Si es cierto aquello de que la escritura es, antes que un don prácticamente intuitivo e intransferible, un proceso más o menos tortuoso, casi nunca lineal, que conlleva esfuerzo, sacrificio y, sobre todo, tiempo, el de Agustina Bazterrica (Buenos Aires, 1974), cuya última novela es Las indignas, resulta un caso, si no ejemplar o paradigmático, uno, cuanto menos, valioso. Ya con Antes del encuentro feroz, su primer libro de cuentos publicado en 2016 por Alción, y expandido por Alfaguara en 2020 con el título de 19 garras y un pájaro oscuro, la autora exhibía un potencial que auguraba un futuro promisorio.

Las indignas (Alfaguara) es, luego de la llamativa Cadáver exquisito, ganadora en 2017 del premio Clarín y traducida a más de veinte idiomas, su segunda novela. En la primera, la crisis climática se manifiesta en una peste animal que torna imposible su ingesta. Así las cosas, y carnívora como es, la sociedad legaliza el canibalismo y, con él, se tornan visibles y más explícitas (más aún que en el mundo real) las desigualdades sociales.

indignas

Las indignas

En Las indignas la crisis climática se vuelve catástrofe planetaria. Recursos naturales contaminados, animales extinguidos, grandes parcelas terrestres bajo el agua, ciudades devastadas, distintos climas en simultánea y contradictoria sincronía.

En este mundo apocalíptico, distópico, la narradora vive en una suerte de convento cruel y sanguinario, la Casa de la Hermandad Sagrada; suenan, en algún que otro oscuro recoveco, los ecos de la abadía de El nombre de la rosa.  Como puede, enteramente a escondidas, en el cuchitril de su habitación-celda, la mujer escribe el manuscrito que conforma la novela. “Es peligroso escribir esto –anota–, en este instante, en este lugar, pero lo hago para recordar quién era yo antes de llegar a la Casa de la Hermandad Sagrada. ¿Qué hice, desde dónde vine, cómo sobreviví? No lo sé, algo se quebró en mi memoria que no me deja recordar”.

El peligro es real, estremecedor, brutal.  La casa se organiza por medio de prácticas, rituales y ceremonias propias de un teatro de la crueldad morboso y sádico (y que recuerda, en parte, a Margaret Atwood), bajo una religión que tiene como patriarca a un hombre, a un “Él”, siempre tras bambalinas, que profesa discursos oscuros y denigratorios para con las mujeres que viven en el recinto; un recinto, dicho sea de paso, fuertemente estratificado.

Están las Siervas, mujeres marcadas en el cuerpo por alguna enfermedad, que, como su nombre lo indica, se encuentran al servicio del resto. Las Indignas, que, aprensivas, recelosas, resentidas, aspiran a ser Iluminadas, mujeres capaces de escuchar los designios del dios verdadero y que prácticamente nadie ve.

A su vez, las Auras Plenas, con sus tímpanos perforados, y las Santas Menores, con sus ojos cosidos, alejadas de cualquier impulso o sentido disruptivo, resultan seres ideales en esta religión que exige constantes ayunos, silencios y sacrificios feroces. La Hermana Superior, por su parte, representa el sumun de la maldad: con látigo en mano, espera el gesto mínimo, la excusa cualquiera, para impartir sobre el cuerpo de las mujeres la perversión sádica, su deseo de dolor y sangre ajenos.

El crimen de una Santa Menor y la aparición de una mujer, que llega a la Casa proveniente del exterior hostil, modificará a la protagonista, que comenzará, poco a poco, a rememorar su pasado fuera del claustro y a problematizar su violento presente. Hábil en la construcción de un mundo opresivo y brutal, fundado en la delación y la envidia, Bazterrica se divierte con la desdicha de sus personajes, que suelen encontrar respuestas o atisbos de libertad cuando ya es demasiado tarde. Con sus traspiés, pero, sobre todo, con sus aciertos, Las indignas representa, en definitiva, un peldaño más en el ascenso de una autora cuya mejor obra siempre está por venir.