«El objetivo es una guerra sin fin, y no una guerra victoriosa”. Así definió alguna vez el fundador de WikiLeaks, Julian Assange, a la estrategia militar estadounidense en Asia desde principios del siglo XXI. La aventura de Israel y EE UU contra Irán del 28 de febrero tiene toda la pinta de haberse convertido en otra guerra eterna, y lo que pudo parecer un “paseo de un fin de semana” tras el asesinato del líder supremo Alí Jamenei y de varios altos dirigentes persas, se está pareciendo al Vietnam de Donald Trump. Un pantanal y una derrota que ni él ni Benjamín Netanyahu pueden admitir sin pagar consecuencias catastróficas para sus futuros políticos. De allí que el magnate inmobiliario refuerce su ofensiva sobre América Latina. El último refugio imperial.
El Plan B de Estados Unidos, cuando todo lo demás falla, es sancionar y catalogar como terroristas o narcotraficantes a quienes se oponen a sus designios. Y en esas estamos al sur del Río Bravo desde antes del 3 de enero, cuando el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa abrió un nuevo escenario en Venezuela.
Digamos que para Trump, su actualización de la Doctrina Monroe de diciembre pasado fue la catapulta para ver si podría alambrar el patio trasero, por las malas o por las peores. La ofensiva sobre lanchitas de presuntos narcotraficantes fue el moño para el embate contra los supuestos Cartel de los Soles y el Tren de Aragua. México y Colombia, desde hace décadas, enfrentaron las consecuencias del combate contra la guerrilla o los carteles de la droga.
Las últimas novedades en ese rubro vienen de Cuba, donde el magnate inmobiliario y sus acólitos de origen cubano, como su secretario de Estado, sueñan con ponerle fin a la revolución. Marco Rubio, por caso, declaró que La Habana “ha sido la capital mundial del terrorismo de izquierda radical” y el Tesoro sancionó al presidente Miguel Díaz-Canel, a Raúl Castro -a quien EE UU ya había imputado en un hecho de hace 30 años- a uno de sus hijos y varios familiares.
“Por las malas”, Trump utiliza métodos de injerencia de lo más groseros en elecciones como las de Colombia, donde el apoyo al ultraderechista Abelardo de la Espriella es total. El presidente Gustavo Petro presentó pruebas de presunta manipulación de resultados en el sistema de conteo de votos mediante una empresa privada. Algo similar se había registrado en Honduras en noviembre pasado, donde finalmente el “pollo” del condenado por narcotráfico e indultado Juan Orlando Hernández, Nasry Asfura, se hizo de la presidencia. Para Trump JOH será narcotraficante, pero es “nuestro narcotraficante” y el más adecuado para dirigir campañas sucias en favor de las ultraderechas regionales.
En Perú, este domingo el trumpismo también hace su apuesta y Keiko Fujimori, una habitué en las segundas vueltas, pelea para continuar la tarea que su padre -condenado por delitos de lesa humanidad- comenzó en los 90. KF disputa contra Roberto Sánchez, quien por las dudas, tiene causas judiciales abiertas por si llegara a resultar el ganador del comicio.
La pelea en Brasil, en cambio, recién comienza y ya Lula da Silva siente la andanada de ardides con que desde el Salón Oval esperan llevar al Planalto a Eduardo Bolsonaro, el hijo del expresidente Jair Bolsonaro, condenado por golpista. Uno fue declarar -cómo no- al Primer Comando de la Capital (PCC) y al Comando Vermelho como organizaciones terroristas, lo que desde la perspectiva del Pentágono, habilitaría una intervención armada. Además, amenaza con aranceles de hasta 25% a los productos brasileños. Así por que si. Lula no dudó en calificar esa medida a una charla con Bolsonaro Jr, a quien calificó de “traidor a la patria”. Qué menos.
Mientras tanto, Andrés Manuel López Obrador salió del retiro que se había autoimpuesto para defender a la presidenta Claudia Sheinbaum de renovados ataques desde el norte. “Lamentablemente está sucediendo, no sólo en México, sino también en otras partes del mundo: que con el simple señalamiento de narcoterrorista o de representar una supuesta amenaza para la seguridad de Estados Unidos, se cuenta con licencia para secuestrar, cazar y ajusticiar de manera extraterritorial a cualquier persona sin pruebas, juicio o sentencia alguna”, lamenta AMLO, que afirma extrañar al Donald Trump que conoció en su mandato y con el que, asegura, se podía hablar. «