Los gobiernos europeos interpretan la investigación contra José Luis Rodríguez Zapatero como un mensaje para todos los jefes de Estado que desafiaron a Donald Trump. Así lo entiende desde el semanario italiano L’Espresso el periodista Marco Antonellis, con abundante información sobre la ya descarada injerencia de EE UU en la política hispana. El ejemplo más claro lo dio el propio embajador estadounidense, Benjamín León Jr., un empresario cubano de nacimiento que el domingo pasado posteó en la cuenta de X oficial sus encuentros con el líder ultraderechista Santiago Abascal (de Vox), la alcaldesa de Madrid, Isabel Díaz Ayuso (Partido Popular, derecha) y el titular del PP, Alberto Feijóo, con los que habló de la relación EE UU-España. Ya que estaba, se reunió con los opositores cubanos José Daniel Ferrer y Guillermo Ponce.

El representante diplomático cerró la semana arengando desde el New Economy Forum sobre la exigencia de “alcanzar el 5% del producto interior bruto en gasto en defensa, acordado en La Haya por todos los miembros de la OTAN”.

Zapatero, el expresidente del Gobierno español (2004-2011) está imputado por el juez José Luis Calama de liderar “de manera invisible” una organización criminal y de tráfico de influencias en el rescate por 53 millones de euros a la aerolínea Plus Ultra durante la pandemia. El caso avanzó aceleradamente y ya le hicieron allanamientos a sus oficinas en las que encontraron joyas y dinero en cajas de seguridad. El exlíder del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) también está acusado de intervenir ante el Instituto Nacional de Aeronáutica Civil (INAC) de Venezuela para que la compañía pudiera viajar al país caribeño en aquel período.

Zapatero fue mediador en mesas de diálogo entre el gobierno de Nicolás Maduro y la oposición facilitadas por Noruega y en febrero pasado, tras el secuestro del presidente, se reunió en Caracas con la interina Delcy Rodríguez. Pero a pesar del cambio en la situación por la intervención de Donald Trump del 3 de enero, para las derechas españolas Venezuela sigue siendo una mancha venenosa.

Para el actual presidente español, Pedro Sánchez, Zapatero es inocente y obviamente sabe que el objetivo es él. Cometió varias faltas que en la Casa Blanca y en Tel Aviv no se perdonan: España limitó la contribución a la OTAN que exige Trump al 2,1%, se negó a que se usaran las bases de Rota y Morón para los ataques contra Irán y además de reconocer al estado de Palestina, rechaza el genocidio en Gaza, con esas mismas palabras.

El ministro de Transportes, Oscar Puente, explicó el hecho en términos de “puertas giratorias”, algo que no le preocupa especialmente. “El señor Zapatero se dedica a lo mismo que se dedican los expresidentes, no digo ya de España sino del mundo. Y este señor desde 2011 es un ciudadano particular, no tiene ningún cargo publico ni está sometido a esas obligaciones”, dijo a la prensa. Y es cierto, Felipe González, el primer presidente español por el PSOE a la recuperación de la democracia, ocupó sillas en diversos directorios como los de la actual Naturgy, es asesor de la naviera Boluda Towage (sic) y se lo recuerda como el último en entrevistar a Fernando de la Rúa en diciembre de 2001 para hacer lobby por las empresas españolas. José María Aznar, del PP, tiene cobijo en News Corporation, del grupo mediático Murdoch; en la minera Barrick Gold y el estudio Latham & Watkins LLP, entre otros. Pero claro, ellos “hacen los deberes”. «