Enero para Australia es una época difícil porque la sequía y el calor suelen provocar graves incendios, pero esta temporada las llamas llevan tres meses desatadas y resulta imposible contenerlas. La dimensión de la crisis se puede mensurar no sólo con las más de 5 millones de hectáreas carbonizadas  sino también por los más de 480 millones de animales muertos calcinados por el fuego, cifra conservadora que sólo refiere a Nueva Gales del Sur, en el sureste del continente, cuya capital es Sidney. 

El escenario es desolador, ya que Australia no sólo está pasando por una de las sequías más importantes de su historia sino que sale de la primavera más seca registrada y recién entra al comienzo del verano, una temporada de muy bajas precipitaciones. Es decir que la desgracia de los incendios se ve amplificada por los perjuicios contra el cambio climático. Paradójicamente, se trata de un país que fue cabecera de las naciones que se opusieron férreamente a cambios progresivos planteados en las dos últimas cumbres mundiales sobre el clima (COP 24 y 25), la última en diciembre de 2019.

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Australia es uno de los principales productores de carbón (la fuente de energía que emite más gases de efecto invernadero) y el lobby de este sector es de los más potentes e irreductibles. A esto se le suma un gobierno conservador, encabezado por Daniel Andrews, alineado con los sectores mineros, y forma junto con Donald Trump y Jair Bolsonaro el grupo de principales líderes negacionistas, para quienes la discusión del cambio climático es una fábula. Sin embargo, el calentamiento global les llevó una desmentida catastrófica. En la semana que va de fin de año, Andrews no tuvo más remedio que pasar de negar el vínculo entre el cambio climático y la dimensión de alrededor de un centenar de focos de incendio.

La fauna de Australia es única en el mundo, al estar aislada se ha desarrollado de manera independiente al resto del mundo, sólo allí se encuentran marsupiales, como el canguro y los koalas. Hasta el momento se informa que casi un tercio de los koalas han muerto calcinados. Las imágenes de otros animales abrasados por el fuego son postales de un dramatismo difícil de elaborar. La especificidad de la pérdida resulta incontrovertible y según Chris Dickman, ecólogo de la Universidad de Sídney, “un desastre sin precedentes”. Dickman es quien realizó la estimación de la cantidad de animales muertos en base a informes escritos para el Fondo Mundial para la Naturaleza.

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(Foto: AFP)

Consultado por medios de prensa, Richard Thornton, director del Centro de Investigación Cooperativa de Incendios Forestales y Peligros Naturales aseguró que “la temperatura media en Australia es ahora un grado superior a la que era hace un siglo (…) y en estas condiciones, el verano se adelanta y el riesgo de sequías y de incendios es acumulativo, y los episodios de clima extremo se hacen más y más frecuentes”.

La BBC entrevistó a la científica Glenda Wardle, de la Universidad de Sidney, que aseguró que si bien no se puede “considerar un evento específico como el resultado directo del cambio climático”, si es posible observar “tendencias, y no sólo los fuegos, también las sequías y las inundaciones. Todo el conjunto está innegablemente vinculado al aumento global de las temperaturas. Pero cuando el gobierno tiene la oportunidad de enfrentar el problema y hacer algo, siempre encuentra otros ‘culpables’, como la mala gestión del territorio”.

El exjefe de bomberos de Nueva Gales del Sur, Greg Mullins, declaró a un programa de Radio ABC Sidney contra la actitud del jefe de Estado: “Estoy indignado por la respuesta del primer ministro. Me recuerda al presidente Trump cuando hay casos de múltiples tiroteos, diciendo que no tiene nada que ver con las armas”, dijo y apuntó: “Tenemos que hablar sobre el cambio climático, porque nuestra situación de incendios forestales en Australia ha cambiado para siempre”.

Además de 18 muertos, miles de habitantes de la costa este han sido desplazados de sus hogares. Como ocurrió con el Amazonas hace unos meses la catástrofe ambiental es de proporciones alarmantes. En los cuatro estados afectados por el megaincendio, la calidad del aire ha disminuido, y llega a ser de las más bajas del mundo, afectando hasta la zona de glaciares de Nueva Zelanda. En términos económicos el país enfrenta una pérdida económica de 50 millones de dólares por día. 

La ministra de Defensa, Linda Reynolds, informó que se enviaron a la región oriental tres helicópteros, un avión y dos barcos más, mientras que el ejército se prepara para dar refugio y electricidad a los damnificados. Además, comunicó que se pidió ayuda a Canadá y Estados Unidos. Hasta el momento, los incendios no parecen ceder en su destrucción y las perspectivas, de acuerdo a los especialistas que trabajan en terreno y monitorean el clima, no son positivas.