Es difícil catalogar a Jair Bolsonaro como un outsider de la política, más cuando se inició de concejal en Río de Janeiro en 1988 y fue diputado federal desde febrero de 1991 hasta que asumió la presidencia. Sin embargo, es un lumpen (marginal excluido) del establishment brasileño. Un capitán fracasado del ejército, supo hacerse en el entramado de la corruptela parlamentaria y salir a flote en el Impeachment a Dilma Rousseff, haciendo de alter ego de la derecha brasileña, reivindicando al torturador de la militante de izquierda. Sin embargo, no proviene de la derecha partidaria participante de los gobiernos de Brasil.

El huevo de la serpiente fue cobijado durante el armado de ese Golpe de Estado contra la gestión petista y la proscripción de Luiz Ignacio Lula Da Silva. Sin ser el proyecto original de la derecha clásica buscaba entre sus cuadros el relevo de Michel Temer. Pero ni el MDB (Movimiento Democrático Brasileño), ni el PSDB (Partido de la Social Democracia Brasileña) logró instalar una candidatura competitiva; tanto que ni el emedebista Henrique Meirelles ni el tucano Geraldo Alckmin lograron colocarse como alternativa al candidato de la izquierda, el petista Fernando Haddad.

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A pesar que algunos poderes fácticos como la Rede Globo intentaron evitar la elección de Jair Bolsonaro, lo cierto es que gran parte del espectro de derecha se conformó con su elección ante una posible vuelta del PT, considerando que la gestión Temer ya había hecho el ajuste neoliberal. No obstante, Bolsonaro fue más allá y a la égida ortodoxa le sumó una política reaccionaria y conservadora que retrotrae avances en derechos civiles a casi el medioevo.

De hecho, si hoy no prospera el super pedido de Impeachment con la unión de 120 solicitudes de juicio político bajo la acusación de 23 delitos planteados por partidos políticos, movimientos sociales, intelectuales y referentes de diferentes espectros e ideologías, es por el bloque que comanda en la Cámara de Diputados, Arthur Lira, con la connivencia del neoliberalismo partidario expresado por el MDB, el PSDB y los Demócratas (ex Partido Federal Liberal), aún acompañan un fuerte plan de privatizaciones de Bolsonaro, y la custodia de los militares.

La tragedia de la derecha es que el principal líder de la izquierda, Lula, se posiciona en todas las encuestas como ganador en una contienda electoral. Para colmo de males, solo Bolsonaro sustenta aún una porción considerable del electorado, quedando bajo disyuntiva de acompañar o sumarse a la propuesta de Unidad Nacional de Lula. No obstante, lo peligroso para todo Brasil y la región, es que Bolsonaro ya está cuestionando el mecanismo de elección, anticipando un fraude que podría dar pie para un futuro incierto para la democracia brasileña.