Guillermo Lasso, presidente Electo de Ecuador, ha realizado su primer acto de política internacional visitando Bogotá, capital de un país hermanado a Ecuador por lazos históricos, como la pertenencia a la Gran Colombia, el último sueño del Libertador Simón Bolívar que “aró en el mar y sembró en el viento” en materia de integración hispanoamericana.

Lasso ha aceptado  la invitación del presidente Iván Duque en el día de su victoria y espera que su anfitrión, quien funge como presidente pro tempore de la Alianza del Pacífico, sea proactivo en la consecución del objetivo reiterado por Guillermo Lasso de ingresar a ese formato de integración.

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Los dos países tienen la necesidad de aunar esfuerzos en la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, que en Colombia es una antigua y poderosa realidad combatida y no liquidada y en Ecuador es una ominosa amenaza en pleno desarrollo.

Colombia vive una clara división política provocada por dos ex presidentes. Juan Manuel Santos firmó los acuerdos de paz con las FARC y Álvaro Uribe nunca los compartió y los sigue combatiendo.

Iván Duque soporta el fuego cruzado de ambas posiciones y el paramilitarismo colombiano actúa permanentemente, asesinando líderes políticos locales y regionales por motivaciones ideológico-políticas, oscuras, tenebrosas y desconocidas.

La confrontación de Duque con Nicolás Maduro suele alcanzar una retórica a veces prebélica y el Ecuador adversa a Maduro sin los bríos beligerantes de su vecino, quien tiene una alianza militar formal con Estados Unidos y es miembro honorífico de la OTAN. El Ecuador debe cooperar con Colombia sin compartir sus problemas internos, como lo aconseja el ex ministro Mauricio Gándara, en un artículo publicado en El Universo de Guayaquil. Y viceversa agregaría yo.

En la frontera sur con Perú, Ecuador ha firmado hace 20 años un acuerdo de paz y límites que cerró un conflicto heredado desde la independencia e intensificó relaciones comerciales y humanas siempre fructíferas y cálidas entre los pueblos de ambas naciones.

Ahora el Perú está en las puertas de una segunda vuelta electoral donde se enfrentarán Keiko Fujimori y Pedro Castillo, con propuestas y visiones de país claramente adversas.

Keiko Fujimori lidera la preservación de un modelo que su padre impulsó en el país, cuyo resultado ha sido uno de los crecimientos mayores de la economía, solo superado por el incremento gigantesco de la inequidad social, cuyo carácter explosivo ha llevado al país a vivir una paralizante crisis político-institucional, con cuatro presidentes en dos años, un ex presidente suicidado, y varios otros presos o perseguidos por acusaciones de corrupción.

Pedro Castillo, maestro rural y rondero, que combatió a Sendero Luminosos en el campo peruano, lidera aún las encuestas como candidato de Perú Libre. ES un emergente movimiento político cuyo ideólogo Vladimir Cerrón en su libro “Descentralización, revolución de estos tiempos” plantea el federalismo como clave institucional para dejar atrás el Perú socialmente injusto, políticamente corrupto, institucionalmente precarizado de estos años. Y sostiene que Lima debe compartir con las provincias, equitativamente, los niveles de prosperidad económica.

Castillo propone como primer paso de su aún hipotético gobierno una asamblea constituyente que revise la constitución fujimorista y la sustituya por otra que siente las bases de una economía y Estado descentralizados y solidarios. Que se  aleje de la actual visión ultraliberal  y praxis centralista imperantes. Es la insurgencia pacífica de las regiones andina y amazónica para compartir con Lima la hegemonía en un estado federal.

El Ecuador, con su gobierno centrista, recientemente electo, debe caminar cuidadosamente en sus relaciones con sus vecinos. Con ambos comparte la lucha contra la pandemia, la pobreza y el desempleo, como supremas prioridades en estos años. También la integración en la Alianza del Pacífico para expandir su comercio exterior y atraer inversiones.