A destiempo de la vorágine que presenta la ciudad, afiches y grafitis invitan a mirar las calles como si fueran escenarios para la creación artística. En la esquina de Gorriti y Thames, debajo de un poste de luz, la pared está completamente empapelada. Un personaje algo maltrecho, empastillado, con mocos bajo la nariz y la mirada automatizada dice “ya no estoy triste”. Al lado, se lee “por la plata vuela el plomo”. Más arriba, una silueta negra cayendo al vacío con la leyenda “te quere Matisse” imita el estilo del famoso pintor.

Foto: Gentileza Nicolás Meteorito

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Para el peatón inexperto, en esta pared hay un misterio que se reitera, con distintos formatos, en miles de recovecos de distintas ciudades del mundo. ¿Qué historias hay detrás de esos dibujos? ¿Qué mueve a estos autores a empapar las paredes de su ciudad? Tiempo Argentino conversó con La crewcante, un grupo de artistas callejeros que utiliza la técnica del paste up (también llamada pegatina), una herramienta que viene ganando cada vez más espacio en la escena local y se basa en la elaboración de imágenes sobre un papel para luego pegarlas en las calles.

Es invierno y hace un frio sideral. Hay que hacer un laburo. Una fábrica de cervezas, en la Paternal, está a punto de inaugurar y necesita su mural. El trabajo, de a tres, se hace más fácil. La mitad del pago son cervezas. Effe, Turbio y Mapache apenas se conocen pero van a tomarlas juntos al cementerio. Descubren ciertas afinidades en sus maneras de trabajar y una disconformidad con lo que se ve en las calles. “En la escena del paste up el mensaje venía siendo muy positivo y meritocrático, no nos sentíamos identificados con muchas de esas cosas. Pensamos que varias personas tampoco debían sentirse identificadas y decidimos crear el grupo”, cuenta Mapache.

  La crewcante -como crocante, estar falto de plata en lunfardo- fue la tercera crew (una “tripulación” -por su traducción del inglés- de trabajo colectivo para hacer pegatinas) que se hizo en Buenos Aires. Luego, como efecto cadena, empezarían a crearse más. “En los ’80 ya había paste up en la escena del arte callejero. Pero ahora hay una visibilidad más grande de la técnica de los pegatineros, que hace muchos años están con su material en la calle, empezó a ser más visible por eso. No sólo es una forma de publicidad, no sólo es una forma de propaganda política, también es un lenguaje artístico. En los últimos años, en la Argentina ese trabajo se empezó a ver sostenido en el tiempo, los artistas empiezan a ser reconocibles y eso colabora con la crew. Los compañeros de trabajo no solamente potencian la posibilidad de producción que tiene cada uno individualmente sino la posibilidad de cubrir lugares, lo cual también tiene que ver con el arte callejero: la presencia, la sensación de estar en todos lados”, explica Turbio, uno de los miembros de La crewcante.

En una época de individualismo extremo y mandatos de felicidad permanente, intervenir en la calle, estar presente en las paredes, despabilar a los peatones con mensajes irónicos y transgresores, parecerían ser maneras de desautomatizar la rutina y proponer alternativas frente a ciertos discursos de autoayuda que cada vez ganan más lugar en el espacio público. “Empecé a hacer mis propias pegatinas porque no me sentía identificado con lo que veía. Un día no estás llegando a pagar el alquiler y de repente ves un cartel que dice ‘con amor se puede’ y… no se si con amor llego a pagar el alquiler”, enfatiza Mapache. En contraste, algunos de sus trabajos dicen cosas como “todo lo que sube tiene que bajar, menos el alquiler” o “qué bueno que terminé de pagar el depto que compré desde el pozo”, frase-epitafio que figura encima de una lápida. En diálogo con Tiempo, Effe, otro de los integrantes de la crew, agrega: “como no veíamos nuestra realidad en esos carteles que leíamos, salimos a reflejarla. Es un punto de vista que nos parece que faltaba”. 

Foto: Gentileza Tacheles

La escena callejera se presenta como una variable frente a los circuitos oficiales de difusión cultural y permite democratizar el arte, tanto para el espectador como para el creador. “La mayoría de las instituciones no sólo dejan afuera artistas, también dejan afuera público. La calle facilita el acceso a la producción y al consumo de arte. Gracias a eso tenemos la posibilidad de llegar a la gente cuando no te espera. La producción de arte callejero tiene un montón de aristas en cuanto a la recepción del público. Así como hay gente que te felicita y te agredece, hay personas que se enojan. Y desde los dos lados están interactuando con la obra. En San Telmo hay un personaje, al que apodamos ‘el viejo trincheta’, que va todo el tiempo a arrancar nuestros carteles. Y eso también es hermoso, tiene un nivel de interacción enorme con nuestra obra”, destaca Turbio a este diario.  

Además de la calle, hay otros espacios alternativos a los circuitos oficiales que brindan a los artistas callejeros un lugar para producir y visibilizar sus trabajos, como el polo de cultura emergente Tacheles. En diálogo con Tiempo Argentino, Emiliano Pérez, uno de los coordinadores del espacio, señaló que “en el panorama actual del arte está todo muy sectorizado y la pandemia lo sectorizó más. Muchos artistas perdieron su espacio, los lugares independientes no tuvieron su apoyo estatal. Armamos un espacio grande para que los artistas puedan crear, para que puedan hacerlo en algún lugar y mostrarlo. Cualquier artista debería poder tener su propio espacio. A través de Tacheles, buscamos democratizar el acceso a la cultura”.

En las calles o en centros culturales alternativos, el arte callejero puede ser insolente, provocador, arma de resistencia e intervención política. Sin anuncios, sin previo aviso, en cualquier momento aparece, y acaso sean pocos los que puedan sustraerse a la fascinación de lo imprevisto.