Antes de aparecer adentro de un placard, con la espalda abierta de una puñalada y la cabeza forrada con bolsas de consorcio, Nicolás Silva posaba desafiante delante de un poster de Tony Montana, único decorado de una oficina sobre la calle Florida al 200, donde funciona una de las cuevas administradas por barras de Boca Juniors.   

A horas de la detención del vigilador Pablo Reyes, sospechado de la alevosa muerte del “arbolito”, el fiscal José María Campagnoli ordenó reforzar la seguridad del Hospital Ramos Mejía, a donde llegó Reyes después de intentar cortarse las venas. La presunción del fiscal apuntaba hacia una venganza barrabrava.

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Silva tenía una conexión –excesiva– con el negocio marginal del fútbol. Además de frecuentar la tribuna de Defensores de Belgrano, una cotidianeidad que lo catapultó a encargado del área de Deporte de Contacto en el Club, era “trapito” los días en que River jugaba en el Monumental (algo improbable para alguien ajeno a los favores de los hinchas millonarios “más caracterizados”) y hasta ostentaba una ligazón filial con la barra disidente de Independiente: su cuñado era César “Loquillo” Rodríguez, desplazado a las piñas por «Bebote» Álvarez del paravalanchas principal.
Pero la trama detrás del asesinato puede ser aun más compleja: una de las hipótesis de los investigadores plantea el ajuste de cuentas por una deuda con miembros de la Policía Federal, socios convenientes –imprescindibles– de las financieras ilegales.   

En la tarde del martes 4 de octubre, Silva, que tenía 28 años, debió haber estado en el gimnasio de Defensores. Él mismo había convocado al equipo del canal que el club tiene en YouTube para filmar la clase de muay thai y así difundir la actividad. Ese arte marcial lo había alejado de las drogas y ayudado a recuperar a su mujer y su hija.

Fue precisamente a Jésica a quien escribió el último mensaje: “Bien, gorda. Tranqui, trabajando”. Eran las 12:05. Después, una cámara lo captó en la esquina de Venezuela y Salta. Recién se volvió a tener certeza sobre Nicolás 40 días después, cuando los efectivos de la Comisaría 4ª encontraron el cadáver descompuesto en el ropero de un departamento de Venezuela al 1200, en Monserrat. Era la casa de Reyes.

El vigilador, de 35 años, estuvo prófugo tres días antes de ser acorralado en un hotel de Balvanera con las muñecas tajeadas. Mientras se lo buscaba, la policía detuvo a la mujer y al suegro para que expliquen cómo se convive con un muerto en el placard.

La mujer contó que sintió un “mal olor” que venía de la pieza de servicio, donde guardaba objetos del perro labrador que vive con ella. “Empecé a sacar las cosas que había en la habitación, valijas, la cama del perro, y cuando corrí, sentí el olor mucho más fuerte”, recordó.

También comentó que su marido tenía problemas financieros, que solo “jugaba a la quiniela” y que él le había dicho que había sacado un crédito por 180 mil pesos que terminó siendo de 50 mil y que usaron para pagar la garantía del departamento, un alquiler y algunas otras cuentas. “Cuando yo lo conocí él se drogaba, pero yo lo ayudé mucho. Cambió. Lo conozco hace más de ocho años, desde 2007. Nunca tuve un hecho de violencia, es muy cariñoso, muy compañero mío y amoroso con mis hijas», aseguró.

Desde el hallazgo del cuerpo, la viuda de Silva repite que siempre sospechó de Reyes y que cree que mató a su marido para robarle el dinero que llevó a su departamento para una operación financiera. El fiscal Campagnoli, en cambio, desconfía de una historia tan lineal.

Más muertos

Silva era más que un “abrepuerta”, que es el nombre on que se conoce a los «arbolitos» que vocean en la calle y luego acompañan a los clientes hasta las oficinas para concretar la compra de divisas. Tenía una cartera de clientes fijos a los que visitaba con una suma cercana a los 30 mil pesos. Ese martes, sin embargo, volvió a la oficina a buscar otros 40 mil para concretar la transacción que resultaría fatal.

Silva trabajaba en la cueva de los “Melli” Fernández, como se conoce a la financiera regenteada por José Luis y Miguel Ángel Fernández. El primero es un histórico de La Doce y aún hoy está en la primera línea de la barra, muy cerca de Rafael Di Zeo y Mauro Martín. Ya en 2013 el juez Manuel De Campos allanó su oficina y detuvo a cinco personas, entre ellas a José Luis, acusadas de blanquear dinero proveniente de los negocios ilegales de la barra y de organizar tours por la ciudad que incluían el reparto de carnets truchos para turistas que pagaban hasta 150 dólares por asistir a un partido de Boca. Pero los Melli siguieron trabajando sin problemas.

