Hace 45 años, el 30 de abril de 1977, un sábado como hoy, un grupo de mujeres comenzó a reunirse frente a la Casa Rosada para reclamar a la dictadura que encabezaba Jorge Rafael Videla por la aparición con vida de sus hijos e hijas desaparecidos. Convocadas por Azucena Villaflor de De Vinceti, 14 madres desafiaron al terrorismo de Estado y, aunque no lo supieran en ese momento, comenzaban a dar forma e identidad a las Madres de Plaza de Mayo. Aún no usaban el pañuelo blanco ni marchaban alrededor de la pirámide. Sin planificarlo, ese día sería fundacional.

Hacía más de un año, desde antes del golpe del 24 de marzo de 1976, recorrían y rastreaban desesperadamente en comisarías, iglesias, obispados y oficinas militares para intentar dar con algo de información sobre sus hijos e hijas. De a poco, las búsquedas individuales se fueron volviendo grupales y comenzaron a juntarse madres y abuelas que se veían todos los días en esas dependencias oficiales para pedir información.

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“Al principio, cada una salió por su cuenta a buscar conexiones de todo tipo, pero después justamente se siguieron los pasos de lo que dijo la fundadora Azucena Villaflor, que tiene tanta vigencia hoy en día: ‘Por separado, no vamos a lograr nada, tenemos que juntarnos’. Y así fue: ahí empezó la lucha colectiva. Sin pensarlo, sin saber la trascendencia que iba a tener, esas primeras 14 mujeres fueron a la Plaza de Mayo por primera vez”, repasó Taty Almeida, integrante de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, en diálogo con Tiempo Argentino.

Esas primeras reuniones frente a la Casa Rosada eran todo un desafío abierto al régimen terrorista de Estado, un riesgo que meses después se volvió concreto cuando el grupo de tareas de la ESMA secuestró y asesinó a tres de sus fundadoras, Azucena Villaflor, Esther Balestrino de Careaga y María Ponce de Bianco.

Taty se acercó a Madres unos años después de esos inicios. Su hijo Alejandro, trabajador del Instituto Geográfico Militar, militante del PRT ERP y estudiante de Medicina, fue desaparecido en junio de 1975 por la Triple A. “Me sumé a Madres en el año 80, porque cada una de nosotras tiene una historia de vida y yo tengo la mía. Vengo de una familia de militares, de gorilas. Yo era una gorila, con pelos por todos lados, pero ya me afeité hace rato, a raíz de la desaparición de uno de mis hijos. Ahí, Alejandro parió a Taty Almeida”, recordó y agregó: “Yo buscaba a Alejandro sola. Sabía que existían las Madres y fui una vez a la ronda, un jueves cualquiera con mi yerno, e hicimos la ronda. Me di cuenta de que realmente no estaba sola. Me decidí y fui a la casa de las Madres. Ahí me atendió la Madre con mayúsculas, la dama digna María Adela Antokoletz, y me acuerdo que lo único que me preguntó fue: ¿Quién te falta a vos?, no importaba política, religión, y ahí yo por fin hice catarsis, conté, lloré, hablé. ‘Cada madre se acercó cuando fue su momento, este es el tuyo’, me dijo”.

Foto: Archivo Hasenberg Quaretti

“Tratábamos de saber algo. Mi marido, yo, muchos amigos, muchas personas trataron de ayudarnos, pero había un silencio absoluto de parte de las autoridades, íbamos y nos decían barbaridades. No había nunca una posibilidad de saber”, cuenta Vera Jarach en diálogo con Tiempo.

Por teléfono, desde su casa, Vera repasa esos momentos de la prehistoria de Madres, a las que se acercó apenas unos meses después del secuestro de su hija Franca, de 18 años, quien había militado en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y luego se unió a un grupo de trabajadores gráficos de la Juventud de Trabajadores Peronistas (JTP).

