Un interesante estudio de las avenidas de la Ciudad de Buenos Aires puede encontrarse en Avenidas de mi querida Buenos Aires: algo más que un montón de calles más anchas de lo habitual, de Clarisa M. de Sacanti, publicado por Editorial Galimberti. Sobre el tema, la Sra. de Sacanti comenta:

–La Avenida 9 de Julio será la más ancha. Y Rivadavia la que más kilómetros tenga. Pero la más larga es Pueyrredón. Porque une verdaderos extremos estéticos de nuestra ciudad. Y eso es una distancia más prolongada que cualquiera que se pueda medir en vulgares metros. Piense que va de la Recoleta a Once. Usted entiende. Pero también por algo de lo que esas estéticas son sólo el reflejo.

Sumate y apoyá el periodismo autogestivo

ASOCIATE

–¿Por qué otra cosa la considera la más larga?

–Por su narrativa histórica y sociocultural. Haga un recorrido mental de la avenida Pueyrredón y verá que esta avenida cuenta qué fue en el pasado la Argentina y en qué nos convertimos en el presente. 

–Describa usted el recorrido, así entendemos todos.

–Bien. Nace en Recoleta. Noble y patricia. Rica y de ganaderiles apellidos. Luego, se aburguesa un poco cuando va hacia el cruce con Avenida Las Heras. Todavía es burguesa, pero en forma descendente, al acercarse Avenida Santa Fe. Seguimos bajando social, cultural y estéticamente cuando cruzamos Avenida Córdoba. Y luego, ya todo está perdido. Cuando pasamos Avenida Corrientes, ya se ve una amenaza de lo que será el final: el Once. Llegamos al Conurbano. Es el adiós. Cruzando Rivadavia, Avenida Pueyrredón pasa a llamarse Jujuy. No tengo más que decirle. 

–Ve un paralelo con nuestro país…

–De la Recoleta al Conurbano. Esa es la historia de la Argentina –concluye drásticamente la Sra. de Sacanti, con sus gestos rebosantes de apabullantes sentimientos que aún no se atreven a presentarse como ideología.    

–Oiga, oiga, señora –interrumpe un señor que la escucha con un vaso de soda en la mano–. Entiendo a lo que apunta. Pero Once no es el Conurbano. El Conurbano no está en la Capital. El Conurbano está en el Conurbano.

-No. El Conurbano está también en la Capital. Llega en tren. A Once, a Retiro, a Constitución. En todas las estaciones con trenes que vienen del Conurbano, hay Conurbano alrededor. Porque la Capital no va en tren al Conurbano. Pero el Conurbano sí viene en tren a la Capital.

–Es verdad –sostiene una amiga de la Sra. de Sacanti, que siempre la acompaña–. Y fíjese qué paradoja. La línea Sarmiento se llama Sarmiento y más que educación trae ignorancia a la Capital. ¿Y la línea Roca? Trae indios. No hay duda que ganaron ellos. El tren trae Conurbano a la Capital. Es un hecho.

Consultado, el antropólogo y coiffeur Antonio San Lagarza, agrega al respecto: 

–Cada lugar es también lo que se consume en él. Entonces, será Conurbano todo aquel lugar donde alguien venda y alguien compre un alfajor Guaymallén. Y eso es cada estación terminal de tren en la Capital.

Según San Lagarza, si seres del Conurbano están en Capital, emanarán Conurbano con sus hábitos, sus consumos, con su circunstancia vital. Y crearán y establecerán Conurbano en ese lugar. Pasando todos los días, entonces, establecerán un Conurbano casi permanente.

Es obvio que el Justicialismo no desarrolló, más allá del Rastrojero, algún camión o el automóvil Justicialista, una pujante industria automotriz autóctona. Pero sí se encargó de hacer propios los ferrocarriles y de convertirlos en el transporte insignia durante años, llevando familias obreras a Mar del Plata y a todo tipo de destino. Sobre esto, comenta la Sra. de Sacanti:

–Lo infame, lo verdaderamente infame fue y es el plan siniestro que se guarece tras los ferrocarriles: no parar de conurbanizarlo todo, todo. 

Aquellas señoriales estaciones de trabajadas puertas en madera, de elegantes salas de espera, son hoy agentes que esparcen a su alrededor meaderos y puestos de expendio de panchos y chipá. Negocios de ropa barata, comercios de celulares y electrónica china de espantosamente audaces diseños, con abundancia de luces led. Y por supuesto, esas disquerías en las cuales muchas veces venden guitarras criollas verdes o azules y llenan el aire de ritmos musicales típicos. Cartelería desprolija y de colores flúo. Ofertas. Fiambrerías y queserías al paso. Panaderías que exhiben esas roscas de grasa, las cremonas, como su máximo tesoro. He allí el Conurbano.

–¿Pero no hay acaso un intercambio en esa tensión Capital–Conurbano?

–Por supuesto que sí –dice San Lagarza, el antropólogo y coiffeur–, hay un intercambio. El blanco descendiente de europeos pobres que ha quedado encerrado allí, en el Conurbano, se ocupa de traer marcas y costumbres de la Capital. Arma algún polo gastronómico. Un Café Martinez, una heladería que tenga “mascarpone” entre sus gustos. Un infaltable McDonald’s que le dé a su municipio cierta pertenencia a la civilización. También se copia de la Capital alguna fantasía urbanística, alguna señalética. La ilusión de ser aquello que no es, sentada ahora en una cervecería artesanal, como las de Capital. 

–La cadena de emulación de las metrópolis.

–Sí. Pero así y todo, aunque se pueda dar algo de elegancia a alguna zona, el Conurbano será siempre un perro semisalvaje y sin domesticar. Gordo, opulento, que caga en cualquier lado. Mal crecido. Desarrollado en lo amorfo. Asi es ese perro. Eso es el Conurbano –dice casi dramáticamente San Lagarza, que creció en una calle con casas que tenían dos numeraciones.

–La culpa es de los ingleses, que le vendieron los trenes a Perón –dice la Sra. de Sacanti. San La Garza agrega que lo más sensato entonces, será decir que es el Conurbano donde se da la batalla entre civilización y barbarie. Y que estos territorios combinan lo peor del campo y de la ciudad. Las casas de dos plantas que no se pudieron terminar. Las medianeras sin revoque. Las rejas por todos lados. Y todos esos italianos y españoles que se encargaron de llenar de cemento cada pedazo de tierra que pudieron, edificando hasta el último centímetro de cada lote, amontonando piezas en altura, sobre cada terraza. Resistiendo torpemente su fatal destino latinoamericano. 

La Sra. de Sacanti y su amiga ahora se alejan. Por la vereda esquivan a un señor que se acerca a venderles algo. De nuevo sienten que lo extraño invade su territorio, sin darse cuenta que las extrañas siempre han sido ellas.

*Guionista, humorista.