Era la mañana del 30 de noviembre de 1976 cuando una cantidad imprecisa de hombres armados hasta los dientes irrumpió en una casa situada sobre la calle Agüero al 4500, a media cuadra del Cementerio de Avellaneda. Y partieron a bordo de siete vehículos con sus presas: Néstor de Vincenti, de 24 años, y su compañera, Raquel Mangin, de veintitrés.

La madre de “Paco”, tal como a él lo llamaban en la Juventud Peronista (JP), acudió entonces al Ministerio del Interior. Allí, por respuesta, recibió una mirada de desprecio. Pero al irse, oyó la voz de un empleado a sus espaldas:

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–¡Espere señora!

El hombre entonces hizo una anotación en un papelito y se lo dio, antes de recomendar:

–Hable con esta persona. Quizás sepa algo.

La “persona” era el cura Emilio Graselli, capellán del Ejército y mano derecha del obispo de Paraná y vicario castrense, Adolfo Tortolo.

El tipo la citó en la iglesia Stella Maris, pegada al Edificio Libertad, la sede de la Armada. Allí ocupaba un despacho junto al de Tortolo. Cuando la hicieron pasar, él le señaló una silla vacía. Su cordialidad era fría y distante.

Ella expuso el motivo de su presencia, habló de Néstor y Raquel, y de lo poco que sabía del caso. Después de escucharla, Graselli, alzó la voz:

–Ellos se lo buscaron. ¡Que Dios los perdone!

Entonces, tras dejar correr unos segundos que parecían interminables, extendió unas hojas hacia ella y, sin preámbulos, dijo:

–Si los encuentra en esta lista, quiere decir que están muertos.

Allí, por cierto, no figuraban.

A continuación, el tipo se mostró afable. Entonces quiso saber detalles sobre la militancia de la pareja y datos de sus compañeros.

Ella se retiró de allí con una perplejidad rayana al terror.

Durante meses, hubo más gestiones de su parte, pero sin resultados. En ese contexto conoció a otras mujeres que buscaban a sus hijos desaparecidos. Y comenzaron a reunirse en su casa. 

Ella era Azucena Villaflor.

El 30 de abril de 1977 hicieron su primera marcha en la Plaza de Mayo. Eran solo 13 madres. Ante la orden militar de no “detenerse” ni “agruparse”, sino “circular”, decidieron caminar alrededor de la Pirámide, costumbre que mantendrían a partir de entonces todos los jueves. Cada vez eran más.

Así nació la Asociación Madres de Plaza de Mayo. 

En este punto, resulta ineludible exhumar del olvido lo ocurrido el 21 de noviembre de 1977. En aquel caluroso atardecer, el nuevo secretario de Estado norteamericano, Cyrus Vance, de visita oficial en Buenos Aires, depositó una ofrenda floral en la estatua del General San Martín, ante la atenta mirada de los más altos dignatarios de la Cancillería local y otros cabecillas de la dictadura.

Un griterío malograba la ceremonia. Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo atravesaron las vallas. Corrían para entregar sus papeles al enviado de James Carter. Y lograron hacerlo, pese al intento de los policías por impedirlo. Los reclamos de Justicia eran gritados al oído del funcionario norteamericano. Se oían voces de mando, ladridos y disparos efectuados al cielo. Un policía se tiró sobre Azucena. Pero un muchacho rubio se abalanzó sobre el uniformado y logró rescatarla. Ella abandonó ese lugar del brazo de su salvador.

Este dijo llamarse Gustavo Niño, y que estaba allí por ser familiar de un desaparecido. Azucena creyó ver en él algo que le remitía a su hijo, Néstor.

Desde entonces, ambos se hicieron inseparables.

Hasta el 8 de diciembre de 1977. Ese día, en la iglesia Santa Cruz hubo una reunión con más de 50 personas. Eran Madres y militantes. El motivo del encuentro era preparar una solicitada para ser publicada en diario La Nación.

Allí se encontraba la monja francesa Alice Domon. Y también Gustavo Niño, quien preguntó por Azucena. Le contestaron que ella no vendría. Y esa respuesta pareció contrariarlo. Fue el primero en irse. Después, todos salieron de la iglesia en pequeños grupos. En las inmediaciones había varios vehículos estacionados en doble fila. Y no tardó en desatarse la cacería.

Niño ya había marcado a las víctimas. La jauría corrió hacia las Madres. Apresaron a varias; la monja no pudo escapar. Luego, los vehículos partieron a toda velocidad. Los secuestrados fueron diez; entre ellos, Esther Ballestrino de Careaga y María Ponce; ambas tenían hijos desaparecidos.

Ese festín criminal tuvo coletazos inmediatos: en una calle de Almagro fue secuestrada otra monja francesa: Léonie Duquet. Y a la mañana siguiente fue apresada Azucena en su casa de Sarandí.

La solicitada en La Nación salió el 10 de diciembre. Y allí resaltaba el nombre de “Gustavo Niño”. 

Ese día, en la Esma, Azucena y las monjas francesas fueron torturadas. Y el esbirro que se hacía llamar así observaba la escena desde un rincón. Era el teniente de fragata Alfredo Astiz.

Poco después, fueron asesinadas.

El 20 de diciembre se hallaron algunos cadáveres, provenientes del mar, en la costa bonaerense, a la altura del balneario de Santa Teresita. Un enigma que las autopsias policiales explicaron con una escalofriante economía verbal: “Choques contra objetos duros desde gran altura”. Por entonces, desde luego, nada se sabía de los vuelos de la muerte.

Tales restos humanos fueron enterrados como NN, en el cementerio de General Lavalle. Uno de estos –tal como determinó, recién en 2003, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF)– era el de Azucena Villaflor.

Sus cenizas ahora están enterradas en la base de la Pirámide de Mayo, el mismo sitio donde, exactamente hace 45 años, las mujeres del pañuelo blanco, con ella al frente, comenzaron una gesta de confrontación con el terrorismo de Estado que cambió la historia argentina para siempre. «