En los días más difíciles, Claudia Corvalán puede perderse a la vuelta de su casa. Salir a hacer alguna compra y desorientarse al punto de no reconocer las calles por las que circula cotidianamente. A Laura Moirón, los peores días la obligan a suspender todas sus actividades y quedarse en la cama, con demasiado dolor corporal como para levantarse. Tomás Sayer, de apenas 22 años, pasa días enteros sin hambre, con falta de energía y sensaciones de desmayo. A Gabriela Rodríguez el cansancio solo le permite ir al trabajo y acostarse al regresar, sin resto para las actividades sociales que formaban parte de su vida hasta que se contagió. “¿Alguna vez podré volver a ser como antes? ¿Hacer una clase de yoga sin ahogarme?”, se pregunta la mujer de 42 años, y comparte los interrogantes de unos 36 millones de personas en el mundo. Es la cifra estimada de quienes están sufriendo long Covid o Covid persistente: secuelas del paso del SARS-CoV-2 por sus organismos, que permanecen durante meses y les impiden volver a sentirse como ese antes añorado. A exactos dos años del aislamiento obligatorio, la sensación social es que el coronavirus ya no está. Pero en millones de personas, la pandemia dejó huellas que aún persisten.

Aunque los síntomas durareros, las secuelas inexplicables y el decaimiento posterior a la infección comenzaron a detectarse a poco del inicio de la pandemia, recién en diciembre de 2021 la comunidad médica elaboró una primera definición del Covid persistente. Fue a través de lo que se conoce como Proceso Delphi, dirigido por el Comité Covid-19 de la Organización Mundial de la Salud (OMS) con la participación de pacientes, cuidadores y especialistas, quienes consensuaron que el long Covid es la condición que ocurre en personas que atravesaron el SARS-CoV-2, con síntomas que duran al menos dos meses y no pueden explicarse por otros diagnósticos. La lista incluye más de 200 síntomas, con algunos prevalentes: fatiga, dificultad para respirar y disfunción cognitiva, cefalea, palpitaciones, dolor corporal.

Mientras aún resta mucho por conocer y comprender sobre estos dolores y sensaciones que resisten al paso del tiempo –sobre todo, para saber cómo tratarlos–, cada vez más personas consultan por estas secuelas que les impiden volver a su vida pre Covid. No solo por lo que implica convivir con malestares constantes o intermitentes. También, por los efectos sobre sus situaciones laborales, familiares y emocionales. La pandemia que trastocó al mundo no terminó y quedó arraigada en múltiples cuerpos como una alarma que agrega tensión, incertidumbre y costos económicos sobre sistemas sanitarios que llevan dos años al rojo vivo.

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Entre reservorios virales y brujos

“Cada vez son más los pacientes que consultan por sintomatología pos Covid diversa. Sobre todo, esto de no poder retomar las tareas habituales por sentirse decaídos, desganados, deprimidos. Esto es bastante prevalente”, describe la médica Leda Guzzi, de la Sociedad Argentina de Infectología (SADI). Si bien remarca que “falta mucho por entender”, detalla que entre los estudios realizados hasta ahora sobre el Covid persistente, “hay hipótesis fisiopatológicas que indican que esto se produciría por la persistencia de reservorios virales en diversos nichos del organismo, y otras hipótesis tienen que ver con la autoinmunidad. Todo esto está en desarrollo y creo que va a ser un problema importante de salud pública por la magnitud de su presentación y el número de las personas a las que afecta”.

“Hoy sabemos que esto afecta a por lo menos el 10% de la población que padeció Covid. Pero hay series que van dirigidas a la búsqueda de estos síntomas y marcan porcentajes mucho más altos, incluso del 50%. En el mundo se estima que hay hasta 36 millones de personas que lo padecen. Realmente es un problema grave”, advierte Guzzi. Y resalta “un dato positivo: la vacunación reduce el riesgo de padecer long Covid y su intensidad cuando se presenta”.

Marcos Rabadan tiene 45 años, es médico y trabaja en el sistema público en Córdoba. Desde el inicio de la pandemia escuchaba relatos de sus pacientes sobre síntomas que no se iban. Hasta que le tocó atravesar la experiencia en carne propia. Se contagió por primera vez en noviembre de 2020; luego, en diciembre de 2021. “Antes de eso era una persona superactiva, trabajaba, iba al gimnasio tres veces por semana, una vida normal, sin enfermedades”, describe.

Hoy padece cansancio, taquicardia, niebla mental, aturdimiento, trastorno visual, pérdida de peso. En el long Covid la dolencia física se une a la mental. “Después de la parte aguda empecé a tener ansiedad, ataques de pánico, algo que yo no conocía. Cosas raras, como que no conocés qué le pasa a tu cuerpo. Erupciones, dolores articulares tipo artritis. Me hacía estudios de laboratorio y salían todos bien. Y me quedan síntomas neurológicos feos: no me puedo concentrar. Parezco atontado todo el día. No puedo estudiar ni ponerme con nada. Hice tratamientos y busqué ayuda hasta con brujos y gente esotérica, hice todo para tratar de estar mejor y nada funciona”.

