Kansas City es el hogar de la selección, que ante el alerta climatológico tuvo que reprogramar la práctica de este sábado. Mientras Estados Unidos gana con los hijos de inmigrantes, el ICE de Trump sigue como amenaza afuera de la cancha.

Aunque están pegadas, apenas separadas por una calle, State Line Road, las dos Kansas City se distinguen por su propia historia, la que cruza a este país. En 1861, Kansas se incorporó a Estados Unidos como un estado abolicionista después de cinco años de una guerra civil cruenta, un período que se conoce como Bleeding Kansas, Kansas Sangriento. Cuarenta años antes, en cambio, Missouri ingresó a la Unión como estado esclavista. Alguna vez, en el siglo pasado, Kansas intentó anexar a la Kansas City de Missouri, mucho más extensa en territorio y tres veces más grande en población. Pero fracasó en el intento. La pulseada sigue cada tanto con una guerra de impuestos, una tax war para generar incentivos o intentar que alguna empresa cruce una calle.
Kansas City, la de Missouri, es el hogar de la selección, que ante el alerta de tornado tuvo que reprogramar el entrenamiento de este sábado. El clima es otro de los condicionantes del Mundial. Por ahora actúa detrás de escena. No obligó a modificar horarios de partidos, pero ya condiciona la logística del torneo. En las últimas horas, más de 900 vuelos fueron cancelados justo con el inicio de la competición. El último viernes, el aeropuerto internacional de Dallas-Fort Worth, el más transitado del estado de Texas, experimentó no sólo grandes colas para el ingreso migratorio, en su mayoría hinchas y periodistas acreditados que llegaban para el Mundial, sino también el caos de los vuelos que no pudieron salir a destino. Algunas realizaban nuevas reservas, las aerolíneas ni siquiera garantizaban que las reprogramaciones aéreas pudieran finalmente hacerse durante el fin de semana. Todo quedó condicionado a la situación climática. Se trató de una advertencia para aquellos que intentarán moverse durante la competición.
Todo esto ocurre cuando el Mundial ya quedó inaugurado en sus tres sedes, México, Canadá y Estados Unidos, que se electrizó el viernes por la noche con su selección pasando por encima a Paraguay. “Soccer total”, fue la broma más extendida cuando ya el 4-1 marcaba el triunfo más impactante en la historia del fútbol masculino estadounidense. Partidos así quizá sacudan a una sociedad que no se muestra interesada por este deporte. En el SoFI Stadium de Los Ángeles hubo más de setenta mil personas. Algunos precios de las entradas tuvieron que bajar para atraer público al debut. Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, intenta captar la atención agregándole show y cortes publicitarios, la maldita pausa de rehidratación, pero quizá la mejor fórmula para generar nuevos fanáticos sea simplemente jugando bien al fútbol.
La figura del viernes fue Folarin Balogun, 24 años, autor de dos goles. Hijo de padres nigerianos, nació en Brooklyn casi por casualidad. Sus padres vivían en Londres pero viajaron a Nueva York durante el embarazo. Aunque quisieron volver a Inglaterra, no los dejaron tomar el avión ante el avanzado estado de gestación. Recién lo hicieron cuando el bebé tenía seis meses. Balogun, que hoy juega en el Mónaco, se formó en el Arsenal y llegó a ser convocado para las juveniles de la selección inglesa. También pudo haber elegido a Nigeria. Pero se quedó con Estados Unidos. El viernes se convirtió en el segundo estadounidense en convertir dos goles en un mismo partido de Mundial. El primero fue Bert Patenaude, que en Uruguay 1930 hizo tres y, misterios del fútbol, también se los hizo a Paraguay.
En este país, los triunfos deportivos producen un géiser de nacionalismo. Lo sabe Donald Trump, que se envalentonó después de la victoria. Insistió con su idea de que la NFL se busque otro nombre para su deporte. «Esto es fútbol -dijo- no hay duda al respecto. Tenemos que inventar otro nombre para la NFL”. La columnista del diario Los Ángeles Times, Mirjam Swanson, se entusiasmó por estas horas con que la selección de Pochettino motive al pueblo estadounidense y lo unifique. “Es imposible dejar de lado la política en este Mundial -escribió Mirjam Swanson- pero, ¿no sería genial que todos apoyáramos a un equipo juntos? ¿No se imaginan al país uniéndose en torno a los extremos derechos e izquierdos en el campo? ¿Se imaginan a la gente celebrando la libertad inherente al sistema de Pochettino? ¿Victorias para este equipo de jugadores con doble nacionalidad y estadounidenses criados en el extranjero o en Alabama?”.
Pero mientras la selección estadounidense gana con los hijos de inmigrantes, el ICE de Trump se mantiene como amenaza afuera de la cancha. Hasta los delegados sindicales que representan a los trabajadores del SoFI Stadium de Los Ángeles reclamaron por el fin de la persecución. Afuera del estadio, repartieron pines y carteles con el lema “Fuera ICE”. Organizaciones defensoras de los derechos civiles, además, realizaron campañas para alertar a la comunidad inmigrante sobre lo que puede pasar en las canchas. “Infórmate antes de asistir”, advirtieron en sus volantes con una enumeración de derechos y consejos sobre cómo actuar ante un operativo. En el país del Mundial se vive con miedo.
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