“Entre algunas madres ya nos conocíamos, pero fue recién en el ‘77 que fuimos a la Plaza y fue una idea genial de Azucena Villaflor, porque fue ir al lugar justo. A partir de allí empezaron nuestras rondas. Nos juntamos y nos dimos el brazo. Darse el brazo quiere decir no solamente unirse sino también sentirnos fuertes y caminar juntas y enfrentar los miedos. Y así, de madres que se movían por algo que venía de las propias vísceras, saber dónde están los hijos y tratar de salvarlos. Y nos convertimos en algo importante, un movimiento de resistencia”.

Herenia Sánchez Viamonte es una de las Madres de Plaza de Mayo de La Plata. Su hijo Santiago estudiaba Arquitectura en la UNLP. Era jugador de rugby y militaba junto a su esposa Cecilia en el Partido Comunista Marxista Leninista (PCML). Ambos fueron secuestrados el 24 de octubre de 1977 y, desde ese día, todos los jueves Herenia hizo el trayecto en tren o en micro con sus compañeras para marchar en la Plaza.

“Antes de que pasara directamente en mi familia, yo ya había ido en dos oportunidades a Plaza de Mayo porque habían desaparecido varios chicos que habían sido alumnos míos del grupo de La noche de los lápices. Yo era directora de un colegio y además era profesora en Bellas Artes”, recordó en diálogo con Tiempo.

La fuerza de lo colectivo es una de las claves de la lucha de las Madres y uno de sus principales legados. La figura de Azucena Villaflor fue fundamental en eso. “Azucena trabajaba y estaba acostumbrada a las reuniones gremiales. Entonces tenía más conocimiento de las cosas que muchas madres, que realmente nunca habían participado en nada público, eran amas de casa. En ese momento no era muy común que las mujeres trabajaran. Ella sugirió al grupito ese de madres que se habían encontrado en distintas oportunidades de reunirse, porque estaba convencida de que la lucha individual no iba a tener ningún resultado”, contó Herenia.

De la misma manera lo entiende Vera Jarach. “La fuerza viene de adentro. Hay una parte física, pero lo más importante es el alma y el cerebro, que para funcionar necesitaron una hermandad entre personas que padecían esa misma situación y ese mismo drama. Y tuvimos esa suerte, no solo de conocernos, no solamente de empezar a ir a la Plaza, sino, a través de nuestra historia, de mantenernos firmes, muy firmes en nuestros objetivos, que fueron siempre los mismos: recordar, hacer recordar. Siempre decimos que los 30.000 están presentes, ahora y siempre. Yo siento absolutamente esa presencia. En momentos en que me preocupo sobre qué se debería hacer, tengo un diálogo íntimo con mi hija. Porque sé lo que me contestaría y hay una continuidad entre madre e hija. De ahí, de todas esas cosas, vienen nuestra fuerza y nuestra energía”.

Foto: Archivo Hasenberg Quaretti

Pasar la posta

“Yo soy la última Madre que queda acá en La Plata. Hebe también es de acá pero la actividad la hace en Buenos Aires y Estela, que también es de acá, está con Abuelas. Somos pocas las que quedamos. Lo único importante es el legado que queda en los Hijos, los nietos, los familiares”, cierra Herenia. 

“Participar es una cosa que quisiera dejar como legado. Mientras uno está, tiene el deber de comportarse con coherencia, con lo que piensa y con lo que cree. Todavía tengo bastantes posibilidades de actuar y trato de hacerlo. Mientras esté, voy a hacer todo lo que pienso que hay que hacer”, sostiene Vera.

“En cuanta charla tengo con jóvenes les digo que la única lucha que se pierde es la que se abandona y eso es lo que venimos diciendo y haciendo las Madres hace 45 años”, resume Taty y concluye: “Las madres, que quedamos tan pocas, ya estamos pasando la posta a los jóvenes y a los no tan jóvenes, porque sabemos que ellos son los que van a continuar con nuestra lucha. Pero se la pasamos de a poquito, porque con bastones y silla de ruedas, pero las locas seguimos de pie”. «