Bienvenidos a este newsletter de Tiempo. Estas cartas del Mundial, Postales del Norte, que intercambiamos junto a Alejandro Wall. Hoy Wall, que está en Atlanta, donde Argentina juega con Egipto, le escribe a Burgo, en Ciudad de México.
Hola, Burgo
Te escribo desde Atlanta, la ciudad de la Coca Cola, la ciudad de la CNN, la ciudad de Martin Luther King, la ciudad de los derechos humanos, la ciudad de los Juegos Olímpicos del 96, la ciudad de los Hawks, la ciudad en la que la Argentina juega contra Egipto por los octavos de final del Mundial 2026.
Si vas por la Centennial Olympic Park vas sintiendo todo lo que pasó hace treinta años. Casi que se te aparece Emmanuel Amunike, el que hace el 3-2 para Nigeria en la final con la Argentina, una pesadilla, la defensa tirando mal el offside. Pero lo que también se recuerda es el atentado que mató a una persona e hirió a más de cien.
Este es el lugar en el que juega a la Argentina, más fresco que Miami, donde el calor y la humedad se sufrió. El equipo no quiere ponerlo como excusa, pero es obvio que también le afectó el clima con el que se jugó contra Cabo Verde. La Argentina se movió con la letanía de ese Caribe espeso en el que se vivió durante esos días.
Va a ser la última jornada de los octavos de final. Ya vamos a tener conformado todo el cuadro. No habrá anfitriones. Vos viste cómo se fueron los mexicanos contra Inglaterra. Canadá se fue casi sin mucho para decir. Y ayer vimos la salida indigna de Estados Unidos. Porque vos podés perder, como perdió México o perdió Canadá, pero lo que no podés hacer es intentar no perder y perder igual. Hicieron un papelón.

Bélgica pasó por arriba a Estados Unidos. Bélgica, que es una eterna candidata pero siempre la sacamos por no le da la sangre, borró a los yanquis sin sufrimiento pero con ganas, como correspondía después de la intervención del gobierno de Donald Trump para anularle un castigo a su mejor jugador, Folarin Balogun. Es la misma lectura que se puede hacer de Estados Unidos en otras áreas. Lo que no controla, lo interviene. Pasa en países de Sudamérica, pasa en el mundo, pasa también en el fútbol. Es una historia de 250 años.
El sábado vi los festejos, recorrí las calles un 4 de julio. Me resultaba una curiosidad. Salí con la camioneta para pasear por Miami, tomé una autopista y enseguida me agarró el tránsito. Nunca en mi vida vi tantos autos juntos. No iba a salir nunca de ahí. Era camino al sur, pero era imposible. Y cada tanto explotaban fuegos artificiales, una fiesta, y todo seguía. Estados Unidos puede ser todo eso y puede ser nada de eso.
El domingo, mientras viajaba desde Miami a Atlanta, vi cómo se quedaba afuera Brasil contra Noruega y México contra Inglaterra. ¿En dónde actúa la lógica y en dónde no puede? Ambos resultados pueden ser lógicos. Pero nos indica que el fútbol, incluso el Mundial, puede ser una moneda al aire. Porque yo creía que Brasil le ganaba a Noruega y que México iba a poder con Inglaterra. ¿Esa es la lógica? No lo sé, yo te cuento lo que pensaba. También pensaba que Bélgica iba a sucumbir frente a la genial Estados Unidos. Hasta que apareció Donald Trump. Ahí cambió todo.

Trump estaba escondido. No aparecía por los estadios, no se metía en el fútbol, seguía con su guerra en Irán, con otras cosas, pero nada que ver con lo que pasaba en la cancha. El dato es que no estaba, que ni siquiera iba a partidos que podían servir para algunos negocios, de los cuales se encargaban otros.
Así que Trump irrumpió en el Mundial a lo Trump. Rompiendo todo, como un elefante en un bazar, contando que lo había llamado a Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, para que revea una sanción contra Balogun. Se jactó, se rió, quiso mostrarse frente a los estadounidenses como el hombre que saca el país adelante, que puede hacer ganar a un equipo de fútbol e incluso que puede hacer que los efectos de la tarjeta roja no se mantengan.
Trump piensa en las elecciones internas. Por estas horas, el tema es su patrimonio, que creció en 2200 millones de dólares durante este tiempo en el que fue presidente. Pero acá lo que pasa es el fútbol. Y frente a la tele todos querían que ganara Bélgica. No había un solo futbolero que quisiera que ganara Estados Unidos. Así se construye odio, que también es combustible.

En el mundo, todos querían a Bélgica, que además ganó y jugó bien. hizo justicia. Pobre Balogun, no tiene nada que ver. La culpa es del presidente de Estados Unidos y también de su entrenador, Mauricio Pochettino, al que en estos días no le salía la palabra punishment en castellano. Curioso porque se trata de castigo, que él debe saber como jugador de fútbol y entrenador, salvo que le interese simplemente quedar bien con el país de la selección que dirige.
Al final fue de Bélgica, nada que ver con Estados Unidos, y ahora lo que podemos pensar es que todo lo que pasó fue perjudicial con Balogun, con su estrella, con sus ganas de jugar. El poder hizo lo suyo, pero los futbolistas siguen jugando. El triunfo de Bélgica fue el triunfo del fútbol. Fue la derrota de Estados Unidos y Trump, fue la derrota de Pochettino y el sálvese quien pueda. Fue la derrota de Gianni Infantino, que tan bien venía con el Mundial XL que era de su autoría. Fue la derrota de ellos pero, sobre todo, fue el triunfo del fútbol. Aunque le quieran hacer de todo, aunque lo bastardear y le cambies las reglas, el fútbol siempre está, el fútbol siempre gana.

Viva el fútbol, Burgo. Nada de soccer, nada de estas historias que no tienen tradición. Viva el fútbol, que es lo que siempre vale.
