El exvicepresidente boliviano Álvaro García Linera suele decir que las derrotas políticas, electorales, están precedidas por una derrota cultural. Con esa premisa, la pregunta sobre lo que puede ocurrir en las presidenciales del 2023 tiene respuestas parciales en el presente. Hay que observar la evolución de la lucha cultural. Los signos actuales no son muy optimistas para el campo nacional y popular. La batalla sigue. Se libra en varios frentes a la vez. Todavía falta un año y medio. El final sigue abierto.

Las señales de que la derecha por ahora viene ganando esta puja son varias. Una de ellas es lo ocurre con la protesta social, especialmente la que provoca cortes de calles. No se trata de que los funcionarios del Gobierno Nacional estén de acuerdo con la forma o el fondo de una protesta. Pero no deja de ser llamativo que algún ministro del ejecutivo tenga una opinión similar a la de Horacio Rodríguez Larreta sobre cómo abordar la protesta social.

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La derrota o victoria cultural se plasma también cuando el adversario asume el discurso del rival. Si el diputado de extrema derecha Javier Milei sostiene que hay que preservar políticas de ingresos universales, como la AUH, es una victoria cultural del peronismo. Si un funcionario del gobierno dice que hay que reprimir la protesta social cuando implica cortes de calles es porque ocurrió todo lo contrario.

Hay otros datos en los que se vislumbran estas victorias de la derecha. Una encuesta reciente de la consultora Trespuntozero arrojó como resultado que más del 50% de la población considera que la inflación es culpa de la emisión monetaria y-aún peor- de los impuestos. Es decir: la mayoría de la sociedad considera que es culpa del Estado y de los recursos con los que se financian la educación, la salud, la ciencia. A toda encuesta hay que tomarla con pinzas. El dato, sin embargo, implica un éxito de un mensaje que la derecha repite de modo sistemático desde que existen Adán y Eva.

Son signos que ponen en cuestión la idea del consenso como eje de la acción política porque puede implicar el abandono de la batalla cultural. Es cierto que hay países que lograron procesos de desarrollo sostenido con acuerdos políticos que funcionaron como pilares. El consenso no siempre llega en una mesa de diálogo. La corta historia de estabilidad democrática argentina muestra que, en este rincón del mundo, se instala por victorias culturales.

El mejor ejemplo lo dieron las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo. Pelearon contra el enemigo más poderoso que se pueda imaginar. Y le ganaron la batalla cultural sobre lo que implicó el terrorismo de Estado en la Argentina, luego de décadas con idas, vueltas y caídas.

El triunfo final se dio durante el gobierno el Mauricio Macri. La Corte Suprema macrista sentenció que el régimen del 2×1 podía aplicarse a los genocidas por el principio de la ley penal más benigna. El consenso social sobre el terrorismo de Estado y los crímenes de lesa humanidad emergió. Inundó las calles de Buenos Aires con centenares de miles de personas que rechazaron el fallo de los cortesanos. La coalición antiperonista-en especial el PRO-tuvo que cambiar de posición. Se puso al frente del proyecto de ley que volteó el fallo de la Corte. Ese consenso social casi unánime no nació en una reunión alrededor de una mesa. Fue parido por miles de batallas pacíficas y la tenacidad de esas mujeres que marcan el camino.