Al finalizar la década del 50, tanto Ástor Piazzolla como Eduardo Rovira, juntos pero separados, estaban iniciando un recorrido que llevaría al tango a transitar un camino vanguardista que revolucionaría, no sin pocas polémicas, el género porteño.

Ambos bandoneonistas sentían que sus respectivas participaciones en diversas orquestas típicas limitaban sus expectativas de llevar al tango a un estadio superador.

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Podría decirse que de manera casual y casi al mismo tiempo, decidieron ponerse al frente de sendos octetos, los cuales les permitirían comenzar a ofrecer una mirada absolutamente renovadora y osada de un género que, en ese momento, estaba pasando por un momento de decadencia debido a la aparición de nuevas expresiones musicales y a la falta de espacios y posibilidades de trabajo y evolución de las orquestas.

Piazzolla y el «Octeto Buenos Aires» (1956-1958) y Rovira y el «Octeto La Plata» (1956-1964) comprendieron que este tipo de formaciones les posibilitaban acceder a una paleta sonora de mayor riqueza tímbrica y, de esta manera, aventurarse a experimentaciones que con sus sutiles diferencias delinearían el marco estilístico en el que desde ese momento transitaría cada uno con sus trayectorias y sus obras.

Ambas agrupaciones estaban integradas por excelentes instrumentistas, altamente capacitados como para embarcarse en las aventuradas experimentaciones que propiciaban los dos compositores. Y muchos de ellos continuaron, de alguna manera, el camino que emprendieron al haber formado parte de los ensambles.

El «Octeto La Plata» estaba formado por Eduardo Rovira en bandoneón dirección y arreglos; Leopoldo Soria, piano; Reynaldo Nichele, primer violín; Ernesto Citón y Héctor Ojeda, violines; Mario Lalli, viola; Enrique Lanoo, violoncelo y Fernando Romano, contrabajo.

En el caso del «Octeto Buenos Aires», la formación inicial estaba conformada con los violinistas Enrique Mario Francini y Hugo Baralis, los bandoneonistas Piazzolla y Roberto Pansera, el pianista Atilio Stampone, el guitarrista Horacio Malvicino  (con guitarra eléctrica que, en ese entonces, era toda una novedad para el género), el violoncelista José Bragato y el contrabajista Aldo Nicolini. Posteriormente Pansera y Nicolini (que no llegaron a grabar) fueron reemplazados por Leopoldo Federico y Juan Vasallo, respectivamente.

Con esta formación Piazzolla publicó dos LPs. en sus casi dos años de existencia: Tango progresivo (1956) y Tango moderno (1957). Si bien el “Octeto La Plata” tuvo una existencia más prolongada, lamentablemente no dejó ningún registro fonográfico.

A propósito del término “progresivo” generalmente relacionado con un género del rock surgido a partir de los años setenta, fue el compositor y teórico austríaco Arnold Schönberg quien, en una serie de ensayos publicados en 1950 en el libro El estilo y la idea, destaca la importancia de la obra de Johannes Brahms, quien en su época fue considerado como académico y clásico, en contraposición a un innovador Richard Wagner. El título provocador del ensayo es Brahms, el progresivo, siendo esta la primera oportunidad en la que fue utilizado dicho calificativo para relacionar a la música con elementos disruptivos de avanzada.

The Edge of Tango

Sónico, la agrupación belga integrada por una selección internacional de excelentes músicos, acaba de publicar el álbum doble Piazzolla – Rovira: The Edge of tango, una audaz y precisa recreación de este significativo período de la obra de dos de los más avanzados creadores de la música de Buenos Aires.

La virtud de este tercer trabajo de Sónico es demostrar cómo ambos creadores, parados tal vez desde diferentes posturas estéticas, consiguen puntos de contacto entre sus búsquedas musicales.

Eduardo Rovira: Octeto La Plata

Este disco, dedicado a los arreglos de Rovira, muestra el sutil trabajo tímbrico y de arreglos que el bandoneonista propone para composiciones como “Nonino”, “Tango del ángel” y “Melancólico Buenos Aires” de Piazzolla, con el cual le da una vuelta de tuerca refrescante a las piezas del bandoneonista marplatense.

Pero a la vez sorprende con el manejo contrapuntístico y de densidades sonoras en sus obras “Sin Título”, “Monroe 3307” y “Sinfonía”, y sobre todo deslumbra con “Serial Dodecafónico”, un tema en el que cada compás se convierte en un pasaje impredecible por las características propias de este modelo de composición. Rovira continuó experimentando en esta temática, tal como lo demuestra en Danzas argentinas seriales dodecafónicas, cuatro obras compuestas para piano.

El serialismo es un método de composición musical que, como su nombre indica, utiliza series, esto es, grupos de notas sin repeticiones que siguen un determinado orden. La corriente que mejor lo representa es el dodecafonismo, que emplea las doce notas de la escala cromática. Fue utilizado por Schönberg desde la década de 1920 y por sus discípulos Alban Berg y Anton Webern.

