Emmanuel Macron sonó casi porteño al comentar con un “ah, bon!” el manejo confuso de cifras que hacía su contrincante Marine Le Pen en un pasaje del debate entre los candidatos a la presidencia de Francia de esta semana. La interjección que hizo pasar a la portaestandarte de la extrema derecha de la confusión al balbuceo hubiera sido un golpe de nocaut en otro contexto. Sin embargo, en el momento actual las reglas del combate retórico no premian automáticamente al que prevalece, aún si se impone de manera tan evidente como en ese instante que ya inmortalizaron como clip y meme las redes sociales. Y es que el intento de reelección del mandatario francés no se enfrenta este 24 de abril tan sólo a la misma desafiante de hace cuatro años. Por el contrario, debe arreglar cuentas también con cambios en las preferencias políticas y en las actitudes ciudadanas que anteceden a su propia irrupción en la política y que en 2022 no juegan a su favor como sí lo hicieron, en parte, cuando fue electo por primera vez.

Consciente de la existencia de unas nuevas reglas tácitas, la maniobra de judoka de Le Pen y de todos sus voceros el día después del debate televisado fue volver a denunciar la “arrogancia” de su adversario. Con casi tanta fuerza como tuvo en Francia la oposición entre izquierda y derecha durante las tres últimas décadas del siglo pasado, la oposición entre élite y petit peuple es la que sobredetermina las demás oposiciones de preferencias en la política francesa de la última década. Le Pen ha martillado sin descanso sobre la percepción de lejanía entre los políticos encumbrados y el llamado “ciudadano común”. Desde la izquierda, Jean-Luc Mélenchon no se ha quedado atrás en machacar sobre lo mismo. Los modos, antes que los contenidos son los que suscitan más emociones y perfilan preferencias.

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El Instituto de Estudios Políticos de París, a través de su Centro de Estudios de la Vida Política Francesa (CEVIPOF) viene auscultando la opinión pública hace 60 años y ofrece siempre una radiografía detallada y reveladora. Cuando Le Pen elige victimizarse antes que negar haber perdido el debate, sabe que el 47% de los encuestados por el CEVIPOF en enero de este año cree que al hablar de política las cosas son demasiado complicadas y que hay que ser especialista para entenderlas. Sabe también que nada menos que el 79% considera que los políticos hablan demasiado y no actúan. En ese contexto, no es difícil imaginar que para muchos esa candidata súbitamente sin palabras es una ciudadana común más y que en definitiva se la juzgará por lo que haga y no por lo que diga.

Decíamos además que izquierda y derecha no son ya las divisas que separan más nítidamente a los franceses: allí está el estudio del CEVIPOF del 20 de abril que dice que uno de cada cinco electores de Mélenchon declara su intención de votar a Le Pen en segunda vuelta. Poco importa que el programa del Rassemblement National (RN) esté tan pegado a la pared de la derecha como en 2017 (y en lo económico más a la derecha que entonces): rechazar la pedantería y la autosuficiencia es la consigna. Y no es que el resto de los votantes de Mélenchon estén listos para ponerle un dique a la extrema derecha: casi la mitad, a horas de volver a votar, se encuentra entre las filas de los que están indecisos o prefieren no responder a los encuestadores.

El propio Macron hizo su propio guiño al antielitismo: en 2021 clausuró la Escuela Nacional de Administración (ENA), la institución terciaria de la que salieron tres de los últimos cuatro presidentes de la V República. Un gesto vacuo al que resultan indiferentes ese 50% de franceses insatisfechos con su gestión y que no engordó ese 35%, casi invariado a lo largo de sus cinco años en el gobierno, que lo ven con satisfacción.

Aunque no sea el escenario más probable, que la elección de Le Pen haya entrado en el cuadrante de lo posible es un indicador alarmante acerca de la salud de la democracia en el corazón de Europa. Perder por 10% esta vez, después de que Jean-Marie Le Pen fuera aplastado en proporción de 4 a 1 en 2002 y la propia Marine fuera arrasada 2 a 1 en 2017, se parecerá demasiado al resultado de la tenida retórica en TV: la victoria pírrica de un político que todo lo sabe sobre cosas que a cada vez más franceses no les importan.