Contra lo que muchos imaginaban confiando vanamente en la aplicación de los buenos modales aconsejados por la diplomacia, la cacería de inmigrantes se mantuvo durante todo el desarrollo del Mundial de Fútbol. Para Donald Trump, los que llegaron de Centroamérica y otras latitudes para sembrar, cosechar, construir los rascacielos (los suyos propios también), fabricar los aautos, cuidar de los bebés, limpiar sus mugres o dictar cátedras en las universidades, ponen en riesgo la seguridad nacional. La cacería prosiguió, como se hace desde febrero de 2025, a un ritmo que ya alcanzó a 2000 personas por día. El traslado, el gran negocio del acarreo de los deportados, se hizo más discretamente pero continuó.
Ahora se supo, y todo indica que gracias a una infidencia de los jugadores de la selección francesa –liderados por Kylian Mbappé, Ousmane Dembelé y otros de ancestros africanos–, los traslados realizados entre sede y sede del súper tour norteamericano de lo que debió ser una bella justa, estuvieron básicamente a cargo de la aerolínea Global Crossing Airlines (GlobalX). La chartera, que tiene su sede en Miami, es la misma que en marzo de 2025 fue denunciada por el gobierno de Brasil por el traslado, sin las más mínimas condiciones de seguridad, de cientos de personas llevadas a San Pablo, esposadas y engrilladas. Antes de comenzar el Mundial, frente al auge fascista, Mbappé llamó a los jóvenes a proteger al país, Francia, de la embestida ultraderechista y denunció el genocidio del pueblo palestino.

El traslado de los deportados a Brasil, México, Colombia y otros países fue ordenado por el gobierno de EE UU. Los embarques revelados sutilmente por Mbappé y compañía tras el partido entre Francia y Paraguay –publicaron en sus redes fotos internas del avión en las que se ve las señas distintivas de la empresa denunciada por Brasil– fueron coordinados por la FIFA. De tal manera, la xenofobia de Trump y los negocios de Gianni Infantino (el jefe de la FIFA) confluyeron en un mismo punto que selló los intereses de dos connotados padrinos que en el Mundial que se define hoy no sólo impusieron unas nuevas reglas de juego con lucrativas “pausas de hidratación”, sino que decidieron, también, cuándo se deben aplicar y cómo se pueden revertir los castigos derivados de una tarjeta roja.
Según coincidieron los diarios británicos Daily Mail y The Guardian, Francia no es el único equipo que quedó atrapado por la rapacidad de la FIFA. Al menos Inglaterra e Irán también fueron transportados por GlobalX. En base a datos de organismos de seguimiento de la actividad aérea, los investigadores de ambos medios concluyeron que el mismo avión usado para el último viaje FIFA de los franceses, realizó en días previos al partido con Paraguay un total de 44 vuelos de deportación ordenados por el Control de Inmigración y Aduanas (ICE), el organismo encargado de la cacería de inmigrantes. Esos servicios cubrieron las rutas Arizona y Louisiana (en EE UU) con El Salvador, donde el gobierno de Nayib Bukele presta el servicio de carcelero en el Centro de Confinamiento del Terrorismo.

