguen a la Play cuando se aburran. Esa es la estructura de escuela que pienso. ¿Estudiaban? Sí, en el medio hacían un satélite. Venían fuera de horario, superando las horas establecidas. Y no hay que gastar más, es usar el mismo espacio físico y renovar el formato”.

Un desarrollo espacial con precios terrenales

Los picosatélites son más chicos que un nanosatélite. El General San Martín mide 10x5x5 centímetros y pesa medio kilo. Va a ir de polo a polo y, según cuenta Cordero, tardará 92 minutos en dar la vuelta al mundo.

 “Este año vamos a lanzar cuatro más en octubre, y entre diciembre y enero otros dos. Después, entre 14 y 16 en 2023, y unos 90 en 2023”, anuncia Alejandro. Entre ellos, funcionarán “como un enjambre, todos hacen la misma función. Cuantos más sean, menor latencia habrá, o sea el tiempo que tarda en llegar lo que manda tu sensor a tu celular. Si lanzás uno solo, eso tarda un día. Si lanzás cien, la señal será cada un minuto”. Hacerlo y lanzarlo cuesta mucho menos de lo que se cree. Entre 30 y 50 mil dólares la producción, y otros 75 mil dólares el lanzamiento. Para financiarse, el grupo consiguió dos aportes de la Subsecretaría de Economía del Conocimiento del Ministerio de Desarrollo Productivo de la Nación: uno de 18 millones de pesos en 2020, y otro de 30 millones este año. Los satélites tendrán una vida útil de 2 a 4 años, e irán reponiéndose. “Luego decaen y se hacen cenizas».