En tiempos en los que casi todo se cuenta antes de ser vivido, Diario chino, el nuevo libro de Santiago Loza (Bosque Energético), recupera una idea que Walter Benjamin atribuía al verdadero narrador: solo quien atraviesa una experiencia tiene algo que contar. Los fragmentos que integran este diario no intentan explicar China ni traducirla para el lector, tampoco dar una imagen idealizada y feliz. Registran, en cambio, cómo un viaje transforma a quien lo escribe.
Benjamin sostenía que el narrador posee un saber que no proviene de la información sino de la experiencia. Vive para contarlo. En el presente, cuando ese arte parece haber sido remplazado por la inmediatez y la circulación de datos, la figura del narrador se vuelve excepcional. En Loza, sin embargo, sobrevive.

«Creo que la experiencia me pertenece y tengo derecho a narrarla», escribe el escritor y cineasta en el pasaje 15 del diario. La frase funciona como una declaración de principios. No porque reivindique una verdad sobre el viaje, sino porque defiende el derecho a hacer de la experiencia una forma de escritura y, también, de cine. Mientras registra sus días en el diario, también filma fragmentos para su documental; como si un solo lenguaje no alcanzara para dar forma a lo vivido. Los días chinos (2025), actualmente en cartelera en el Cine Gaumont y en el MALBA, y Diario chino (2026) llegan casi al mismo tiempo como proyectos hermanos que dialogan entre sí como dos intentos de acercarse a una misma experiencia. El relato de Loza despliega así toda su potencia narrativa.
Desde las primeras páginas del diario se dibuja un deseo: convertirse durante ese viaje en alguien más simple. “Dejaré de ser en la China”, manifiesta Loza. La torpeza de no conocer el idioma, el nerviosismo, la necesidad de controlarlo todo, la apatía, la dependencia de otros para recorrer Shanghái, el dolor físico —mandíbula, estómago, cabeza—, el fantasma de la vejez y la decepción aparecen como obstáculos para ese propósito tan sencillo y profundo. Pero el viaje termina imponiéndose y va despojando al autor de esas capas con las que había llegado.
Al mismo tiempo, la escritura confesional del diario íntimo también despoja al viaje de la idealización y los imperativos que suelen acompañarlo. “Qué obligación insoportable tener que asombrarse”, escribe Loza. Diario chino no busca ofrecer una postal de China ni una guía sentimental del extranjero. El verdadero desplazamiento ocurre hacia el interior del propio narrador. Frente a la imposibilidad de encontrar afuera la «magia» que esperaba descubrir, el viaje se convierte en una oportunidad para observarse a sí mismo. Loza acepta permanecer consigo mismo y hace de esa incomodidad un ejercicio voluntario. A veces se da órdenes, se interroga, como da cuenta en esta enumeración de la entrada 18: “Ya abandono la idea de contarlo todo, ya no quiero entender. Me sobreviene una angustia difusa”. “No me soporto”, confiesa más adelante. Loza se repliega a lo largo de su escritura, atraviesa el gran miedo de perderse -por las calles de China, bajo la lluvia o en sus pensamientos- pero también logra a veces encontrar el camino, cuando el desborde y el temor se toman un respiro.
Hay una lentitud que el escritor aprehende entrada tras entrada de esta gran alteridad que es China. Lo descubre cuando prepara y toma té en la veloz Shanghái: cuando el único esfuerzo consiste en estar. En la localidad de Tongli también se entrega al simple paso del tiempo, a sentir su cama y el momento: “es agradable permanecer, evitar todo movimiento”, apunta el narrador de Diario chino. No apurarse por conocer es la moraleja. El cuerpo logra ir más lento. Se sumerge en baños públicos, en la piscina de natación y durante un viaje en tren entra en una suspensión meditativa muy parecida a esa simpleza que deseaba: “Mis pensamientos se van aplacando, no tengo necesidad de comer, no tengo necesidad de beber, no tengo necesidad de escribir. Me quedo mirando ausente”, escribe.
La escritura de la experiencia encuentra su forma de comunicarse a través del diario, pero también dialoga con otros géneros o al menos estos se plantean como posibilidades. A veces el diario tiene como destinatario a L., ese lazo a Buenos Aires que tiñe la escritura de conversación o carta. Otras, se deja llevar por lo que propone el día. D., una amiga de Loza en China, propone la escritura de poemas que tengan que ver con la experiencia del día y entonces los versos tienen su lugar en las páginas. También la crónica es mencionada para ser negada: no hay interés en escribir verdades.
En esta experiencia de viaje a un territorio tan diferente del propio, al salir de lo conocido, Loza adquiere el saber paradójico e introspectivo de adentrarse en sí mismo para disolverse. Un viaje de los más difíciles queda plasmado en este diario para quien quiera intentarlo. Diario chino recuerda que la experiencia todavía necesita tiempo para convertirse en palabra.