El Mundial de fútbol no es sólo un torneo deportivo, es un fenómeno social global que influye en cómo los pueblos se relacionan, se perciben y se conectan entre sí. Desde lo social, este evento funciona como un enorme punto de encuentro simbólico.
Durante varias semanas, personas de distintas culturas y países comparten la pasión por un deporte: el fútbol. Este sentimiento genera una especie de identidad compartida, que muchas veces, inclusive, incluye a muchos que no les interesa tanto este deporte. En términos de relaciones entre pueblos, el Mundial puede actuar como un puente cultural, ya que los equipos nacionales representan no solo a sus selecciones sino a sus sociedades.
Este Mundial que se juega en Estados Unidos, México y Canadá, ya es considerado el más caro de la historia y el más problemático por el tema de discriminación, deportaciones y tensiones políticas. Recordemos al referí somalí Omar Abdulkadir Artan, quien fue deportado desde el Aeropuerto de Miami, a pesar de que contaba con todos los papeles habilitados por la FIFA, para participar del máximo evento Mundial del fútbol. Además se cancelaron visas para los marroquíes y para ciudadanos de otros nueve países que participan en el evento.
La pregunta que muchos se hacen es por qué este evento deportivo se realiza en un país donde sólo el 28% sigue los partidos -según una encuesta realizada por Pew Research Center-. Quizás una de las respuestas sea económica: sabemos que la FIFA obtendrá 13 mil millones de dólares en ganancias.
A pesar de todos los inconvenientes económicos y migratorios para asistir a los juegos -recordemos que el costo de las entradas cuestan en este momento del Mundial alrededor de 3000 dólares- hay situaciones que superan las dificultades y hermanan a los pueblos.
Tomemos como ejemplo, lo sucedido en Boston, Massachusetts, con el arribo de 30 mil escoceses. La mayoría enrolada en Tartan Army (el apodo oficial con el que se denomina a los fanáticos del seleccionado escocés). Por dos semanas, los escoceses con sus gaitas y sus vestimentas típicas alegraron a la población local; no sólo sobre “cultura etílica”, sino sobre la historia de Escocia en su confrontación con Inglaterra; que expresa muy bien el himno popular escocés, “The Flower of Scotland” ( La Flor de Escocia) Además los bostonianos aprecian la empatía del pueblo escocés, ya que donaron 30 mil dólares para el hospital de niños y otras dos instituciones benéficas en Providence, Rhode Island, donde se hospedan los fanáticos.
Algo similar sucedió en Lawrence, una comunidad de 160 mil habitantes cercana a Kansas City, donde le tocó hospedarse a la selección argelina. A pesar de las grandes distancias y diferencias culturales, los habitantes de Lawrence, han adoptado a “los zorros del desierto”, como se denomina a la selección de Argelia. El alcalde de Lawrence, Brad Finkelde, destacó la integración cultural, el apoyo de los negocios locales exhibiendo banderas argelinas, los estudiantes de la Universidad cantando el himno del país y aprendiendo la historia de colonización que sufrió el pueblo argelino a manos de Francia. Una verdadera hermandad que promete no terminar en un evento deportivo.
Algo semejante ocurrió con la profunda conexión entre el pueblo de Tijuana, México, y la selección de la República de Irán.
Por temas migratorios y profundamente políticos, el seleccionado iraní tuvo que concentrarse en México y viajar ante cada partido, lo que les provocó un gran nivel de stress, que pudo ser metabolizado por el caluroso recibimiento de parte de los tijuanenses, quienes demostraron su afecto y cercanía a la selección persa.
A pesar de las fuertes tensiones extradeportivas que rodean al Mundial por las medidas de control fronterizo, la seguridad impuesta por el gobierno de Donald Trump y lo caro de los partidos, los pueblos encontraron a través del fútbol una buena razón para abrir las puertas a culturas e historias de otros países.
