El mundo científico define a Donald Trump como un delirante que alcanzó un alto grado de descomposición mental. Lo dicen en Estados Unidos, en el Vaticano, en Medio Oriente y en Buenos Aires. Sus empleados y sus admiradores de allá, de acá o acullá, o entraron ellos también en la demencia o se hacen los desentendidos para conservar sus privilegios. Para obtener alguna dádiva (con contrapartida) que les permita ganar elecciones (donde todavía las haya), o para retener el poder (allá, acá o acullá) a costa de los sacrificios, los derechos y las libertades de sus gobernados, de una inmanejable inflación terrenal, de la pobreza de sus niños, de la salud pública de todos o de un periodismo con el diccionario prohibido. Trump siempre mostró signos de demencia. Parece, dicen los que saben, que llegó al límite.
Un rascacielos, una marquesina enorme con las cinco letras del magno apellido, una estatua de oro, y algún otro fastuoso detalle de una supuesta biblioteca en Miami, ornaron la exhibición que Donald John y su hijo Eric hicieron el 30 de marzo. Razón: presentarle al mundo la última (¿la última?) ostentosa obra que el comandante en jefe de las tropas más poderosas del planeta y titular de 37 causas penales tiene para ofrendar a sus fieles. Desde el primer día hábil del tercer mes se sabe que al recinto se accederá por unas escaleras mecánicas (doradas) que conducirán a un perfil de Trump de 4,5 metros, un mirador desde el que se tendrá una vista privilegiada de una réplica del Air Force One (dorado). En la Biblioteca Trump no habrá libros, salvo el que, con su tapa dorada, firmarán las visitas.

“Este punto de referencia frente al agua de Miami será el testimonio duradero de un hombre asombroso, un impresionante promotor, el presidente más grandioso que nuestra Nación haya conocido jamás”.
Ese ser asombroso, impresionante y grandioso es el presidente. Quien hizo el objetivo reconocimiento de su estampa es Eric, y quedó escrito en sus redes. El hijo fue también el que dio todos los detalles. Sólo le faltó decir que el complejo edilicio se construirá en terrenos usurpados a la universidad pública Miami-Dade College y que la obra se demoró en algo más de un año porque el grupo de inversores de criptomonedas $Patriot se “olvidó” de pagarle al escultor Alan Cottrill los 360 mil dólares pactados por el trabajo, por lo que el artista decidió ocultar la escultura en algún sitio del estado de Ohio.
Son detalles nimios, si se los compara con la generosidad mostrada por el gobernador de Florida, Ron De Santis, quien en menos de un mes agobió a su líder con las más perdurables ofrendas. Dicen que no fueron espontáneas, sino pedidas por el propio Trump. Tal el caso de la terminal aérea de la península, renombrada como Aeropuerto Internacional Presidente Donald J. Trump y con un cambio acorde del código de vuelo IATA, que pasó a ser DJT, por las iniciales del homenajeado. Y de tres ciudades del estado, que pasaron a llamar sus principales avenidas con el nombre de Donald John Trump. El condado de Palm Beach llegó al extremo de las complacencias al rebautizar como Donald. Trump Boulevard a la vía de Mar-a-Lago que lleva directamente al country y club de golf privado del presidente.
Los homenajes llegaron después del anuncio del Tesoro en cuanto a que desde el próximo año los billetes de dólar llevarán la firma de Trump, lo que acabará con una prohibición vigente desde 1861. Paralelamente, se dio el nombre del presidente a una nueva clase de buques de guerra y a una oferta de libretas de ahorro infantil, algo así como lo que fueron las estampillas de la antigua Caja Nacional de Ahorro Postal argentina. Fuentes estaduales denunciaron que este enfermizo afán de notoriedad llevó a condicionar los planes de obras públicas. En febrero, la Casa Blanca admitió que Trump desbloqueó los fondos para hacer un túnel bajo el río Hudson a cambio de que los demócratas aceptaran cambiar el nombre del Aeropuerto de Washington y la Penn Station (la terminal ferroviaria más activa del país) a cambio de que se los nominara Donald J. Trump.

Como Bokassa, el dictador/emperador de República Centroafricana que a todo le ponía su nombre, Trump no cesa de hacer el grotesco. Construye en la Casa Blanca el gigantesco salón de baile Donald Trump para miles de danzarines, y como un juez ordenó detener las obras y enjuició al magistrado por traición a la patria porque “pone en riesgo la seguridad nacional” (¿?) También tendrá su “Arco de Trump” en el corazón de Washington, a imagen y semejanza, un plagio, del histórico monumento que distingue a la Place de l’Étoile de París. Claro que tendrá lo suyo: “Mi arco será el Arco de Triunfo más grande y más hermoso de cualquier lugar del mundo –un mamotreto de 76 metros–, una incorporación magnífica al acervo edilicio de Washington”, dijo él mismo de sí mismo y de su ego.
La mayor muestra de un estado, mezcla de fabulación con enfermizas ansias de notoriedad, se ha dato en torno de la invasión a Irán, una guerra inventada que los norteamericanos rechazan, y de la cual Trump no tiene idea de cómo zafar sin pagar un alto costo político enorme. Cambia de opinión y de posición a diario. Asumió la responsabilidad de informar sobre los detalles de la guerra y vive en un mar de contradicciones. En ese ir y venir dijo varias veces que Irán está derrotado y que “estoy ganando la guerra”, así en primera persona, y que “mi ejército es increíble”. En su egolatría no vaciló en enfrentarse con todos los poderes, y así como chocó con el Papa, lo hizo con los medios. Y arrasa con la libertad de prensa. Que el New York Times es un medio “fracasado”, que el Wall Street Journal “es despreciable” y que el The Washington Post “es repugnante y afortunadamente a punto de desaparecer”.