La contigüidad crea efectos inesperados. Sylvia Molly y Enrique Vila-Matas escribieron sus respectivas crónicas parisinas por su cuenta. Publicadas en un mismo libro por la editorial Banda propia, sin embargo, se complementan, se yuxtaponen, aportan distintos puntos de vista y hacen que, a través de la lectura, París vuelva a ser una fiesta.

Ambas crónicas son autobiográficas. Sus respectivos autores no realizaron un viaje ad hoc a los fines de publicar una crónica, sin que cada una de ellas es el producto de una relación mucho  más íntima con esa ciudad que  fue en una época la meca de todo escritor que se preciara de tal.

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Sylvia Molloy viaja en 1958 a París para estudiar literatura en la Sorbona. Terminado su estudio volverá a esa ciudad 10 años después, en 1968, y será testigo del mayo francés. Luego regresará varias veces, en 1972, por ejemplo, y por distintos motivos.

Su primera visita a París tenía un objetivo preciso: estudiar en la Sorbona, pero para todo amante de la literatura la ciudad de París era más bien una comprobación: constatar que, en efecto, esa ciudad tan literaria, realmente existía en un punto específico de Europa.

Dice Molloy: “ `Se padece fuera de París la enfermedad de París` escribe también Rubén Darío. Yo no sé si padecía esa enfermedad, pero sé que París, la idea de París, precedía por mucho en mi mente como lugar de deseo e incertidumbre, a mi experiencia de esa ciudad. Era parte de mi imaginario infantil donde pasaban cosas que yo no entendía, cosas que provocaban mi curiosidad a la vez que me inquietaban”.

Su primer arribo a París estuvo signado por una sensación de miedo. Era muy joven y era el primer viaje que hacía sola. París era  una hermosa promesa, pero también el espacio de la incertidumbre. Aunque ella no lo explicita, seguramente ese viaje tenía una exigencia tal vez inconsciente: estar a la altura, encontrar in situ, ese lugar que prometía tantas cosas. ¿Podría ella, por fin, ser una de las protagonistas del mito parisino, o esa ciudad que visitó precedida de tanta literatura la dejaría fuera por no ser ella capaz de descubrir su esencia mítica?

Por otra parte, la madre de Molloy era de origen francés, aunque ella relacionara más la ciudad con su padre. De todos modos, Francia en general tenía una gran carga en las historias familiares.

La experiencia le hizo comprender que la ciudad no era sólo luces y fiesta, sino que tenía también su costado oscuro. Descubrió con sorpresa, por ejemplo, que todos los que llegaban de la “otra orilla” como ella, los que eran economiquement faibles (económicamente débiles)  misma eran considerados con el mismo desprecio con que se consideraba a los argelinos.

Ya instalada definitivamente en Estados Unidos regresaría a París en 1968 para unas vacaciones. Familiarizada con la ciudad, ésta sería el escenario de varias historias amorosas y regresaría nuevamente en 1972.  Esta vez compartiría mucho tiempo con Victoria Ocampo que le reveló quizá algo que aún ella no sabía: que pasados los 80 años se puede ser aún una persona plenamente deseable y amante de la belleza.

Molloy pudo experimentar en París la cercanía con los grandes nombres de personajes que sólo parecen existir en los libros de historia de la literatura, como André Malraux  y tantos otros. Incluso conoció en Parias a un escritor de origen inglés como Graham Green.

En ese viaje de 1972, gestó nada menos que su libro En breve cárcel. Molloy, según parece, no fue seducida por París lo suficiente como para quedarse a vivir allí. Sin embargo, la ciudad fue siempre para ella un lugar al que volver.

París, según Vila-Matas

¿Qué otra cosas puede encontrar en París Vila-Matas sino un objeto literario? Habiendo nacido en Barcelona, siendo un europeo, las distancias con esa ciudad no son las mismas que experimentó Molloy en su primer viaje.

Foto: HECTOR GUERRERO / AFP

Sin embargo, en sus escapadas a esta ciudad, a Viila-Matas París se le revela como un lugar de descubrimiento  literario.

“Nos hemos refugiado en París –comienza diciendo su crónica- después de la celebración exagerada. El gol de Messi fue un momento completo. Los otros que siguieron resultaron más bien incompletos.”

A continuación, el escritor comienza a desplegar aquello que es la esencia de su escritura: la asociación literaria. Comienza por Flaubert y termina, como no podía ser de otro modo, con Perec, incluso, como él, hace su propia “Tentativa de agotar un lugar parisino”.

Perec abona su teoría de que la trama es lo menos importante de una novela. En realidad, Vila-Matas hace su literatura a partir de literatura de una manera absolutamente explícita y además, considera que también la novela es un excelente lugar para hacer teoría literaria.

“Me moría de risa –dice- el día que le escuche a Kurt Vonnegut  que las tramas en realidad eran sólo unas cuantas y no era necesario darles demasiada importancia, bastaba con incorporar –casi al azar- una cualquiera al libro que estuviéramos escribiendo y de esta forma disponer de más tiempo para la forma de lo que realmente habría de importarnos: el estilo”.

Por su crónica de París desfilan otros escritores, como Ìtalo Calvino, el propio Perec, Kafka,  Roberto Bolaño, Alberto Savinio, Maupassant, Raymond Russel, Samuel Beckett, Gerturude Stain y el dramaturgo y novelista húngaro Odon von Horváth que murió en los Campos Elíseos al pasar debajo de un árbol frondoso del que se desprendió una de las ramas al ser atravesado o por un rayo.

Para Vila-Matas, París es un gran libro y, como ya lo dijo en el título de una de sus novelas, París no acaba nunca. Siempre habrá para él una nueva asociación literaria que le sugiera algún rincón de esa ciudad.