El Conurbano bonaerense, con todas sus problemáticas de infraestructura y desarrollo humano, ha sido también a lo largo de la historia democrática de la Argentina un espacio de esperanza para quienes soñaron un futuro mejor. Un refugio que alberga a migrantes de casi todas las provincias y de buena parte de nuestros países hermanos de Sudamérica, así como antes albergó a grandes comunidades de europeos que continúan viviendo allí. Obviamente que, al igual que su población, crecen también sus dificultades. Pero también lo hace su diversidad y la riqueza de sus matices culturales. 

La dinámica social y cultural generada por quienes buscaron posicionarse cerca de los lugares de producción y de las oportunidades de trabajo, derivó en una característica económica propia. Hoy en día, en la mayor parte las localidades del Conurbano profundo existe una economía fundamentalmente endógena basada en pequeñas y medianas empresas de distintos sectores. Es decir, el flujo y el dinamismo de la economía se generan y transcurren en las relaciones comerciales y productivas dentro de las propias localidades.

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Gracias al empleo que se generó en las industrias y las fábricas, se desarrolló el comercio y otras pequeñas empresas; y así se crearon incalculables puestos de trabajo que progresivamente debían ir formalizándose y que proporcionaron hasta hoy una forma de sostenimiento a la gran mayoría de las familias. Para atender a esa realidad surgieron los programas sociales y las cooperativas de trabajo desde el ámbito nacional y municipal, que fueron encontrando soluciones parciales hasta 2015.

Hoy, luego de dos años de aplicación de las medidas económicas del gobierno de Cambiemos, esa estructura socioeconómica del Conurbano se está viniendo abajo. No es que la están desmontando porque se construyen mejores oportunidades, o porque se genera trabajo genuino, o porque hay un plan que viene a crear desarrollo humano y social. Se está cayendo porque se destruyen puestos de empleo y poder adquisitivo de quienes viven en el Conurbano y dependen de su economía endógena. No hay “plan B” de este gobierno para quienes ya están pasando hambre.

Un ejemplo de esto es la crisis casi terminal que viven la industria textil y la del calzado. La importación de telas, ropa y zapatos arruina a las fábricas locales que contratan a los talleres familiares para su producción, ocasionando un círculo vicioso de destrucción de empleo. Para estos sectores no existe la posibilidad de la mentada “reconversión” que esgrime el gobierno, porque incluso no cuentan con asistencia por parte del Estado.

En La Matanza ya se perdieron 40 mil puestos de trabajo formales desde diciembre de 2015 hasta hoy. Esto obviamente hay que multiplicarlo por dos o por tres para tener una idea cierta sobre los empleos perdidos, porque el impacto mayor está entre los trabajadores en negro.

En cuanto a la situación de los comercios, un estudio presentado por la Secretaría de Producción y Empleo de La Matanza muestra que entre febrero de 2017 y febrero de este año, la caída en las ventas generales llega al 41% como promedio de todos los rubros, con mermas en algunas localidades de hasta el 51 por ciento. Uno de los datos más angustiantes que surge de ese informe es que el 35% de los pequeños comerciantes respondió haber despedido personal en febrero, mientras que en octubre sólo lo había hecho el 19 por ciento. Son pequeños comerciantes que incluso en la mayoría de los casos tienen a un familiar como empleado. En la caída de las ventas por rubro, el estudio muestra auténticas señales de alarma. La caída general de ventas en las panaderías fue del 40%; en los almacenes, del 41%; y en las carnicerías, del 42 por ciento. Se trata de alimentos que las familias matanceras dejaron de comprar en el transcurso de un año. 

Otra de las alertas rojas que mostró el informe de la Secretaría de Producción y Empleo de La Matanza está en que las expectativas para los próximos tres meses empeoraron mucho entre los comerciantes. Mientras que en octubre eran malas para el 42% de los consultados, en febrero el 55% ve un escenario negativo. Es decir, vislumbran que van a seguir perdiendo ventas. El 84% de los comerciantes asegura que las ventas caen por el menor poder de compra de sus clientes.

Esta es la realidad hoy. El círculo nefasto de destrucción de empleo y caída del poder de compra se reproduce a sí mismo. Nos preocupa muchísimo la cantidad de recursos que tenemos que invertir desde el municipio en asistir a las familias que ya no pueden llevar un plato de comida a su mesa, porque eso nos recuerda a los peores momentos de la Argentina. Estamos aumentando mucho la asistencia entre las familias donde se han perdido empleos en blanco, en negro y las changas con las que se sostenían. 

¿El Conurbano necesita que vuelva a intensificarse una nueva estructura socioeconómica? La respuesta es sí. Pero éste no es el cambio que queremos. Lo que debe primar en cualquier decisión política es el bienestar del pueblo. No hay un futuro posible con hambre y sufrimiento.


*Intendenta de La Matanza