“Uno de los socios de esa cueva es el comisario de la 1ª. Por eso, que no te sorprenda que lo que motivó el asesinato del arbolito sea un ajuste de cuentas por deudas con la Federal”, confió a Tiempo una fuente vinculada a la investigación.

La relación de Silva con la barra brava de Boca también se prueba a partir de escuchas telefónicas y de algunas declaraciones que ya fueron incorporadas al expediente. “Sabemos que la financiera donde trabajaba la víctima manejaba plata de La Doce, pero todavía no encontramos nada concluyente para afirmar que algún barra está detrás del crimen”, agregó el vocero.

La pista barra tuvo fuerza al comienzo de la investigación pero el hincha sospechado vestía otros colores. Ocho días estuvo detenido Federico Martín, alias «Federico de Palermo», líder de la barrabrava de Defensores que supo ser amigo de Silva hasta una discusión durante un partido de River. “Federico le recriminó que el negocio era solo para los de la barra y Nicolás ya se había bajado porque quería dejar las drogas. Además le reprochó no haber estado el día en que la barra de Excursionistas le tiroteó la casa a Federico. Entonces Nicolás le tiró la plata que había recaudado en la cara y se fue”, recuerda uno de los compañeros que entrenaba con Silva en el gimnasio.  

Pero el detalle que determinó la detención fue un mensaje amenazante a través de Facebook que el barra de Defensores escribió desde la casa de su suegra en las primeras horas del 5 de octubre, es decir, cuando ya se desconocía el paradero del arbolito. La investigación posterior demostró que fue, apenas, un impulso trasnochado.

“Que la historia termine con un asesinato lamentablemente ya es común. En los últimos dos años hubo al menos cinco muertos relacionados a financieras ilegales, y creo que va a haber muchos más, porque la desregulación del sistema financiero implica mayor maniobrabilidad de los grados de interés y eso lleva a muchos problemas”, avisa un funcionario dedicado a investigar lavado de activos.

“En el mercado negro –concluye el especialista– siempre se paga más, porque el dinero no sale de ningún régimen declarado. El efecto más terrible de esto es que el financista, cuando no puede responder con dinero, es perseguido, sufre amenazas, hasta le secuestran a los hijos durante algunas horas, pero no puede denunciarlo, no puede explicar que lo único que hace es vivir de la usura”. «

Antes de aparecer adentro de un placard, con la espalda abierta de una puñalada y la cabeza forrada con bolsas de consorcio, Nicolás Silva posaba desafiante delante de un poster de Tony Montana, único decorado de una oficina sobre la calle Florida al 200, donde funciona una de las cuevas administradas por barras de Boca Juniors.   

A horas de la detención del vigilador Pablo Reyes, sospechado de la alevosa muerte del “arbolito”, el fiscal José María Campagnoli ordenó reforzar la seguridad del Hospital Ramos Mejía, a donde llegó Reyes después de intentar cortarse las venas. La presunción del fiscal apuntaba hacia una venganza barrabrava.

Silva tenía una conexión –excesiva– con el negocio marginal del fútbol. Además de frecuentar la tribuna de Defensores de Belgrano, una cotidianeidad que lo catapultó a encargado del área de Deporte de Contacto en el Club, era “trapito” los días en que River jugaba en el Monumental (algo improbable para alguien ajeno a los favores de los hinchas millonarios “más caracterizados”) y hasta ostentaba una ligazón filial con la barra disidente de Independiente: su cuñado era César “Loquillo” Rodríguez, desplazado a las piñas por «Bebote» Álvarez del paravalanchas principal.
Pero la trama detrás del asesinato puede ser aun más compleja: una de las hipótesis de los investigadores plantea el ajuste de cuentas por una deuda con miembros de la Policía Federal, socios convenientes –imprescindibles– de las financieras ilegales.   

En la tarde del martes 4 de octubre, Silva, que tenía 28 años, debió haber estado en el gimnasio de Defensores. Él mismo había convocado al equipo del canal que el club tiene en YouTube para filmar la clase de muay thai y así difundir la actividad. Ese arte marcial lo había alejado de las drogas y ayudado a recuperar a su mujer y su hija.

