Roma, 8 de julio de 1990. Cuarenta años pasaron y todavía duele. Cuarenta años de la noche más oscura, del afano más grande que se vio en una cancha. A la selección de Diego le armaron una emboscada en el Olímpico porque los dueños de la pelota no soportaban que el pibe de Fiorito les arruinara el negocio otra vez. Jugábamos contra la máquina de Alemania, sí, pero también contra el sistema y los negocios del fútbol. Llegamos a los tumbos, todos rotos, con el tobillo de Maradona como si fuera otra pelota, pero de puro dolor e infiltraciones. Nos faltaban el Pájaro Caniggia, el Tata Brown y el Gringo Giusti. Once héroes, con el Goyco en el arco, salieron a la cancha con la camiseta azul, listos para aguantar los trapos.

El partido fue una trinchera. Los alemanes se nos venían, pero los nuestros metían pata y corazón, como se juega en el barrio. Aguantamos el cero hasta con un hombre menos, cuando lo rajaron a Monzón.

Como con la pelota no nos pudieron quebrar y los penales se venían encima, tuvieron que meter la mano en la lata. Minuto 85. Sensini va al piso, toca la pelota limpita, Völler se tira a la pileta como si lo hubiera atropellado un bondi, y ahí apareció él, Edgardo Codesal, el árbitro mexicano, el sicario del silbato. Cobró un penal que no existió, un penal inventado en las oficinas de la FIFA para que Brehme senteciara el 1 a 0. El Goyco adivinó, voló con el alma, pero contra la mafia y el escritorio no hay guantes que frene la pelota.

Fue la peor puñalada, la que duele en serio, y no vino de afuera. La historia que rueda por los vestuarios desde hace cuatro décadas te hiela la sangre. Cuentan que, un rato antes de salir a la cancha, el mismísimo Julio Humberto Grondona, presidente de la AFA, lo agarró a Diego y se la tiró cruda. Le dijo que hasta ahí habíamos llegado, que había que perder. La orden venía directa de Havelange. Don Julio le pidió a Maradona que entregara la final, que bajara los brazos porque el campeón ya estaba puesto a dedo.

Pero pedirle a Diego que fuera para atrás, nunca.

Maradona salió a comerse la cancha, a trabar contra los alemanes, contra la FIFA y contra su propio presidente. Por eso lloraba desconsolado en la premiación. Esas lágrimas no eran por haber perdido un partido; eran de pura impotencia futbolera, de saber que les habían robado la copa con el traje puesto.

A cuarenta años, esa medalla de plata vale mucho más que la de oro. Porque caer de pie, con la frente en alto y mandando a cagar a los poderosos, es la victoria más grande y maradoneana que nos dejó el Diez.