ICE Flight Monitor, una colateral de la organización norteamericana Human Rights First que rastrea, documenta y publica datos sobre los servicios operados por cuenta del ICE, señaló que es frecuente que prestigiosas compañías alternen entre fletar vuelos del ICE y otros chárter, generalmente contratados para el transporte de contingentes a convenciones empresariales. “La Copa del Mundo –dijo un vocero– fue un gran negocio agregado, y además les permitió camuflar sus actividades non sanctas, especialmente los traslados de deportados a las cárceles de El Salvador y Honduras, en aviones que por su falta de mantenimiento no pueden ser usados con otros fines”.
GlobalX empezó a cumplir tareas sucias en 2024, antes de las elecciones que consagraron a Trump como presidente por segunda vez. Sus primeros servicios fueron para el gobierno de Texas, embarcado antes que Trump en la persecución de inmigrantes y la detención de centroamericanos que lograban “colarse” por la frontera sur. El gobernador ultraderechista Greg Abbott inició una práctica luego adoptada por otros de sus pares republicanos: lanzar una campaña de odio contra los inmigrantes y despacharlos hacia Washington, tirándolos literalmente en las calles de la capital política de la Unión, además ciudad de residencia de Kamala Harris, la entonces vicepresidenta y aspirante presidencial del Partido Demócrata.
La última parte de la historia es más o menos esta. Tras persistentes fallas técnicas que incluyeron dificultades de los aviones de GlobalX para despegar y aterrizar, el gobierno de Lula constató que los deportados eran trasladados en condiciones inhumanas. Sus reclamos provocaron tensiones entre los gobiernos de EE UU y Brasil, que definió el trato como “inaceptable” y “degradante”. Luego, un estudio de ProPublica –pequeña pero prestigiosa agencia de periodismo de investigación de Nueva York– recogió un dato contundente que ratificó la denuncia brasileña. Informó sobre “demandas de los auxiliares de vuelo de GlobalX sobre la seguridad de los pasajeros en casos de emergencia que obligaran a una evacuación, imposible de realizar al estar esposados y con grilletes”.
Días después, el 14 de abril, cuando GlobalX anunciaba con bombos y platillos un acuerdo de integración de servicios con la poderosa United Airlines para el transporte de pasajeros y carga en EE UU y el Caribe, su presidente debió renunciar a la dirección –más honorífica que empresaria– del Royal Museum de Ontario, Canadá. Chris Jamroz, el sujeto en cuestión, fue denunciado por una periodista canadiense y aceptó ser el lucrativo nexo entre la empresa y el ala represiva de la administración Trump (acumula casi 950 vuelos al servicio del gobierno republicano) y, sobre todo, el coordinador secreto de los vuelos de deportación en los que concluyen las cacerías humanas ordenadas por el gobierno contra los inmigrantes latinoamericanos y el transporte interno de jugadores de fútbol. «

«La paciencia de la gente tiene cada vez la mecha más corta»
Ya no está en duda que Donald Trump es un paciente psiquiátrico de nivel atómico. Lo han explicado los más distinguidos científicos norteamericanos. Lo que no estaba claro era hasta dónde podría llegar su enfermiza imaginación. Esta semana batió todos los récords. El martes 14, ante la ola de muertes que produce el terrorismo de Estado en su cacería de inmigrantes, la Casa Blanca –es decir Trump– anunció una pausa en la ejecución de los controles de tránsito. El miércoles 15, un día después, el propio presidente y comandante en jefe desmintió al Trump/Casa Blanca, y dijo que las requisas seguirán porque “no podemos renunciar a una de las herramientas más eficaces para combatir el crimen”, es decir para perseguir a los pobres que llegan a canjear cualquier trabajo por un plato de comida.
Del 7 al 16 de julio las razias se habían cobrado cuatro víctimas:
* La primera, un albañil mexicano que residía hacía 30 años en Texas y había criado a tres hijos que obtuvieron títulos universitarios.
* El segundo, un colombiano que luego, se supo, no era el guatemalteco al que buscaban los comandos.
* El tercero fue un venezolano al que atropelló un camión cuando corría, aterrorizado, por una calle de un poblado de Florida, cerquita de la bella Miami, para eludir a los comandos del odio.
* El cuarto, un hondureño que murió por falta de asistencia médica cuando era trasladado de una a otra cárcel privada regenteada por el GEO Group.
En los tres primeros casos las autoridades apelaron a la misma mentira: los muertos intentaban usar sus vehículos para atropellar a los agentes.
“En su prédica del odio, Trump se lleva por delante la vida de los inmigrantes, la memoria y hasta la historia, que nos enseña, bien precisa, qué sucede cuando los gobiernos otorgan a sus agentes armados la impunidad absoluta, el poder ilimitado y muy poca rendición de cuentas”, dijo al The New York Times una militante de la Maine Inmigrants’ Rights Coalition.
Tras la muerte del hondureño abandonado por el GEO Group, la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles denunció que “los gestores de cárceles privadas son incentivados a recortar personal médico y negar atención para maximizar el retorno de sus accionistas”. Alguien se ilusionó en un volante anónimo encontrado en alguna calle de Texas, y escribió: “La paciencia de la gente tiene la mecha cada vez más corta”.