Fue precisamente a Jésica a quien escribió el último mensaje: “Bien, gorda. Tranqui, trabajando”. Eran las 12:05. Después, una cámara lo captó en la esquina de Venezuela y Salta. Recién se volvió a tener certeza sobre Nicolás 40 días después, cuando los efectivos de la Comisaría 4ª encontraron el cadáver descompuesto en el ropero de un departamento de Venezuela al 1200, en Monserrat. Era la casa de Reyes.

El vigilador, de 35 años, estuvo prófugo tres días antes de ser acorralado en un hotel de Balvanera con las muñecas tajeadas. Mientras se lo buscaba, la policía detuvo a la mujer y al suegro para que expliquen cómo se convive con un muerto en el placard.

La mujer contó que sintió un “mal olor” que venía de la pieza de servicio, donde guardaba objetos del perro labrador que vive con ella. “Empecé a sacar las cosas que había en la habitación, valijas, la cama del perro, y cuando corrí, sentí el olor mucho más fuerte”, recordó.

También comentó que su marido tenía problemas financieros, que solo “jugaba a la quiniela” y que él le había dicho que había sacado un crédito por 180 mil pesos que terminó siendo de 50 mil y que usaron para pagar la garantía del departamento, un alquiler y algunas otras cuentas. “Cuando yo lo conocí él se drogaba, pero yo lo ayudé mucho. Cambió. Lo conozco hace más de ocho años, desde 2007. Nunca tuve un hecho de violencia, es muy cariñoso, muy compañero mío y amoroso con mis hijas», aseguró.

Desde el hallazgo del cuerpo, la viuda de Silva repite que siempre sospechó de Reyes y que cree que mató a su marido para robarle el dinero que llevó a su departamento para una operación financiera. El fiscal Campagnoli, en cambio, desconfía de una historia tan lineal.

Más muertos

Silva era más que un “abrepuerta”, que es el nombre on que se conoce a los «arbolitos» que vocean en la calle y luego acompañan a los clientes hasta las oficinas para concretar la compra de divisas. Tenía una cartera de clientes fijos a los que visitaba con una suma cercana a los 30 mil pesos. Ese martes, sin embargo, volvió a la oficina a buscar otros 40 mil para concretar la transacción que resultaría fatal.

Silva trabajaba en la cueva de los “Melli” Fernández, como se conoce a la financiera regenteada por José Luis y Miguel Ángel Fernández. El primero es un histórico de La Doce y aún hoy está en la primera línea de la barra, muy cerca de Rafael Di Zeo y Mauro Martín. Ya en 2013 el juez Manuel De Campos allanó su oficina y detuvo a cinco personas, entre ellas a José Luis, acusadas de blanquear dinero proveniente de los negocios ilegales de la barra y de organizar tours por la ciudad que incluían el reparto de carnets truchos para turistas que pagaban hasta 150 dólares por asistir a un partido de Boca. Pero los Melli siguieron trabajando sin problemas.

“Uno de los socios de esa cueva es el comisario de la 1ª. Por eso, que no te sorprenda que lo que motivó el asesinato del arbolito sea un ajuste de cuentas por deudas con la Federal”, confió a Tiempo una fuente vinculada a la investigación.

La relación de Silva con la barra brava de Boca también se prueba a partir de escuchas telefónicas y de algunas declaraciones que ya fueron incorporadas al expediente. “Sabemos que la financiera donde trabajaba la víctima manejaba plata de La Doce, pero todavía no encontramos nada concluyente para afirmar que algún barra está detrás del crimen”, agregó el vocero.

La pista barra tuvo fuerza al comienzo de la investigación pero el hincha sospechado vestía otros colores. Ocho días estuvo detenido Federico Martín, alias «Federico de Palermo», líder de la barrabrava de Defensores que supo ser amigo de Silva hasta una discusión durante un partido de River. “Federico le recriminó que el negocio era solo para los de la barra y Nicolás ya se había bajado porque quería dejar las drogas. Además le reprochó no haber estado el día en que la barra de Excursionistas le tiroteó la casa a Federico. Entonces Nicolás le tiró la plata que había recaudado en la cara y se fue”, recuerda uno de los compañeros que entrenaba con Silva en el gimnasio.   

Pero el detalle que determinó la detención fue un mensaje amenazante a través de Facebook que el barra de Defensores escribió desde la casa de su suegra en las primeras horas del 5 de octubre, es decir, cuando ya se desconocía el paradero del arbolito. La investigación posterior demostró que fue, apenas, un impulso trasnochado.

