Al ritmo de Lionel Messi, la selección argentina avanza sin frenos en el Mundial 2026. También al ritmo de Los Palmeras, la música con la que la Argentina celebró el triunfo sobre Austria por 2-0 con dos goles del capitán, lo que vale la clasificación a los dieciseisavos, la siguiente pantalla de esta copa con 48 equipos. Otra vez con autoridad, con un Messi pletórico que incluso erró un penal, y con las canchas concretas de terminar en el primer puesto, algo que se confirmará quizá hoy si Jordania no le gana su partido a Argelia. O, en todo caso, quedará para el tercer partido. Lo que sea, el mediodía de Dallas dejó otro show de Messi, un rodeo en Texas, y la clasificación de un equipo que impone su autoridad.
A los tres minutos, después de una buena jugada que incluyó la limpieza de Messi, Enzo Fernández le puso una gran pelota a Lautaro Martínez, derribado en el intento de sacar el remate por dos austríacos. El egipcio Amin Mohamed Omar fue a revisar al VAR y cobró el penal. Cuando Messi se paró frente a la pelota, iban ocho minutos de partido. Su tiro desviado lo hundió en el lamento, estiró sus pantalones con bronca y todo el equipo se sumergió en un estado de confusión.

La hinchada alentó al héroe bajoneado. “Vení, vení, cantá conmigo, que un amigo vas a encontrar, que de la mano de Leo Messi todos la vuelta vamos a dar”, rebotó en la acústica del imponente AT&T Stadium. Austria quiso aprovechar el golpe, le sacó la pelota a la Argentina, buscó sobre todo por la izquierda con Konrad Laimer, el lateral, y Marcel Sabitzer, el mediapunta más picante de los que tiene el técnico alemán Ralf Rangnick.
Dentro de esa borrasca por la que transitó la Argentina, con Messi merodeando la mitad de la cancha, no pasó grandes problemas. La maldita pausa de hidratación fue, hay que decirlo, una aliada. El fútbol que se juega en cuartos dio un respiro para la selección y una sesión de charla para volver a acomodarse. Para crecer a partir de la pelota, que es lo que sabe hacer este equipo.
Tener la pelota, además, le da ánimo a la Argentina, la envalentona, sabe qué hacer con ella. Hay desmarques, pases, jugadores que se sueltan y la aceleración justa. Todo es ritmo. El gol de Messi tuvo una partitura que ejecutaron con gran precisión Thiago Almada y Facundo Medina. Uno para encontrar el ancho de la cancha, el otro para esperar el tiempo justo del pase. ¿Y qué decir de Messi? Ataca como un joven, piensa como un sabio. Dejó dos marcas en el primer tiempo. Erró penales en las fases de grupos de los últimos tres Mundiales (contra Islandia en Rusia 2018 y contra Polonia en Qatar 2022, ambos atajados por los respectivos arqueros) y, al rato, lo superó al alemán Miroslav Klose como goleador histórico de estas competiciones.

Messi es un predador erudito. Su nueva función en el equipo es acompañar al centrodelantero, sea Lautaro en el primero tiempo o Julián Alvarez cuando ingresó en el segundo, pero con la capacidad de echarse atrás para ayudar en la construcción del juego. En recibir de espaldas y encontrar un apoyo o un cambio de frente y entonces ahí salir por su presa, o guardar la pelota cuando está rodeado, cuidarla como un tesoro. En su reconfiguración, Messi está intacto. Como si se hubiera restablecido a fábrica pero con la memoria caché encima, toda la experiencia de seis Mundiales y miles de partidos con la selección.
La segunda parte fue dedicada a sostener el status quo del partido, sin que sobre nada. Austria se acercó al arco de Dibu Martínez, que respondió con solvencia cada vez que el equipo lo necesitó. Volvieron Leandro Paredes y Nicolás Tagliafico, ya estaba Nicolás González. Paredes se ordenó frente a la línea de centrales, que ahora ocupaba Lisandro Martínez y Nicolás Otamendi, que había entrado por Cuti Romero. Pero Austria no pudo, fue liviano, intentó por arriba en algún momento. No hubo más.
Lo que hubo fue otro gol de Messi, el decimoctavo en Mundiales, el quinto en este 2026. Un dominio tan extraordinario que ocurrió después de que otros de sus compañeros lo intentaran. Julián, Nico González, ninguno pudo. Sólo pudo Messi.
Resultó inevitable pensar en estos días de Messi, en la angustia que él mismo expresó después del partido con Argelia y en cómo vive este Mundial, con un compromiso conmovedor. Ni siquiera salió, se quedó todo el partido para mostrar que su físico todavía tiene la resistencia de siempre. Se entregó a un público que se emociona cada vez que aparece y que le rinde pleitesía. Si el 90 por ciento del estadio era argentino, el 80 tenía camisetas de Messi, incluso quienes no eran argentinos. Entregado a esa gente, el héroe otra vez lo hizo posible.


