La Ciudad de Buenos Aires está cambiando. Las y los porteños viven cada vez más años, tienen menos hijos y los tienen más tarde. Crecen los hogares unipersonales, el alquiler se convierte en una realidad tan extendida como sufrida, y las formas tradicionales de construir familia empiezan a dejarles más espacio a nuevas trayectorias de vida.
Ese es el punto de partida de Una ciudad en transformación, plataforma interactiva elaborada por el Consejo Económico y Social de la Ciudad de Buenos Aires (CESBA) y Fundar, que analiza tres décadas de cambios demográficos, sociales y económicos y proyecta cómo podría verse Buenos Aires en 2040.
¿Qué desafíos plantean para el futuro de la Ciudad estos cambios que ya impactan en la vida cotidiana?

La normalidad y la incertidumbre
Nadia Estrada tiene 53 años y alquila en el barrio de Liniers la casa que comparte con sus mascotas. Vive sola después de que su hijo se mudó con su pareja. Confiesa que disfruta de esa independencia, aunque reconoce que sostenerla demanda un esfuerzo económico creciente. «A esta altura de la vida, la paz y la tranquilidad que te da esta forma de vida no tiene precio», se entusiasma, en diálogo con Tiempo. Pero entonces admite que el futuro le genera inquietud: «No sé si me dará la economía como para seguir viviendo sola».
Su historia está lejos de ser una excepción. El estudio muestra que hoy el 40% de los hogares porteños son unipersonales (8 puntos porcentuales más que en 2001) y que tres de cada diez son inquilinos. El alquiler gana terreno frente a la vivienda propia y el envejecimiento de la población obliga a pensar nuevas formas de cuidado y acompañamiento.

“Donde antes predominaban hogares de dos o tres personas, hoy aumentan los de una sola –afirma Manuel Socías, presidente del CESBA–. Lo que se consolida es una transformación del modo de vida urbano: se estira la vida, se reorganiza la familia y se vuelve más incierta la estabilidad residencial».
Socías advierte que si la postergación del acceso a la vivienda propia continúa, «esa excepción puede volverse una normalidad. Eso agrega vulnerabilidad: más años de vida con contratos que se renuevan, aumentos, mudanzas y mayor incertidumbre». Según relevamientos de Inquilinos Agrupados, en el último año los alquileres en GBA crecieron un 50,7% anual: 18 puntos más que la inflación oficial.
¿Es un problema?
Este primer informe interactivo de CESBA y Fundar muestra que las porteñas tienen menos hijos y, cuando deciden ser madres, lo hacen más tarde: la edad promedio pasó de 28 años en 1990 a 32,5 en 2024.
Para Agustina Bendersky, investigadora de Fundar, detrás de esos números hay procesos distintos, en una tendencia que se consolida desde hace años: «Los porteños vivimos cada vez más años, decidimos tener menos hijos o no tenerlos y, si decidimos tenerlos, lo hacemos a mayor edad».
Gabriel Corti conoce ese cambio en primera persona. Tiene 51 años, vive en San Cristóbal y es papá de Vittorio, de tres. Cuenta que siempre imaginó formar una familia, aunque «hubiese querido tener hijos antes, pero se me fue dando así». Su recorrido incluyó un primer matrimonio y una nueva pareja, con quien fue padre a los 48.
Sin embargo, su caso ya no es excepcional. «Los chicos se van más tarde de sus casas o no quieren tener hijos, y eso hace que después terminen formando una familia a mi edad», reflexiona.

Para Rafael Rofman, investigador principal de CIPPEC y doctor en demografía, el error es interpretar estos cambios como un problema. «La baja de la natalidad es el resultado de dinámicas muy positivas. Tiene que ver con más educación, con más equidad, con más derechos efectivos para mujeres y para niños, con más ingreso y más acceso a salud reproductiva».
Fernando Bercovich, sociólogo especializado en urbanismo, plantea que detrás del fenómeno intervienen múltiples factores socioeconómicos. Menciona la expansión de la educación sexual, la planificación familiar, la mayor participación de las mujeres en el mercado laboral y las dificultades económicas para sostener un hogar.
Como contraparte, se vive un proceso de vivir más encerrados, en un distrito con apenas 6 m2 por habitante, aunque si se descuentan los canteros de calles, avenidas y las áreas protegidas, la cifra baja a 4 m2, muy alejado de los 10 m2 que estipula como mínimo la OMS. «La Ciudad se ha vuelto más hostil por la menor cantidad y calidad de espacios públicos disponibles», sentencia Bercovich.
Vivir solo cuesta vida
Buenos Aires no sólo tendrá menos nacimientos y familias más diversas. También será una ciudad donde las personas vivirán más tiempo. Según las proyecciones del informe, para 2040 la esperanza de vida alcanzará los 84,7 años para las mujeres y los 80,6 para los varones, mientras la brecha entre ambos seguirá reduciéndose. Al mismo tiempo, crecerá el peso de los adultos mayores. Los cuidados no desaparecen: cambian de destinatarios.
Bendersky advierte que, a pesar de sus implicancias sociales, económicas e incluso políticas de tener una población cada vez mayor, este proceso «no ocupa un lugar tan central en la agenda pública como la caída de la natalidad”. Y plantea: ¿CABA está preparada para una población que vivirá más años y necesitará nuevas formas de cuidado y acompañamiento?
Sobre el paso del tiempo, Corti reflexiona sobre su hijo: «Quizás, cuando él tenga mi edad, yo ya no esté». Agrega que probablemente no llegue a conocer a sus nietos, convencido de que cada generación construye sus propios tiempos familiares.

