Francia elegirá nuevamente entre el liberal Emmanuel Macron y la ultraderechista Marine Le Pen para conducir los destinos del país. Para el balotaje de hoy el presidente buscará su reelección frente a su antigua contendiente, con un resultado que, si bien parece favorable al actual mandatario, no sería tan holgado como aquel que le dio la victoria hace cinco años, cuando derrotó a la líder de la extrema Agrupación Nacional por 66% a 34% y se convirtió, con 39 años, en el mandatario más joven del país desde Napoleón. La caída de imagen por la pandemia y los problemas económicos, el crecimiento de la antipolítica y el ascenso, como en otras partes del mundo, de los sectores ultra que captan al electorado antisistema y desencantado con la clase dirigente, pueden jugar esta vez a favor de la candidata de derecha, a pesar del rechazo que generan sus posiciones en gran parte de la sociedad francesa. Algunos sondeos auguran una reelección de Macron con su partido La República en Marcha, superando los 55 puntos. La clave está en cómo voten los abstencionistas y los votantes del izquierdista Jean-Luc Mélenchon, que se quedó a las puertas del balotaje con casi un 22% de los votos en la primera vuelta, apenas unas décimas detrás de Le Pen.

En el último tramo de una campaña marcada por la guerra en Ucrania, el aumento de los precios de la energía y de la inflación, los candidatos jugaron sus cartas finales para consolidar el voto y atraer al amplio margen de indecisos. «Los franceses, con Emmanuel Macron, estarán condenados a cadena perpetua», aseguró Le Pen en referencia a la propuesta estrella de su rival de retrasar la edad de jubilación de 62 a 65 años. La candidata de Agrupación Nacional (RN), que propone adelantarla a 60 años en algunos casos, centró su campaña en mostrar una imagen menos radical y en presentarse como la defensora de las clases populares, ante el «presidente de los ricos». Un espectador desprevenido creería en una Le Pen moderada. Habla con tranquilidad, escucha, sonríe. Evita posturas que parezcan extremas. Esa línea de “desdemonización” de su espacio es la que fue adoptando desde que se separó políticamente de su padre, Jean-Marie Le Pen, en 2011. Así se la vio en el debate televisado del jueves, donde ambos candidatos se sentaron frente a frente  para decirse todo lo que creyeron conveniente. Un debate en que el ganador fue uno u otra, según quién lo analice. Más allá de estas posturas y esos discursos lavados, «los fundamentos de la extrema derecha están ahí», advirtió el propio Macron, asegurando que sus propuestas sobre el poder adquisitivo «no son viables». En cambio, el mandatario asegura que buscará recuperar su impulso y liberal, con una reforma de la jubilación y un ingreso mínimo vital condicionado.

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Le Pen propone inscribir la «prioridad nacional» en la Constitución, para excluir a los extranjeros de las ayudas sociales. Critica con un notable grado de estigmatización a los inmigrantes islámicos, quiere abandonar el mando integrado de la OTAN y reducir las competencias de la Unión Europea (UE). Se le adjudica como plan último el abandonar el bloque, salir del Euro, y cerrarse en el nacionalismo extremo. Sin decirlo en esos términos, Le Pen asegura que la soberanía europea no contempla la soberanía francesa, esa que, según prometió, buscará defender; y que quiere permanecer en la UE pero que la modificará “desde adentro”. Macron por su parte es un defensor de la soberanía de la UE, lo que en su visión permitirá hacer crecer la soberanía de Francia.

Durante la campaña el presidente utilizó hasta el cansancio un argumento que no deja de ser cierto: un triunfo de Le Pen daría vitalidad a otros espacios de extrema derecha en Europa que lentamente se van posicionando, lo que pondría en juego la cierta estabilidad económica y social lograda en el continente. Sin embargo, Macron debe convencer a un electorado desencantado con su gestión por mérito propio. Sus políticas liberales generaron rechazo en las clases trabajadoras. Sobre todo la flexibilización laboral que impulsó, los recortes en gastos sociales y la eliminación del impuesto al patrimonio, que afectaba a los sectores de mayor riqueza. Todavía está fresca la imagen de los “chalecos amarillos”, que tomaron las calles en 2018 por un aumento del combustible que debió ser frenado. Hay sectores que ya preparan una agenda de protestas ante la posible reelección, en especial contra el atraso de la edad de jubilación.

No obstante, el espanto unió a diversos sectores, incluso críticos del gobierno, para llamar a votar en contra de Le Pen. La mayoría de los partidos, junto con agrupaciones de artistas y sindicatos aseguraron que un eventual triunfo de la extrema derecha representaría un sismo para Francia y la UE.

Por su parte, una consulta interna de Francia Insumisa, el partido de Mélenchon, indicó que dos tercios de sus votantes se inclinarán por la abstención o el voto blanco o nulo. Según un sondeo de Ipsos/Sopra Steria, un tercio votará Macron y un 18% por Le Pen, pero la mitad no dijo aún qué hará. En total, la encuestadora estima un 26% de ausentismo, en un universo de 49 millones de electores.

Los candidatos enfrentarán además una desmobilización del electorado debido al primer fin de semana del receso escolar.