Postales de una semana inolvidable. Empezando por el miércoles. La primera fue la interpretación del himno por los jugadores, por Messi que cantó con la decisión de un cruzado. Al 1’ la pelota va para Bellingham y Paredes lo cuerpea, haciéndole saber cómo viene la mano. La jugada le apagó la luz al británico por el resto de la tarde. El gol inglés fue una injusticia pasajera. Messi encendió los motores y todos respondieron de modo admirable. Repitió una jugada a la salida de un córner sin que lo molesten. El técnico Tuchel lo deja solo en el afán de atrincherarse en el área menor. Si no estaban todos metidos allí fue porque no cabían. El mensaje después del gol fue sacar al autor y poner un defensa. Sigue la jugada, Enzo repite el remate y clava un golazo excepcional. Pensamos en el alargue, pero quedaba magia. Y el segundo gol llegó porque la zurda poética le dijo a su pierna derecha que escribiese un soneto por su cuenta.
Centro lanzado con la de palo, que por ser de Messi, es de oro. Y Lautaro, en el mejor salto de su vida. El cabezazo con el que soñó siempre, cuando siendo pibe, su padre le regaló los primeros botines. Cuenta también, ya en lágrimas, de su madre tendiéndole siempre la cama.
Postal del momento final. Messi, de rodillas, sacude su cuerpo en una convulsión emocionada. Después lo dedica a Diego. En la Capilla Sixtina, un dedo toca otro dedo, se dan vida. En el fútbol, son Maradona y Messi.
La última postal es la de los jugadores desplegando la tela blanca en la que se lee “Las Malvinas son argentinas”. The Guardian, en Inglaterra, pone en tapa el título «La arrogancia argentina». Clarín no puede con su genio destructor y se pregunta en uno de los primeros títulos «¿qué sanción le cabe a la Argentina?». El enojo surge a la misma hora en que Cristina se asoma al balcón con una bandera de Malvinas.
Un puño apretado es el país. La gente sale disparada hacia el Obelisco, hacia las plazas de los barrios y los pueblos.
Como será la postal de dentro de dentro de unas horas. La última postal que se emita desde este Mundial tan particular. Se viene la más porfía, más compleja, más dura, más difícil. Pero desde siempre, este grupo revivió como el Ave Fénix y le puso el pecho a las situaciones más intrincadas. Con pasión, con fervor, con técnica, con la sublime destreza de su líder.
Cualquiera sea el resultado, ese grupo de muchachos en estado de gracia se lo merece. Se lo merece ese pibe de 39 que deja la vida y su descomunal destreza a merced de los demás. Solidaridad infinita, la más hermosa manera de pensar en el otro.
La postal final debe ser la de la Selección otra vez en lo más alto de la gloria. Será pues como me lo estoy imaginando desde México. Tal vez otra vez se demora un rato en aparecer. Pero al final lanza la última llamarada de su tibieza a millones de personas que son la postal de la felicidad.
Por eso es que vale la pena no dejar nunca la vida en pausa, por eso la Selección es un equipo que jamás abandonó. El que abandona no tiene premio, decía el Indio. Y la Argentina vaya si lo tiene. «