No lo dijo taxativamente, pero el condicional empleado por Claudia Sheinbaum lo dice todo: detrás del palabrerío barato, las provocaciones y el estilo soez del norteamericano Donald Trump se oculta el deseo imperial de hincarle el diente a la más sólida de las democracias americanas, la del México solidario con Cuba y Venezuela, receptivo con los perseguidos, respetuoso amigo de sus vecinos. Hasta ahora, la presidenta había optado por manifestarse a través de una diplomática paciencia. Pero se hartó y dijo con todas las letras que las últimas agresiones a México “confirmarían” que Trump se entiende y llega a acuerdos con los narcos a los que, sin embargo, define como terroristas internacionales.
México, Sheinbaum como antes Andrés Manuel López Obrador, es sólo uno de los blancos imperiales. El colombiano Gustavo Petro, el brasileño Lula da Silva, el venezolano Nicolás Maduro, el hondureño Manuel Zelaya, el boliviano Evo Morales, el ecuatoriano Rafael Correa y Cristina Fernández de Kirchner fueron o son víctimas de una estrechez política que sólo sabe expresarse a través de la violencia. Las campañas contra los gobiernos no alineados no son cosa nueva. Desde siempre el garrote fue convincente, salvo excepciones que pagaron su dignidad a muy alto precio. Lo que agrava la realidad de estos tiempos es que los alcahuetes cumplen con la servil tarea de darles cuerpo a las amenazas.
México es el único que enfrenta a Trump en defensa de los connacionales, a los que la campaña de persecución norteamericana de los inmigrantes tomó entre sus víctimas. En total, además de los miles de deportados, ya suman 17 los mexicanos asesinados por los encapuchados del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), el brazo armado encargado de ejecutar la cacería humana impuesta por el terrorismo de Estado. Tras la última muerte, el martes pasado, México inició acciones legales contra el gobierno de Estados Unidos. “Es obvio que vamos a mantener las relaciones diplomáticas, pero hemos presentado una denuncia formal ante las fiscalías estatales y federal, para que esos asesinatos no queden impunes”, dijo la presidenta, a modo de anticipo de lo que vendrá.
La ofensiva norteamericana contra Sheinbaum, Petro, Lula y otros gobernantes puso en acción a todos los estamentos de la administración Trump, que lleva años, se profundizó tras el secuestro de Maduro el 3 de enero pasado y cuenta con la asistencia de varios gobiernos y operadores mediáticos americanos encargados de realizar la tarea sucia. Ya en 2024 sujetos como Javier Milei y los activistas periodísticos Andrés Oppenheimer (CNN, Miami Herald) y Eduardo Feinmann (Radio Rivadavia, A24) se dedicaban a desacreditar (insultar, en realidad) a los tres presidentes, con énfasis en Petro y Sheinbaum. Milei llegó a decir y Oppenheimer lo divulgó, que la mexicana y el colombiano “son seres verdaderamente despreciables”, “una plaga letal”, “asesinos, terroristas, comunistas”.
El 2 de julio pasado, desde Buenos Aires, Feinmann aportó lo suyo, y embanderado en la ya indisimulada cruzada de Trump contra Sheinbaum, dijo que los carteles mexicanos de la droga, como el gobierno, estaban interesados en que el seleccionado azteca de fútbol ganara la copa del mundo y, con ese objetivo “ayudaban”, amenazando a los jugadores del equipo contrario. Sin pruebas, “Parece que está confirmado”, aseguró sin rubores en la previa del encuentro México-Ecuador del 30 de junio: “Cinco jugadores del equipo sudamericano y sus familias fueron amenazados. Dieron los datos sobre sus familias, fueron amenazados de muerte para que perdieran, ¡impresionante!, lo que son los narcos ¿eh?, impresionante de lo que son capaces”.
Milei y Feinmann compiten para ver quién es el mejor amanuense del mes. En un juego perverso con el título de una especie de manual de la ultraderecha regional (“El perfecto dinosaurio idiota”), el presidente argentino escribió en sus redes una frase que pareció aludir a Lula: “Si hubiéramos hecho las cosas como este gran dinosaurio idiota decía, La Libertad Avanza habría perdido”. La Voz de América, una emisora que el gobierno de Estados Unidos usa para sustentar sus políticas intervencionistas, tituló la noticia con un elocuente “Milei critica nuevamente a Lula antes de ver a Bolsonaro”. Ya había dicho que “Milei colabora en la guerra contra Petro y Sheinbaum”. El 25 de julio Milei volverá a Brasil, otra vez para expresar su admiración al convicto Jair Bolsonaro y su hijo Flavio.
