Quienes han tenido el placer de ver sus comentarios, tuits o posteos en defensa de la ciencia y la tecnología argentinas respondidos por el activo grupo de ¿bots? ¿trolls? ¿genuinos? “libertarios” en redes sociales y medios online, se han encontrado una y otra vez con lo que hemos dado en llamar el “argumento del ano de Batman”. Si ustedes no han tenido este placer, déjennos decirles que no se pierden de nada y reponerles muy brevemente de qué estamos hablando.

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Desde los ataques contra el CONICET para justificar los recortes del gobierno de Macri en 2016, hasta el debate de los candidatos a la vicepresidencia en 2023 y las recientes declaraciones del vocero presidencial sobre “investigaciones de dudosa utilidad”, la calidad del trabajo llevado adelante por los miembros del principal organismo de ciencia y técnica del país fue puesta en tela de  juicio —de un modo conveniente a los ajustes presupuestarios— . En particular, han sacado a relucir una y otra vez una investigación de Alejandra Martínez sobre “el Rey León” y una supuesta ponencia de Facundo Saxe sobre “el ano de Batman” para defender la parálisis del CONICET (contra la cual los trabajadores de organismo nos movilizamos este viernes  22 a las 11 horas a Jefatura de Gabinete).

Foto: Leo Vaca / Télam

El razonamiento “libertario” se basa en sugerir, primero, que este tipo de investigaciones son representativas de la producción científico-tecnológica del organismo y, segundo, que los trabajos en cuestión son una frivolidad, más digna de ser un motivo de entretenimiento personal que un tema de investigación financiado por el Estado.

Pero, ¿es verdad que las investigaciones sobre “el ano de Batman” y “el Rey León” son representativas de lo que se hace en CONICET? Y ¿es cierto que efectivamente estas investigaciones son un despilfarro? A lo largo de estas líneas intentaremos mostrarles que la respuesta a ambas preguntas es que no, que, para sorpresa de nadie, los “libertarios” están razonando fuera del recipiente.

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Ante todo, empecemos con la cuestión de la representatividad. “Útiles” o no, las investigaciones a las que se refirieron burlonamente miembros del gobierno pertenecen a Ciencias Sociales y Humanidades, una de las cuatro “grandes áreas” en que está dividido el CONICET, y que como tal representa solo el 25% de las becas y de los ingresos a puestos de planta permanente en investigación. Es decir, todas las investigaciones de las disciplinas Letras, Sociología, Historia, Ciencias Políticas, etcétera, tomadas en su conjunto, representan solo un cuarto de los “lugares” disponibles para investigar en el marco del principal organismo público de ciencia y técnica.

El 75% restante de estos puestos está dedicado a las grandes áreas Ciencias Agrarias, de Ingeniería y de Materiales; Ciencias Biológicas y de la Salud, y Ciencias Exactas y Naturales. Esto quiere decir que, cuando el gobierno desfinancia brutalmente la investigación en Argentina llevando al CONICET a la parálisis —como está ocurriendo en este preciso momento—, semejante actitud no puede justificarse, como intentó hacerlo el vocero presidencial, mencionando una presunta apuesta del gobierno por “el desarrollo de la bioeconomía o […] la inteligencia artificial, aplicada a la medicina”.

Raquel Chan.
Foto: @FundacionByB

De hecho, los recortes en ciencia fueron aplicados indiscriminadamente y como tales afectan a todas las “grandes áreas” del organismo y por lo tanto incluyen, naturalmente, también a las investigaciones de aplicación inmediata, como denunció recientemente la biotecnóloga Raquel Chan, cuyo grupo desarrolló las semillas de trigo y soja resistentes a la sequía y quien fue destacada por la BBC como una de las diez científicas más importantes de América Latina. La política presupuestaria del gobierno es, entonces, efectivamente una motosierra y no un escalpelo: arrasa con todo.

Por lo demás, la división de los recursos en cuatro partes iguales se refiere solo a los llamados “recursos humanos”; en lo que se refiere a otros recursos, como el presupuesto necesario para la compra de reactivos para experimentos, o para costear los gastos en energía para mantener en funcionamiento ciertos equipos, justamente el área de Ciencias Sociales y Humanidades es la que menos los necesita, mientras que para las otras tres resulta crucial. Exactamente al revés de lo que dice Adorni, el recorte presupuestario en el CONICET afecta mucho más a áreas aplicadas como la biotecnología que a los estudios culturales.

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Veamos ahora la segunda parte del argumento.

Respecto de la investigación sobre el Rey León, el nanobiotecnólogo Jorge Montanari ya se encargó de mostrar su relevancia en un hilo de la red social X (antes Twitter) y explicar cómo se investigan estas temáticas en todo el mundo y por qué es necesario que eso se siga haciendo. Así que pasemos ahora a la investigación que, en palabras del vocero presidencial, “abordaba la orientación sexual de Batman”.