Para Rofman, el desafío es comprender que una sociedad más longeva necesita instituciones diferentes. El mayor ejemplo es el ámbito educativo, con menos chicos en el aula.
En 2023, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires registró 23.760 nacimientos: en 2010 habían sido 44.347. La tasa bruta de natalidad cayó de 14,6 a 7,7 por mil habitantes, y el crecimiento vegetativo es negativo desde hace varios años. En Educación, las y los especialistas remarcan que esto presenta una oportunidad de un mejor abordaje en las aulas, sumando más profesionales que permitan trabajar en parejas pedagógicas, con clases más personalizadas. Desde el Ejecutivo porteño, sin embargo, ponen de justificativo la baja de la natalidad para recortar cargos docentes y cerrar cursos.
Rofman también destaca el sistema de salud, que fue pensado para una población que enfrentaba enfermedades infecciosas y episodios agudos, mientras que hoy predominan las enfermedades crónicas y degenerativas asociadas a una vida más extensa: «Tenemos hogares mucho más chicos y mucha gente que va a requerir asistencia para su vida diaria». Señala que el modelo tradicional de cuidado familiar muestra limitaciones: se vuelve necesario desarrollar alternativas intermedias entre el cuidado familiar y la institucionalización.
Socías advierte que «hay una tensión clave: la vejez no es sinónimo de dependencia». Y enfatiza que el desafío pasa por construir políticas que promuevan la autonomía, la sociabilidad y la salud durante más años de vida. «
El desafío de cómo construir comunidad en esta realidad
Los cambios demográficos y sociales que muestra el informe no sólo plantean preguntas sobre las familias, los cuidados o la vivienda. También obligan a repensar cómo se construye comunidad en una ciudad donde más personas viven solas, tienen menos hijos y llegan a edades más avanzadas.
Para Fernando Bercovich, el desafío excede las estadísticas. «Deberíamos empezar a pensar entre todos cómo va a ser esa nueva realidad», sostiene. Y considera que el Estado tendrá un rol central en la adaptación de la Ciudad a estos cambios.
El especialista señala que será necesario readecuar los espacios públicos, fortalecer las políticas de vivienda y generar ámbitos comunitarios para una población que envejece. «Vamos a tener cada vez más adultos mayores que no sean dueños de su vivienda, entonces sí o sí hay que generar políticas para una población que no produce más ingresos y que tampoco va a estar en condiciones de pagar un alquiler».
Las transformaciones ya están en marcha. Una ciudad con más personas mayores, más hogares unipersonales y trayectorias familiares diversas demandará nuevas respuestas en materia de vivienda, cuidados, salud y espacio público. La discusión ya no es cómo evitar esos cambios, sino cómo prepararse para vivirlos.

El cuidado de las personas mayores
Si CABA se prepara para una población cada vez más longeva, también deberá ampliar sus redes de cuidado. Eso implica pensar quiénes cuidarán, cómo se organizarán esos servicios y qué oportunidades laborales surgirán alrededor de ellos.
Desde la Agencia Ramiro y Salvador, especializada en la selección de personal para hogares y cuidado de adultos mayores, aseguraron que el sector ya observa señales de esa transformación. «La demanda se mantiene estable, pero muchos informes mencionan que el cuidado de personas mayores será uno de los trabajos del futuro, dado que las personas viven cada vez más años y se precisan más cuidadores y cuidadoras», señalaron a Tiempo.
En esa línea, el demógrafo Rafael Rofman sostuvo que será necesario desarrollar nuevos esquemas de servicios públicos y privados. Desde la agencia agregan que esa transformación ya empieza a reflejarse en la oferta de capacitación: «Cada vez surgen más programas y cursos vinculados al cuidado de personas mayores».
En una ciudad donde la esperanza de vida seguirá creciendo, el cuidado podría consolidarse como una actividad cada vez más necesaria para sostener la vida cotidiana y como una de las áreas con mayor potencial de generación de empleo.