En las últimas semanas, Trump y sus feligreses no cesan de hostigar a Sheinbaum. Desde aquel ya lejano cambio del nombre de Golfo de México por Golfo de América, hasta la reciente proposición de convertir al país en la estrella 51 de la Unión, mil ofensas se han desplegado. En ese marco, el 6 de julio pasado el FBI exhibió en el Museo del Aire War Eagles de Santa Teresa, en Nuevo México, una unidad a la que señaló en su identificación como “gestora del triunfo”. El triunfo alude al secuestro y traslado a Estados Unidos de un importante narco. El episodio es de 2024. En los dos años pasados el canciller Marco Rubio, jefe de la diplomacia norteamericana y artífice de las provocaciones, había negado toda participación en la captura de “El Mayo” Zambada.
Ahora, el FBI donó el avión Beechcraft King Air 200 para su exhibición permanente en el museo situado en territorio usurpado a México en 1848. “Es un himno al intervencionismo”, dijo un comentarista radial mexicano. “Alguien de la estructura de poder de Estados Unidos mintió y hay certezas de que se violó la soberanía mexicana. Lo pagarán. Esto confirmaría –agregó Sheinbaum– que el gobierno de Trump se entiende con los delincuentes, negocia con los narcos y llega a acuerdos con ellos, a los que para justificar su intervencionismo clasifica como ‘terroristas internacionales’”. «

Miente, miente, miente, que algo queda…
Trece años después de la muerte de Hugo Chávez, cuando el mundo llora aún a las miles de víctimas de los dos terremotos que el 24 de junio sacudieron a Venezuela y se pregunta, todavía, cuántos más seguirán bajo los escombros, los medios de la ultraderecha occidental siguen haciendo lo que mejor saben hacer: mentir.
Así fue que como Radio Rivadavia en Argentina, el diario monárquico español ABC –afín al nazismo de Vox y el Partido Popular– destinó abundante espacio a la cobertura del episodio, todo para acusar a la Revolución Bolivariana de ser causante de la desgracia, bajo un título presuntamente lapidario: “Las viviendas sociales de Hugo Chávez se desploman como castillos de arena”.
La idea era denunciar, asegurar y difundir globalmente, sin una miserable prueba, que los edificios se derrumbaron por la presunta mala calidad de los materiales empleados para su construcción. Una periodista española hizo viral un video en el que mostraba unos restos de poliestireno en medio de los escombros. Con eso pretendía explicar que los edificios cedieron “porque Chávez mandó hacer todo rápido para que los beneficiados de las nuevas viviendas lo votaran en futuras elecciones”. El Instituto de Materiales y Modelos de la Universidad Central desactivó el bulo explicando, simplemente, que el poliestireno es de uno normal en las construcciones civiles (bulo, del caló de los gitanos, significa porquería).
Las críticas a la Gran Misión Vivienda Venezuela (GMVV), uno de los programas sociales insignia de la Revolución Bolivariana, llegaron de todos lados, y en especial del exterior. El programa fue anunciado por Hugo Chávez en abril de 2011, en respuesta a la crisis generada por un fenomenal deslave que dejó a miles de familias sin sus casas. Se prometió construir tres millones de viviendas en siete años. La oposición interna y regional, Estados Unidos y la Unión Europea, hablaron de inmediato de corrupción y meta imposible esbozada sólo para manipular al pueblo. Le llamaron la “misión maqueta”. Quince años después las urbanizaciones de la GMVV son justiciera parte del paisaje de cualquier ciudad.
Los venezolanos, que ya habían visto cómo los ingresos derivados de la nacionalización del petróleo se habían esfumado en la década del setenta del siglo pasado con la importación de whiskies, caviar y otros artículos suntuarios, vieron ahora cómo se asignaban los recursos del Estado en beneficio del pueblo.
Puro odio incentivado, la clase media no toleró a sus nuevos vecinos, mientras se iban cumpliendo las metas. Más de 150 mil viviendas el primer año. Un millón cuatro años después (2015) y otros dos millones en 2018.
Y así, año tras año, hasta llegar en junio de 2024 a la meta de los cinco millones –cinco millones de familias que, por primera vez accedían a una vivienda digna– y el anuncio de llegar a ocho millones en 2031. Un mal ejemplo, de esto no se habla, contra esto se actúa. El 3 de enero pasado los comandos secuestraron al presidente democrático Nicolás Maduro y su esposa.