Todo por aprender

A dos años del inicio de la cuarentena en la Argentina, y con más de 459 millones de casos de coronavirus registrados en todo el mundo desde 2020, rige el desconcierto sobre cómo tratar el Covid persistente de forma integral. Esa falta de información se traduce en una multiplicación de interconsultas y frustraciones por parte de pacientes que buscan, como sea, recuperar su propia vieja normalidad.
Y peregrinan por consultorios y se someten a estudios y laboratorios que den con la verdad que nunca llega.

“Los síntomas no se me pasaban. Al principio pensaba que era estrés, hasta que una conocida me comentó sobre el long Covid y empecé a buscar información. Pero los médicos no estaban al tanto. Fui al kinesiólogo, a la ginecóloga, he ido a clínicas como la San Camilo, porque hay veces que uno se siente mal y no sabe qué le pasa. Yo se lo atribuía a esto y me miraban como diciendo ‘qué decís’. En el Hospital Italiano, lo mismo. Nadie entendía nada. Solo un homeópata lo relacionó con esto”, cuenta Claudia, contagiada de Covid por primera vez en mayo de 2021 y aún con síntomas. Sobre todo, la fatiga. Un nivel de cansancio que la retiene.

Gabriela Rodríguez, arte-terapeuta, tuvo Covid por primera vez en abril de 2020. “Nunca más se me fueron los síntomas”, cuenta, casi dos años después. En el camino, su periplo incluyó a un neumonólogo que le diagnosticó asma y una derivación al psiquiatra cuando se quedó sin voz por seis meses. “Recién la semana pasada, cuando volví a consultar porque no me podía levantar del dolor y cansancio, en la guardia de la obra social me hablaron de long Covid. Fue la primera vez que lo escuché en un consultorio”.

“En muchos casos no hay tratamiento. Los dolores de cabeza, por ejemplo, no tienen tratamiento más que como una cefalea común: paracetamol, ibuprofeno”, admite el médico Oscar Atienza, docente de la Universidad Nacional de Córdoba y magister en Salud Pública. “Creo que va a tener tanto impacto el long Covid, que en cualquier momento se va a generar una especialidad dentro de la medicina para tratar estos casos. Ahora vas al médico y cuando decís ‘dolor de cabeza’, primero te preguntan si tuviste Covid. Ya todos lo relacionamos”.

Para Atienza, es necesario legislarlo: «Que se incluya la patología Covid dentro de las coberturas de las ART y obras sociales y que se tenga en cuenta al long Covid, porque cuesta mucho que el empleador lo tome como antecedente válido para que la persona pueda faltar. No se lo toma como patología crónica sino aguda, que se resuelve en 15-20 días». La industria opta por no hacerse cargo, sin un horizonte claro en materia de tratamientos y sin certezas sobre qué seguirá haciendo el virus en el cuerpo. “Esto recién empieza –augura Atienza– y nos queda todo por aprender”.  «

«Hay gente que se queda sin trabajo porque no puede retomarlo»

“En su momento me trataron de delirante. Hoy me piden que les cuente cómo trabajamos”, cuenta desde San Luis el kinesiólogo Manuel Vargas Eced, al frente de la unidad de rehabilitación Post Covid-19 que comenzó a funcionar a fines de 2020 en el Hospital Central de la capital puntana. “Ya en los comienzos de la pandemia veíamos que las personas se iban a su casa tras la internación y al mes estaban igual o peor. Ahí empezamos a abordar el tema de forma integral: desde lo nutricional, lo psicológico, lo neuromuscular y cardiorespiratorio –enumera–. Es un programa de base funcional fisiológica adaptado a la morfología y la clínica del paciente”. Por esta unidad pionera pasaron más de 40 mil pacientes «con alto porcentaje de recuperación».


El long Covid no se sabe aún cómo abordarlo; «discutí con clínicos que dicen ‘está loco, que vaya al psiquiatra’. Recién ahora se está tratando el tema. La gente se está quedando sin trabajo, porque tiene buena función cognitiva pero le cuesta arrancar de nuevo, el agotamiento mental y físico es muy feo», describe Vargas.


Laura Moirón relata los efectos en su organismo: “Se me inflan las venas. Los días que está feo el clima, mucho dolor de articulaciones. La espalda me duele y se me consumieron los músculos en tiempo récord. Pero no hay atención para todo esto». Es porteña. Desde el Gobierno de la Ciudad la mandaron a distintos hospitales, sin respuesta. Comenzó a investigar por su cuenta, y dio con el centro en San Luis. Hasta allí viajó para encarar por tres meses el tratamiento de rehabilitación integral. Hoy comparte con más de 30 hombres y mujeres un grupo de WhastApp donde se intercambian datos sobre síntomas y tratamientos. Y se dan aliento en estos tiempos indescifrables.