Son las 10 de la mañana y ya vi 47 publicaciones sobre el partido del miércoles, recién es lunes. El celular me vibra con la frecuencia de un desfibrilador: «Messi se cambió los botines», «Scaloni tiene duda en el lateral», «Inglaterra entrenó con un sistema 3-5-2 que según el periodista inglés es ‘revolucionario’ pero nosotros ya sabemos que es la misma mierda de siempre». Y yo, que prometí no mirar redes, llevo 47 minutos atrapado en un loop que combina un video de un pibe haciendo jueguitos en La Salada, un análisis táctico con dibujitos que parecen de la NASA y un meme de la reina Isabel con la camiseta de Maradona que no sé si es ofensivo o genial.

El partido no se jugó. Pero para el mapa del control de la atención, eso es irrelevante. La previa es el partido. La especulación es el gol. El debate es la final. Y nosotros, como boludos con conexión a internet, picamos cada miguita emocional que el algoritmo decide tirarnos porque sabe que un argentino discutiendo si el offside es o no es offside genera más engagement que tres guerras civiles juntas.

El contenido snack, esa maravillosa creación del capitalismo tardío, es el alfajor del siglo XXI. Te lo comés en dos mordidas, te deja con ganas de otro y no te nutre nada. Pero ay, qué rico es cuando el relleno es polémica. 

La previa del Argentina-Inglaterra se convirtió en una pizzería de debates donde cada uno pide su porción: los que creen que ganamos porque «tenemos a Messi y ellos tienen a Kane» (argumento nivel «el agua moja»), los que dicen que perdemos porque «los ingleses son más ordenados» (argumento nivel «el fuego quema»), los iluminados que aseguran que «el fútbol es impredecible» (filosofía barata que suena a horóscopo deportivo) y mi cuñado, que siempre está en la vereda del medio y dice «lo importante es participar» y por eso no lo invitamos más a las reuniones.

Pero la joya de la corona, el plato principal de esta previa interminable, es el debate Malvinas. Porque, claro, no podemos hablar de fútbol sin meter la política como quien mete un centro al área a los 89 minutos. Aparecen los tuits que mezclan la guerra con el 2-1 de Maradona, los comentarios que dicen «esto es una revancha histórica» y los que te responden «son deportistas, no militares, dejá de hacer política con el fútbol» mientras ellos mismos están haciendo política con el fútbol pero no se dan cuenta. 

Cómo te come la cabeza la previa infinita de Argentina-Inglaterra
Foto: @CONMEBOL

Es hermoso y terrible a la vez: usamos el fútbol para procesar el trauma, el orgullo y la identidad, como si un partido pudiera resolver más de 40 años de historia. Spoiler: no puede. 

Pero el algoritmo no quiere que lo resuelvas, quiere que lo discutas. Que te enojes. Que comentes. Que compartas. Que sigas mirando.

Y ahí está el bucle de enganche perfecto. El scroll infinito de noticias, análisis, memes y opinólogos que me tiene atrapado como una mosca en una telaraña de dopamina. Cada vez que veo un «breaking news» sobre el estado del césped del estadio, mi cerebro libera una microdosis de placer. Cada vez que un periodista dice «fuentes cercanas al cuerpo técnico aseguran que…», siento que sé algo que los demás no saben. Pero en realidad, no sé nada. Estoy consumiendo especulaciones sobre especulaciones, un Inception futbolístico donde el sueño dentro del sueño es que algún día va a empezar el partido.

Mi teoría personal (descubierta mientras miraba un reel de un chabón explicando la posición adelantada con tazas de café) es que la previa del Mundial es una metáfora de la vida moderna: siempre esperando que algo empiece, siempre distraídos por el ruido de lo que podría pasar, siempre alimentando nuestra ansiedad con promesas de futuro. El partido real es secundario. Lo importante es que durante seis horas previas, la atención del país entero esté secuestrada por la misma pantalla, el mismo debate, la misma ilusión.

Inglaterra. Argentina. Malvinas. Fútbol. Guerra. Memes. Historia. Es todo el mismo paquete de contenido emocional que nos venden como si fuera una caja de bombones surtidos: tiene el amargo, el dulce, el que no sabés qué es pero te lo comés igual. Y nosotros, consumidores compulsivos, nos lo tragamos entero porque el FOMO es más fuerte que nuestra capacidad de decir «basta, ya fue, esperemos a que pateen la pelota».

El problema, es que cuando ese momento, cuando el árbitro pite el inicio, yo ya voy a estar agotado. Gasté toda mi energía emocional en discutir si el arquero titular es el Dibu o si Scaloni tiene que cambiar el medio.

Hoy me peleé con tres desconocidos en X por una estadística de córners. Lloré con un video de la Selección del 86 que vi 900 veces. Y todo eso, todo ese caudal de atención regalado, no sirvió para nada más que para que el algoritmo se frote las manos mientras cuenta mis datos.

Pero bueno, ahí está la trampa. El partido no se jugó, pero yo ya jugué. Y perdí, como siempre, porque el sistema no quiere que gane, quiere que siga mirando. Son las 20, tengo cuatro horas y media para desconectarme, para respirar, para recordar que el fútbol es solo un deporte y que el resultado no va a cambiar mi vida (o sí, si perdemos me voy a deprimir toda la semana, pero eso es problema de mi psicólogo).

La pregunta que me hago, mientras apago el celular por quinta vez, es: ¿el partido existe o todo es una construcción narrativa para que no me dé cuenta de que el verdadero partido es contra mi propia atención? Suena profundo, pero solo es la ansiedad hablando. O el algoritmo. Ya ni distingo.

El miércoles voy a mirar el partido. O voy a mirar el celular mientras el partido pasa. O voy a mirar las reacciones al partido mientras el partido pasa. No importa. Lo que importa, al menos por ahora, es que el partido no se jugó, pero yo ya gané mi propia batalla: sé que me están robando la atención. El próximo paso es hacer algo con ese saber. Pero eso, mejor después del partido. O después de la final. O después del Mundial.

Como dice el mapa: «Donde va tu atención, va tu vida». Hoy mi vida va a la cancha. O a la pantalla. O al debate. O a todas partes y a ninguna. El partido no se jugó, pero yo ya estoy jugado. Y ustedes también. Ustedes también.

Me llegó una notificación. Dicen que Scaloni cambió el equipo. O no. Especulan y eso me entretiene. 

La vida es eso que pasa mientras esperas a que empiece Argentina Inglaterra.

Cómo te come la cabeza la previa infinita de Argentina-Inglaterra