Del ámbito académico pasó a la música popular en manos de músicos como Bill Evans, quien también compartió la fascinación por los compositores en serie y compuso dos piezas inspiradas en ese método: Twelve Tone Tune, conocido como T.T.T. y Twelve Tone Tune Two o T.T.T.T.

Ástor Piazzolla: Octeto Buenos Aires

Esta placa, dedicada a Piazzolla, es un recorrido por el estilo con el que este visita obras de compositores como Pedro Maffia (“Taconeando”), José Pascual (“Arrabal”), Julio De Caro (“Tierra Querida”), Juan Carlos Cobian (“Los Mareados”), Rosendo Mendizábal (“El Entrerriano”) u Horacio Salgán (“A Fuego Lento”), a los que se suman su tema “Marrón y azul” y “Tangology”, del guitarrista Horacio Malvicino.

Tal vez menos apegado al vanguardismo más contemporáneo que exhiben los arreglos de Rovira, influido por corrientes como el serialismo o el dodecafonismo que señalamos más arriba, en Piazzolla aparecen las influencias que ejercieron en él Alberto Ginastera, Nadia Boulanger y sus experiencias en la vida cultural de Nueva York, en donde vivió gran parte de su juventud. Pero sobre todo, sintió el impacto que le produjo conocer la nueva corriente de jazz que estaba surgiendo de las manos de músicos como Miles Davis, Gerry Mulligan o Bill Evans, entre otros.

Elementos en común y diferencias

Pero lo que sí prima en ambos es el interés en una profunda e intensa exploración tímbrica, sonora y armónica que se traduce en una técnica refinada en la cual, tanto Piazzolla como Rovira, consiguen otorgarles una impronta personal a cada una de sus composiciones o arreglos.

Incluso ambos estuvieron a la vanguardia al sumar instrumentos eléctricos en sus formaciones. Piazzolla con la incorporación de la guitarra eléctrica, a cargo de músicos como Malvicino u Oscar López Ruíz, además de crear el polémico «Octeto Electrónico» a mediados de los 70, con el que registró un disco en vivo en el teatro Olympia de París. Y Rovira en su momento, con la participación del guitarrista, compositor y arreglador Rodolfo Alchourron y la creación y utilización de un pedal de efectos para su bandoneón (se dice que fue un precursor en la utilización de este elemento, incluso que lo hizo antes que, por ejemplo, Jimi Hendrix).

“Es interesante observar las posturas creativas de Rovira y Piazzolla como dos formas autónomas de tango renovador que se articularon sobre el campo tradicional del género. Más que diversidad de procedencias u oposiciones estilísticas entre uno y otro, lo que resulta evidente es un trabajo paralelo e independiente que buscó despegarse de la tradición del tango”, afirma el musicólogo Omar García Brunelli en el texto de presentación del álbum.

Por medio de los dos discos que forman parte de este álbum, Sónico establece un hilo conductor entre estos avanzados músicos de nuestra cultura popular. Y señala una empatía sonora entre las creaciones de los dos compositores, que promueve que en  el paso de un disco a otro se encuentre una continuidad que sorprende. Es casi como si el volumen dedicado a Rovira y el dedicado a Piazzolla se encontraran transitando una cinta de Moebius musical. Y lo hace con un apego a las partituras desde una mirada refrescante, alejándolas del color amarillento que el papel de estas podría tener en la actualidad.

Apoyado sobre una sólida base a cargo del contrabajo de Ariel Eberstein y la sólida pulsión rítmica y armónica del pianista belga Ivo De Greef, Sónico despliega un sonido en el que las cuerdas de Stephen Meyer (EE.UU./Bélgica) y Daniel Hurtado Jiménez (España) en violín; Oscar Quiñonez (México) en viola y Guillaume Lagravière (Francia) en cello, acunan y por momentos interpelan a las precisas intervenciones de los bandoneones de Lysandre Donoso (Francia/Chile) yvCarmela Delgado (Francia/España) y la guitarra de Camilo Cordoba (Argentina/Italia). El resultado es una experiencia con coloraturas camarísticas en la que el oyente se siente atraído por la densidad de los arreglos y la intensa exploración armónica de las obras interpretadas en ambos discos. La agrupación se completa con Gaetan La Mela (Bélgica) en glockenspiel (xilófono)-

Piazzolla y Rovira, si bien establecieron las bases de la vanguardia en el tango, tuvieron trayectorias y reconocimientos disímiles. Tal vez por timidez o por falta de temperamento, Rovira no se atrevió a una exposición pública más atrevida como sí lo hizo Piazzolla. Este, a su vez, aprovechó su arrasadora e impetuosa personalidad para posicionarse en un territorio que desde el principio resultaba hostil ante la supuesta herejía de intentar jerarquizar el tango y tratar de que se transformara en algo más que una música para ser bailada.