Graciela Burián fue la primera delegada mujer en Dálmine Siderca (hoy Tenaris Siderca), la planta de producción de tubos que el Grupo Techint tiene en la localidad bonaerense de Campana. Había ingresado como secretaria de la gerencia en el año 1970 y, sin militancia previa, aceptó la oferta de ser representante de sus compañeras ante el maltrato y acoso que sufrían las mujeres en la empresa.

“El papel que nos asignaban a las mujeres era de una dependencia total: había que estar calladas y no reclamar nada. Y eso a mí me puso en rebeldía. No era justo. El acoso que teníamos, te invitaban a todos lados, desde los jefes, los compañeros…”, recordó Graciela y añadió: “No fue fácil la misión de ser delegada. Porque ese papel no era simpático para la patronal, que no les gustaba que una secretaria fuera delegada, y era extraño para el sindicato también, porque nunca habían tenido una delegada mujer”.

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Graciela declaró este miércoles como testigo en la Megacausa Campo de Mayo, donde se investiga a 22 imputados por delitos de lesa humanidad cometidos contra 350 personas, entre ellas una veintena de obreros de la empresa.

“¿Hasta qué año trabajó ahí?”, le preguntó la fiscal Gabriela Sosti: “Hasta el 11 de noviembre de 1975, la fecha en la que a la noche me fueron a buscar a mi casa y me secuestraron”.

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(Foto: captura)

La represión en Siderca había comenzado un poco antes, en marzo de 1975, en coincidencia con la persecución en Villa Constitución a delegados de Acindar y a miembros de la UOM local. Al menos 80 trabajadores y trabajadores de la planta de Techint fueron secuestrados y torturados por las fuerzas represivas desde 1975, 39 personas permanecen desaparecidas y 7 fueron asesinadas, según estableció la investigación “Responsabilidad empresarial”, realizada por la Secretaría de DDHH de la Nación, el CELS y el Área de Economía y Tecnología de la FLACSO Argentina.

“Todas las mañanas cuando uno llegaba la noticia era que se habían llevado a alguien”, contó sobre esos meses previos a su secuestro, y recordó que empezaron a llegar a la puerta de la fábrica familiares de esos compañeros pero desde la empresa los habían dejado desamparados. Entonces, conformaron una comisión para realizar colectas y donaciones los presos y sus familias. “Formamos una especie de comisión de familiares, con Graciela Silva de Lópes Goncálvez, cuyo marido estaba preso, Teresita di Martino, que el hermano estaba preso en Sierra Chica, y Noemí Fuhr, esposa de Zenón Sánchez, que había sido detenido en Villa Constitución. Esas tres compañeras están desaparecidas y yo, por los milagros de los milagros estoy hablando con ustedes”, agregó.

“Éramos ingenuos”, reconoció al recordar que “cuando hacíamos esa colecta hacíamos una lista y evidentemente todas esas listas iban a parar después a la oficina de la patronal”. Un día, llegó a la fábrica y habían secuestrado a quien había sido electa delegada después de ella, Luisa Brutti. “Fuimos a buscarla con otras compañeras a la comisaría y nos sacaron corriendo. Fuimos al sindicato, la UOM, y también. Fuimos a la casa de Luisa y sus padres estaban desconsolados. Les dijimos que íbamos a hacer todo lo posible por buscarla. Salimos de ahí, llegué a mi casa tarde. Estaba fundida y me fui a dormir. A eso de las 12.30 abren la puerta a patadas y entran en casa”, reconstruyó.

“Una cosa infernal”

Esa noche se la llevaron esposada y encapuchada junto a su hermana de 14 años. También se llevaron todas las cosas de valor que encontraron: dinero, copas, cafetera, tostadora, el monedero de su abuela y hasta un collar que tenía puesto su madre.

La llevaron a un lugar que después supo que era la Brigada de San Justo, en La Matanza. “Nos meten en una oficina. Me empiezan a interrogar y me preguntan cosas que no tenía idea. A qué jefes iban a secuestrar… ese era el terror que tenían”, reconoció y añadió: “Vino alguien y me dio una trompada. Me afllojó los dientes y me rompió la mandíbula. Decían que como no hablaba me iban a dar otro tratamiento, y me llevaron a la sala de torturas”.

“Me asombró como pude haber sobrevivido a ese maltrato. Ahí te crucifican sin cruz y sin corona”, sostuvo y reconoció a quien dirigía la tortura como un médico policial de apellido Cohen. “Era una cosa infernal, porque si hubieran querido saber algo hubieran hecho otras preguntas. Me torturaban y me ponían una almohada encima de la cara, así que no podía hablar. Me preguntaba por mi familia, si sabía a quién iban a secuestrar y a que organización pertenecía. Eso fue muy escalofriante”, agregó.

En ese lugar estuvo 5 días y se reencontró con su compañera Luisa y con Nora de Bernardi, esposa de un compañero delegado. Las trasladaron a todas a la Brigada de San Fernando, donde estuvieron otros 5 días, hasta que fueron legalizadas y llevadas al penal de Olmos.

En dos oportunidades creyó ver a personal de la empresa observando sus movimientos en los centros clandestinos de detención. En San Fernando, la llevaron a una oficina, le apuntaron con reflectores, pero pudo ver que estaban todos bien vestidos y hablaban con los policías. En la Brigada de San Justo, cuando las sacaban al patio, en la terraza también veían hombres bien vestidos que las observaban.

“Seguro que nos sabían qué hacer con nosotras. Los compañeros obreros habían puesto una condición a la fábrica, que si no aparecíamos iban a hacer una huelga. Deben haber hecho un cálculo, cuanto valían nuestra vida y cuanto perdían si se paraba la fábrica. Era así como ellos funcionaban”, manifestó.

También se refirió al efecto disciplinador que tuvo el secuestro suyo y de Luisa Brutti para el resto de las trabajadoras: “Realmente no sé si después de que nos detuvieran a Luisa y a mi alguien tuvo el coraje de seguir siendo delegada. Lo que hicieron con nosotras fue estatuar un ejemplo para que nadie se atreviera siquiera a abrir la boca”.

En el penal de Olmos se fue enterando por su mamá del alcance de la represión en la empresa, del secuestro de amigos y conocidos de la infancia en Campana, como Nillo Agnolli, o Alberto Bedia y Armando Culzoni, ambos desaparecidos durante la Noche de los tubos, el 22 de septiembre de 1976.

Su hermana salió en libertad a los 10 meses y ella en el año 79, cuando se exilió en Suecia, donde todavía reside. Al finalizar su declaración, pidió nuevamente la palabra para hacer dos pedidos: por la apertura de los archivos de la dictadura, “para saber a dónde habrán ido a parar tantos compañeros”, y por pensiones y reparación para los ex detenidos.