“Que la historia termine con un asesinato lamentablemente ya es común. En los últimos dos años hubo al menos cinco muertos relacionados a financieras ilegales, y creo que va a haber muchos más, porque la desregulación del sistema financiero implica mayor maniobrabilidad de los grados de interés y eso lleva a muchos problemas”, avisa un funcionario dedicado a investigar lavado de activos.

“En el mercado negro –concluye el especialista– siempre se paga más, porque el dinero no sale de ningún régimen declarado. El efecto más terrible de esto es que el financista, cuando no puede responder con dinero, es perseguido, sufre amenazas, hasta le secuestran a los hijos durante algunas horas, pero no puede denunciarlo, no puede explicar que lo único que hace es vivir de la usura”. «

De Pesquera a Stefanini, crímenes mafiosos y desapariciones

Desde 2013 se registraron por lo menos cinco casos escalofriantes vinculados con el mundo de las finanzas ilegales. El homicidio de Miguel Ángel Graffigna, el financista encontrado muerto de un tiro en la cara en su auto en junio de ese año, en Villa Ortúzar, inauguró una secuela de hechos mafiosos. En diciembre de ese año, el empresario Alfredo Pesquera (foto), quien saltó a la fama al ser imputado por la muerte del cuartetero Rodrigo en 2000, también fue encontrado muerto. Graffigna le habría reclamado una deuda antes de ser ejecutado. Pesquera, que era uno de los sospechosos de haber ordenado el crimen de Graffigna, apareció con un balazo en la cabeza dentro de una camioneta BMW con una Tanfoglio calibre 40 en su mano derecha, la misma arma con la que ejecutaron a Graffigna. A mediados de febrero de 2014, un directivo de la financiera CBI, Jorge Suau, fue hallado calcinado en su camioneta Toyota Hilux. El 17 de octubre de 2014 desapareció Damián Stefanini (foto), dedicado al mercado negro de las finanzas. La investigación que busca esclarecer si permanece o no con vida está a cargo de la jueza Sandra Arroyo Salgado. La que tramita en el juzgado de Rodolfo Canicoba Corral investiga el depósitó de U$S 150 mil que hizo Stefanini en una de las cuentas del fiscal Alberto Nisman. Un mes después fue hallado Mariano Benedit, otro hombre del mercado «paralelo», con un balazo en la cabeza. Hugo Díaz, dueño de empresas de servicios médicos y «cuevas», desapareció en marzo de 2015. Tenía vínculos con barras de Independiente, Boca y Lanús.


Plata negra puesta en circulación

A principios de mes, el Banco Central aprobó una reforma al régimen de casas, agencias y oficinas de cambio, en busca de flexibilizar su funcionamiento y al mismo tiempo tentar a las cuevas a «blanquearse». «En teoría, el fenómeno de los arbolitos era más propicio con esquemas restrictivos de control cambiario, como pasaba en la gestión anterior, y con el cambio de paradigma se pensaba que iban a desaparecer, pero pasó todo lo contrario», explica Juan Argibay Molina, de la Procuraduría de Criminalidad Económica y Lavado de Activos (Procelac). Para el funcionario, «el Estado no logra hacer una persecución eficiente. Basta caminar por la calle Florida y darse cuenta de que los arbolitos gritan al lado de los policías, pero si alguien gritara ofreciendo ‘porros’ iría preso de inmediato. No hay un modo inteligente de resolver el problema, que no sea meter preso a los fusibles, es decir, a los arbolitos. El Estado debería perseguir al que provee de plata a las cuevas, al que inyecta ese mercado ilegal, porque esos pesos que cambian nadie sabe de dónde salen.» Por su parte, Nicolás Macchione, miembro de la junta directiva del Centro de Investigación y Prevención de la Criminalidad Económica (CIPCE), opina que desde el 10 de diciembre «hay una mayor informalidad sobre lo que ya era informal», porque «se pensaba que con menos restricciones la demanda del dólar ilegal no iba a ser tan grande, pero quedó demostrado que eso no era cierto, y la única explicación es el dinero no declarado que hay detrás». A Macchione tampoco lo sorprende la presencia de barras en el ambiente de las cuevas, porque «el futbol maneja una cantidad de plata en negro que tiene que ponerse en circulación y las casas de cambio son la solución más a mano». «Las cuevas son el chiquitaje –agrega–, porque en las casas de cambio que en teoría están reguladas, y hasta en los bancos, también se hacen operaciones en negro».