Hoy, 6 de diciembre, estoy en condiciones de anticipar que el 2020 ya es boleta.

¿Buena noticia? ¿Mala noticia? Quién sabe. Lo que sí se puede confirmar que está próximo a culminar un año al que nadie, de haberlo sabido antes, habría elegido tal como se dio.

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Año atípico. Año encriptado en novedosas conductas sociales que habrá que esperar un rato para ver si nos hizo mejores o peores, más comprensivos o más intolerantes, más solidarios o más egoístas. Año primero aislado y ahora distanciado. Año que nos vacunó, sin vacunas que nos defiendan, de la cabeza a los pies y nos volvió asintomáticos de planes, proyectos e iniciativas. Año entre paréntesis. Año de postergaciones, algunas razonables; otras, aquellas que tienen que ver con la vida, inaceptables, insoportables.

Y, que esto quede entre nosotros, año de mierda.

Cada uno lo atravesó como pudo. Los que (porque Dios quiso) hasta hoy zafamos, los que se contagiaron y se recuperaron, y los que no pudieron hacerle frente a esta enfermedad bicha cuyas consecuencias siguen dejando perplejos a los expertos más calificados. Año contagioso de dolores, de muertes sin despedida, de lágrimas en soledad, de abrazos con fecha de vencimiento que ya expiraron más de una vez. Año en donde casi todo lo estimulante de la vida estuvo cerrado. Año de los protocolos que los parió. Año en que a esta altura está en duda, incluso, el espíritu festivo, findeañero. ¿Cuánto tardaremos en cruzarnos con un Santa Claus con barba y también con barbijo?

El 2021 se acerca con un interrogante crucial: ¿cómo hacer para retomar la conversación fundamental donde la habíamos dejado, allá por la mitad de marzo? ¿Cómo haremos para recuperar lo interrumpido? ¿Seremos capaces de recordar dónde habíamos puesto el punto seguido? Si la memoria no es precisa, serán inevitables las reescrituras. Después de todo, no estará nada mal volver a empezar. La lista de propósitos y deseos pospuestos se fue acumulando y ya es demasiado extensa. La pandemia nos volvió hábiles en codazos afectuosos y en extrañas ceremonias como los zoompleaños; nos convertimos en expertos en alcoholes, pero de esos que vienen en gel, en aerosol, puros o rebajados al 70 por ciento y que, cuánta desazón, no sirven para hacer un brindis; desde que lo presencial se volvió virtual, nos explicamos desde múltiples pantallas hasta lo inexplicable, como videoconsultas médicas o sexo telefónico.

Año que nos puso a prueba con tantas cosas tan nuevas como indeseables: clases a distancia, cine y teatro por streaming, cafés sin clientes, fútbol sin hinchas. En 2021 tendremos que vernos cara a cara con eso que dicen que será la «nueva normalidad». Habrá que saludarla, con un «hola, qué tal», porque decirle «encantado» sería un exceso.

Año en que tuvimos que convivir con los odiadores de todo, los hinchas fanáticos del club Defensores Unidos de Nisman y sus barras bravas, a quienes les dio lo mismo salir a oponerse a los congelamientos de tarifas, a repudiar la intervención a Vicentin, a descreer de las vacunas o a defender a los 9000 pobres más multimillonarios de la Argentina.

Frente a esos casos tan desmoralizantes, hubo un Estado presente que le cantó IFE y ATP al Covid. Está el admirable caso de miles de mujeres en lucha, movilizadas pidiendo equidad en los trabajos y libertad y decisión en cuerpos y mentes; está el personal de salud al que alguna buena noche de estas tendremos que volver a aplaudir. Y hay otros signos alentadores: los 7000 y pico de ciudadanas y ciudadanos con algo para decir sobre la defensa de la costa porteña expuesta a tremendos negociados inmobiliarios; quedan, aún con tristeza inevitable, muchos pequeños maradonitas que, haciendo jueguito en los entretiempos de los partidos, tarde o temprano salvarán al fútbol.

A propósito: ¿ya eligieron la estrella, como propuso Víctor Hugo Morales?

Y está el país con muchas ganas de salir adelante. Sabemos que quedan muchas cosas difíciles y  trascendentes por resolver. Personalmente, sigo creyendo en quienes elegimos para que nos gobiernen hace poco más de un año. Ahora, muy cerca, queda la merecida posibilidad de que podamos, queramos y sepamos tener felices fiestas.