El 4 de julio se celebrará en Filadelfia, cuna de la Declaración de la Independencia de 1776 contra el Reino británico, en la Explanada Nacional (mall) de Washington DC y en todo el territorio de Estados Unidos el 250° aniversario del nacimiento de ese gran país, todavía primera economía mundial, como ostenta desde 1871 cuando superó a la de Gran Bretaña en el contexto de la segunda Revolución Industrial.

Habrá una parafernalia de banderas y patriotismo recargados en actos que están siendo organizados por dos iniciativas oficiales: America 250, una entidad bipartidista, y Task Force 250, que preside Donald Trump, quien no se caracteriza por la humildad ni la falta de ostentación y de mal gusto. Hay y habrá, por supuesto, fuegos artificiales, conciertos, programas educativos y culturales, en museos, desfiles militares, incluso en los ríos, monedas especiales conmemorativas. El oligarca en el gobierno no iba a perdérselo.

EEUU, tercer país más grande del mundo luego de Rusia y Canadá, es todavía el de mayor PBI, de US$ 26 billones, seguido por el de China con 18 billones, aunque si se mide por Paridad de Compra (PPP), China ya es el primero desde hace 12 años, según el propio FMI.

Hace dos siglos y medio, revolucionarios de la Nueva Inglaterra buscaban consolidar derechos (ciertas autonomías, menos impuestos, libertades religiosas) que, parcialmente, ya habían conseguido de parte de Londres, pero que buscaban consolidar y profundizar. Ahí, nutrido por el antecedente de los míticos fundadores de la Nación con su carga de protestantismo, individualismo, libertad (los orígenes de los WASP: White, Anglo-Saxon, Protestant), con el sustrato que luego fueron construyendo como “crisol de razas” —hoy cuestionado o queriendo ser herido de muerte por las políticas antimigratorias de Trump—, con premisas que van desde lo religioso hasta la libre portación de armas, se forjaron ideas que en muchos estadounidenses siguen vivas hasta hoy, cuando se observa una etapa de retroceso y descomposición. Trump es una caricatura ejemplar de ese deterioro de un poder que llegó a su cenit cuando colapsó el bloque comunista en 1989-91 y se auguraba un “segundo siglo americano (estadounidense)” que finalmente naufragó.

EE UU comenzó su despegue después de la Guerra Civil de 1861-65, que se dirimió en favor del modelo industrial. En estado de guerra casi permanente, llevó a su etapa imperialista con Theodore Roosevelt al inicio del siglo XX, con su ley del garrote heredada de la Doctrina Monroe de 1823 y que hoy Trump busca revalidar con sus agresiones hacia el sur del río Bravo.

Luego de la Segunda uerra Mundial, desplazó a Gran Bretaña y pasó a ser, además, la potencia global por excelencia, apenas desafiada por la URSS también triunfante, pero con muchos mayores costos y grandes desafíos para imponer una sociedad alternativa.

EE UU tuvo en ese recorrido varias crisis fuertes, como la económica de 1929 y sus secuelas en toda la década siguiente o la política del Watergate en 1972-74, pero demostró solidez en la continuidad de instituciones republicanas al estilo liberal estadounidense, que se basa en el principio —teórico— de una persona-un voto.

También lució varios hitos: la epopeya de la expansión (incluido saqueo a pueblos originarios y a países como México), la explosión de sus bombas atómicas en Japón en 1945 –los dos mayores atentados terroristas de la historia–, la llegada del hombre a la Luna en 1969 o el desarrollo tecnológico fenomenal de otros inventos como internet. Y asimismo sufrió traumas fuertes como la derrota en Vietnam en la década de 1970, otro terrible acto terrorista (más allá de las especulaciones sobre un autoatentado, en cualquier caso sufrido) como el del 11-S en 2001, o el magnicidio de cuatro de sus presidentes (además de otros líderes connotados): Lincoln, Garfield, McKinley y Kennedy.

Actualmente, la gran nación norteamericana afronta una situación presupuestaria y de deuda pública de cuya quiebra solo zafa porque el dólar y los bonos del Tesoro demandados mundialmente lo aguantan. Sin esa hegemonía monetaria, habría una fractura inevitable. Y como se vislumbra su resquebrajamiento, es la mayor amenaza prospectiva al sistema.

El imperio es también el país de un cine (maquinaria de difusión cultural e ideológica fenomenal) y de una literatura potentes y extraordinarios como en pocos otros lugares. Y una población con una importante dosis tanto de ignorancia como de sana filantropía, aunque parece fingir demencia frente a atrocidades que comete su maquinaria belicista.

Es que, junto a valores virtuosos o admirables, EE UU tiene al mismo tiempo su nefasta historia imperial que América Latina ha sufrido particularmente a lo largo de su propia historia, dada su vecindad. Esta etapa, que coincide con los 250 años del país del Norte, se agrava porque en el evidente deterioro interno que sufre y en el repliegue global que atraviesa, frente al auge de China, de los BRICS, del Sur Global, Estados Unidos se cae encima a los latinoamericanos. Busca, así, que el costo de ese retroceso lo pague nuestra región.

América Latina, y en particular Argentina por ser un competidor al sur del continente, siempre tuvo con EE UU una relación difícil, excepto cuando se somete en toda la línea, un escenario hoy llevado al extremo con el gobierno de Javier Milei. “Con la nuestra”, una vez más, el “libertario” dejará en claro de qué lado está parado cuando el 4 de julio festeje en Washington el aniversario del sueño americano, hoy bastante maltrecho. «

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