El retroceso y repliegue de Estados Unidos como superpotencia del planeta no es una buena noticia para América Latina. La primera década de este siglo, esa que trajo años felices a la región, con todos sus matices, tuvo varias características a escala global. Hubo dos centrales: el empuje económico de la imparable locomotora China y EE UU abocado a imponer un orden imperial en medio oriente, luego de los ataques del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. Esa estrategia imperial tenía una hoja de ruta cuyo último objetivo era la destrucción de Irán como estado nacional. Esa meta fracasó con la guerra que se inició el pasado 28 de febrero.

Que EE UU estuviera enfocado en Medio Oriente fue una de las “ventanas” que crearon las condiciones globales para los años felices. No quiere afirmarse en estas líneas que no haya habido un enorme mérito propio de los pueblos de la región y sus liderazgos políticos. Por supuesto que sí, pero no se puede minimizar el contexto. 

El gobierno de Trump intentó frenar a la locomotora China con su guerra arancelaria y fracasó. La administración anterior, la del demócrata Joe Biden, quiso detener la recuperación de Rusia. Empujó al delirante Volodímir Zelensky a una guerra con una de las potencias militares más grandes de la historia. Ahora Ucrania tiene dos millones de desplazados y su país partido en pedazos. Las sanciones contra Moscú por la invasión de territorio ucraniano se suponía que harían colapsar la economía y eyectarían a Vladimir Putin del poder. Nada de eso ocurrió.

Son señales claras de un gran imperio en declive. Emprende batallas con el objetivo de hundir a los que considera sus adversarios en la puja por la hegemonía y las pierde.

Paradójicamente, como se dijo, para América Latina no son buenas noticias. La estrategia de repliegue de EE UU es asegurar su dominio total sobre el continente americano, desde Canadá a Tierra del Fuego. Y la política que propone para la región parece ser la de siempre. No hay una propuesta de integración y desarrollo al estilo de la Unión Europea, ni siquiera para México que está al lado.

El rol de Latinoamérica según Washington es garantizar el suministro de productos primarios estratégicos y nada más. Abandonar la industria, la ciencia y la tecnología, se sabe, atenta contra la posibilidad del desarrollo y perpetúa la pobreza. Esta no es una consecuencia no deseada del proyecto imperial. Es parte del objetivo. Y no porque necesiten mano de obra barata, como podría pensarse desde el marxismo clásico. Es un tema de dominación. Para Estados Unidos, el desarrollo de América Latina, en lo político, lo económico y lo social, debilita su poder sobre la región. Y tienen razón. Un botoncito de muestra político: la creación de la Unasur en la primera década de este siglo estaba desplazando el rol de la OEA, controlada por Washington. Por eso cuando vino el ciclo de presidentes peones, como Mauricio Macri, se dedicaron a demolerla. Imaginemos lo que hubiera sido la creación del Banco del Sur que proponía Hugo Chávez. 

Estados Unidos prefiere lidiar con las masas de inmigrantes empujados por la miseria que con una América Latina más desarrollada que vaya ganando márgenes de soberanía.

Este es el principal dilema que enfrentaría un gobierno del nacionalismo popular si ganase las elecciones en 2027. ¿Acaso el peronismo debate estos temas? Si lo hace debe ser en privado, porque a la luz pública no se ve. El peronismo transita el mundo del revés. Lo que debería debatirse públicamente está ausente. En cambio, las diferencias por la conducción entre Máximo, Axel, Uñac, Moreno y la mar en coche, son públicas. Se dirimen con ataques personales que no pueden enamorar a nadie. Sólo espantan votantes y ayudan a una posible nueva victoria de la derecha. Esto es lo que lo pasó al MAS en Bolivia y los resultados están a la vista. ¿No será hora de ordenar las prioridades del debate público? Todavía no es tarde.