Un día como hoy, hace 130 años, en un club de exiliados alemanes del barrio de San Cristóbal, nacía el Partido Socialista Obrero Argentino, de la mano de un grupo de pioneros encabezados por el médico Juan B. Justo, quien coincidentemente ese día cumplía sus 31 años. Esa asamblea fue el inicio de un ambicioso plan que ese puñado de profesionales, artesanos y obreros diseñó para abordar el desafío de la época: integrar la aluvial masa inmigratoria de entonces a la naciente clase obrera argentina, dotándola de los instrumentos básicos para agruparse y hacerla consciente de sus intereses.
El dispositivo organizativo había empezado dos años antes con la edición de un “periódico socialista científico”, La Vanguardia, que desde 1894 difundía las luchas y reclamos de la incipiente clase trabajadora, especialmente la limitación de la jornada laboral a 8 horas, reivindicación que se venía planteando desde el 1 de mayo de 1890 en una presentación al Congreso Nacional.
Aquellos precursores sabían que esa demanda y todas las otras que incluyeron en el Programa Mínimo aprobado en el congreso fundacional eran una mera expresión de deseos a menos que la masa trabajadora se organizara independientemente. Es por eso que además del partido y del periódico, impulsaron un vasto despliegue institucional que incluía decenas de sociedades gremiales para enfrentar a las patronales; la Biblioteca Obrera (1897) y muchas otras para difundir los libros y folletos de contenido emancipador; la Asociación Obrera de Socorros Mutuos (1898), para la atención sanitaria de las familias trabajadoras —precursora de las obras sociales—; la Universidad Popular Sociedad Luz (1899), para difundir el conocimiento científico y técnico entre el proletariado, y la cooperativa El Hogar Obrero (1905) para facilitar el acceso familiar a la vivienda y al consumo.
Impresiona recordar, 130 después, aquella hazaña política, social y cultural, que abarcó todo el territorio nacional, ese esfuerzo de autodeterminación y solidaridad de clase, la implacable vocación asociativa de esos hombres y mujeres que soñaban con un nuevo mundo. Sin esos cimientos, la sociedad argentina no habría llegado a constituirse como lo que fue, relativamente avanzada, por lo menos en relación con el resto de América Latina, ni se habría logrado un Estado proveedor de un mínimo bienestar. Es por eso que los denuestos derechistas contra el socialismo son hoy tan reiterados y furibundos.
Sin aquella inspiración primera, cuyos enunciados de justicia social permearon la historia argentina, no habrían germinado la legislación obrera, los derechos de las mujeres y las infancias, la autonomía universitaria, el sindicalismo y la central obrera, el movimiento cooperativo, la previsión social y los demás derechos sociales, precisamente aquellos avances que hoy quiere destruir la furia libertaria.
Esos logros arraigaron particularmente en la tradición socialista, en sus programas electorales e iniciativas legislativas. Arrancado con lucha a los gobiernos oligárquicos, asumido en alguna medida por las gestiones radicales y tomado como propio en gran parte por el peronismo, ese catálogo de progreso contribuyó a consolidar un Estado con cierto sesgo social, el que ahora la derecha trata de demoler.
Partícipe del complejo itinerario histórico nacional, con aciertos y errores, el socialismo no fue solo -como dijo José Aricó- “el primer partido político moderno de la Argentina” y “ el proyecto más avanzado de nacionalización de las masas”, sino también el proveedor de una agenda decisiva que excedió su propia dimensión como fuerza política.
Por eso, cuando recrudecen los ataques contra el socialismo, la ideología que se sustenta en la acción colectiva, el horizonte igualitario y la vigencia universal de los derechos humanos, conviene evocar aquellos momentos fundacionales, rescatar ese recorrido, honrar a quienes imaginaron un futuro luminoso aún pendiente y pujar por hacerlo realidad pese a las ominosas amenazas del presente. «
