Hace pocos días, la escritora Samanta Schweblin ganó el prestigioso Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana, dotado con un millón de euros. Al conocerse la noticia, declaró que ese dinero la acercaba a su verdadero sueño: “tener un sueldo mensual”.

Un salario mensual, licencia por maternidad, vacaciones pagas, estabilidad en el puesto de trabajo, recibo de sueldo para validar ingresos en un contrato de alquiler, obra social o jubilación, son asuntos que, para quienes trabajan en los ámbitos del arte y la cultura, suenan de otra galaxia.

La creación cultural porta una condición particular, se trata de una actividad diferente, con excepciones. Por ejemplo, el tan mentado “amor al arte” funciona muchas veces como justificación para trabajar sin cobrar, o incluso invirtiendo dinero propio para poder crear. Como ocurre con las tareas de cuidado, la vocación aparece despegada de su dimensión económica, como si necesitara ser aclarado que también constituye trabajo.

Los datos ayudan a dimensionar el problema. En una encuesta realizada en 2025 por la Fundación Teatro Picadero a personas que se desempeñan en el sector, el 54% declaró no percibir ingresos por su actividad cultural. Es decir, más de la mitad produce, gestiona o crea sin una retribución económica directa.

Cultura o remuneración, un falso dilema

Ahora bien, incluso si se supera el falso dilema entre vocación y remuneración, aparece otro problema menos evidente pero igual de estructural: cómo se valoriza el trabajo cultural. A diferencia de otros sectores, donde los precios pueden vincularse de manera más directa con costos o productividad, en la cultura intervienen factores simbólicos difíciles de medir: la trayectoria, el reconocimiento, la “fama”, el prestigio. Es probable que los libros de Schewblin, tras el premio, aumenten su valor de próximas reediciones. Es difícil entonces precisar una retribución justa o una escala salarial basada en criterios objetivos como los costos, los precios o las ganancias esperadas.

A esta dificultad se suma la propia dinámica de la actividad. El trabajo cultural suele organizarse por proyectos, con ingresos intermitentes, dependencia de financiamiento externo y una demanda difícil de anticipar. A eso se agregan horarios atípicos —nocturnos, fines de semana— y la enorme dificultad para proyectar en el largo plazo. Se trata, en definitiva, de una actividad estructuralmente inestable, difícil de encuadrar en los marcos laborales tradicionales.

Estas características no son nuevas. Desde que la cultura se consolidó como actividad productiva el sector se organizó, reclamó derechos y construyó herramientas para mejorar sus condiciones de trabajo: convenios colectivos en algunas ramas, sindicatos, asociaciones profesionales, sociedades de gestión de derechos y políticas públicas de fomento.

Sin embargo, en los últimos años el escenario cambió de escala y velocidad.

Por un lado, la digitalización reconfiguró las industrias culturales. El pasaje de bienes (un libro, un disco, un VHS) a servicios (la llamada “plataformización”) alteró las formas de producción, distribución y consumo, afectó los modelos de ingresos y dejó amplias zonas del trabajo cultural en un terreno difuso en términos de regulación.

Por otro lado, las crisis económicas recurrentes profundizaron la precarización. Según la Cuenta Satélite de Cultura del INDEC, en cinco años el empleo asalariado registrado en el sector cayó del 47% (2019) al 39% (2024, último año disponible), mientras que el no registrado aumentó del 23% al 31%. Esta tendencia se traduce, además, en una expansión del pluriempleo: en la encuesta de la Fundación Teatro Picadero, el 44% de quienes perciben ingresos por su actividad cultural declaró tener tres o más trabajos.

Y para coronar, la regulación, que en muchos sectores o situaciones ha quedado arcaica producto de las innovaciones tecnológicas, está siendo atacada con la motosierra del Estado, sin miramientos ni análisis. La quita de derechos laborales, la eliminación de impuestos específicos para la cultura y la desregulación de asociaciones colectivas de artistas, parecen ser la forma en que el gobierno actual encara lo que denomina “la batalla cultural”.

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Foto: Gentileza Fundacion Teatro Picadero

De este modo, a la inestabilidad histórica del trabajo cultural se le superpone hoy un proceso de transformación profunda —tecnológica, económica y política— que pone en tensión sus condiciones de sostenibilidad. No se trata sólo de dificultades coyunturales, sino de un reordenamiento más profundo de las reglas de producción y trabajo.

Frente a este escenario, el diagnóstico y el debate se vuelven imprescindibles para comprender qué está pasando, identificar tendencias y pensar propuestas. En esa tarea estamos trabajando en la Fundación Teatro Picadero y lo hacemos convocando a otras miradas y voces para pensar colectivamente. En breve estará disponible en el canal de Youtube de la fundación el tercer encuentro PICA PICA, un ciclo en el que nos sentamos con referentes de distintos ámbitos: el último gira justamente en torno a la situación del trabajo cultural y conversaron Dolores Fonzi, Daniel Grinbank (el emblemático empresario cultural), Juan Manuel Ottaviano (abogado especialista en derecho laboral) y Cecilia Todesca Bocco (economista especialista en desarrollo productivo).

Los tiempos se aceleran. Y si algo queda claro es que la vocación, por sí sola, no hace sostenible al sector. Una cultura con la historia, la diversidad y la calidad de la argentina difícilmente pueda existir si las posibilidades de vivir del arte se limitan sólo a quienes ganen un premio millonario.