Esta declaración es simplemente falsa: la investigación a la que se refiere no es sobre ese tema. Que sea falso no debería resultarnos sorprendente si lo ponemos en el contexto de las otras afirmaciones falsas de Adorni sobre la eficacia de la vacuna contra el dengue, o sobre el mosquito que lo transmite. Pero en lugar de detenernos en el escandaloso hecho de que el vocero presidencial mienta deliberadamente o confunda al público por su propia ignorancia, tratemos de entender de qué va el trabajo de Facundo Saxe. Eso sí, hay que leerlo. ¿“Mucho texto”? Le prometemos a Adorni que no: a continuación un resumen corto, para no distraerlo en exceso del Age of Empires.

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Hacia mediados de la década del ‘50, en Estados Unidos, la industria del cómic era furor, con ventas que rondaban los 1.200 millones de cómics anuales (más de 10 veces lo que se vende actualmente). En aquella época “dorada”, se estimaba que un 90% de los niños y niñas, y un 80% de adolescentes, leían historietas, un fenómeno posiblemente impulsado por su bajo precio (10 centavos). ¿Qué más podríamos querer que jóvenes lectores? ¡Todo el mundo debía estar feliz! ¿No? No. Entre quienes no lo estaban, se destacaba el psiquiatra Fredric Wertham quien sostenía que los cómics eran una influencia “homosexualizante” para la juventud.

En 1954, buscó encender las alarmas públicas acerca de este supuesto fenómeno en un libro con el pomposo título de La seducción del inocente, en el cual mencionaba distintos personajes pero con una marcada obsesión con Batman, que aparece treinta y cinco veces referenciado, muchas de ellas para levantar sospechas sobre los tonos “homoeróticos” de la relación entre el hombre enmascarado y su fiel ladero Robin.

Así las cosas, quien se dedicó a cuestionar “la orientación sexual de Batman” no fue, entonces, un investigador de CONICET sino un estadounidense homofóbico, defensor de la familia tradicional y como tal seguramente cercano al interés del gobierno por desterrar “todo lo referente a la perspectiva de género”.

¿Y qué fue lo que hizo el investigador del CONICET? ¿A qué se refiere la investigación de Saxe, y es algo que Adorni habría podido descubrir con solo leer entero el título de la ponencia de la que intentó burlarse? A “archivos de odio y borramiento de las disidencias sexo-genéricas”. Y para entender por qué “odio” y “borramiento”, tenemos que saber cómo sigue la historia.

El libro de Wertham fue un boom en Estados Unidos, vendió miles de copias y fue elogiado hasta por un sociólogo de primerísimo nivel como Charles Wright Mills. Su éxito fue tal que el aventurero de Ciudad Gótica sufrió las consecuencias de la inquisición pública sobre los cómics: las “acusaciones” de Wertham sobre la homosexualidad llevaron a todas las personas involucradas en la producción de Batman a “luchar para probar que no estaban inspirando a una generación para volverse gay”, lo que incluyó “una proliferación de Bati-personajes diseñados para crear una falsa atmósfera de familia”.

Sí: la introducción de —nada menos— la Batichica respondió justamente a la necesidad de darle al justiciero enmascarado un “interés romántico” acorde a su condición de macho rudo.

Lo que es interesante aquí para una investigación sobre la cultura, entonces, no es especular sobre la orientación sexual de Batman sino estudiar, ante todo, un “borramiento” de las “disidencias sexo-genéricas”, que no podían siquiera sugerirse como identidades u orientaciones posibles para las infancias, las cuales había que hacer encajar en el modelo de la familia tradicional. Y, al mismo tiempo, un “odio”: aquel a tales “disidencias”, tratadas como otras tantas enfermedades.

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Una investigación como la de Saxe, entonces, pone de manifiesto un borramiento y un odio. Y también, todo hay que decirlo, nos llama la atención sobre un episodio oscuro de la propia investigación científica, uno del cual tenemos que hacernos cargo: aquel en el que patologizar la homosexualidad era un discurso mainstream. Sabemos, sin embargo, que la ciencia es la actividad humana espectacularmente exitosa que es porque, a diferencia de la pseudociencia o la religión, aprende sistemáticamente de sus errores.

Así, mal que le pesara a Wertham, ya en 1957 —solo tres años después de las alarmas sobre la “seducción del inocente”— la psicóloga Evelyn Hooker, apoyada por el National Institute of Mental Health, mostró evidencia empírica para cuestionar duramente la hipótesis de un carácter patológico de la homosexualidad.

Los resultados de Hooker fueron replicados a lo largo de las siguientes décadas, y finalmente en 1973 se descartó la caracterización de la homosexualidad como un “desorden mental” en la influyente clasificación DSM-II. Antes (¡y después!) de eso, sin embargo, la orientación sexual de millones de seres humanos fue sometida a un odio y un borramiento. Las investigaciones de CONICET se refieren, claro, a muchos otros temas además de estos. Pero recordar estos horrores de nuestro pasado cultural, y del pasado de la propia ciencia, nunca está de más.

Lejos de ser frívola, una investigación sobre los discursos de odio no podría ser más necesaria: nos interesa saber cómo se produce, fomenta y naturaliza la homofobia, tanto como nos puede interesar estudiar el antisemitismo o el rechazo a los extranjeros. La homofobia, igual que otras formas de discriminación, desemboca en crímenes de odio. Que son algo casi tan importante como los juegos en línea de Adorni.