El del “otro” es un tema recurrente en la literatura. A veces ese otro funciona como espejo del protagonista, como un reflejo que es más un desafío que una gratificación (porque, convengamos, no siempre son agradables las imágenes que el espejo devuelve). Otras es alguien que se encuentra más allá: una persona del pasado que sigue gravitando con peso sobre el presente, o alguien que está por delante: una promesa, un anhelo.

 La literatura de terror, por ejemplo, está poblada por seres de otros mundos que generan extrañeza y temor, desde el conde Drácula de Bram Stroker hasta los curiosos seres espectrales que pueblan la casa de playa del sur de Estados Unidos en Los elementales, de Michael McDowell. Sin embargo, en ocasiones el asombro es causado por un miembro de la propia familia, como la hija que come pájaros en el cuento “Pájaros en la boca”, de Samantha Schweblin, quizá uno de los que mejor logró plasmar el espanto que puede deparar la mutación de un hijo de niño a adolescente.  “La comprensión incompleta de las vidas de nuestros padres no es algo que les afecte a ellos. Nos afecta solo a nosotros”, escribió Richard Ford en Entre ellos, el magnífico libro acerca de esos otros próximos más misteriosos: nuestros padres antes de nosotros.

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¿Y qué pasa cuando esos otros son unos completos desconocidos que, sin embargo, aseguran ser parientes? Ese es el eje sobre el que se construye la breve novela Los extraños, del autor español Jon Bilbao (Editorial Impedimenta, 133 páginas), uno de  cuyos principales méritos es  su capacidad para crear en pocas páginas un clima inquietante que va ganando en intensidad sin ceder nunca ante el efectismo.

El argumento: Jon y Katarina pasan el invierno en la casona familiar de él, en la costa de Cantabria, tan amplia como la distancia insalvable que crece entre ellos como pareja. Un día se aparecen de forma sorpresiva Markel, un supuesto primo lejano de Jon, y una mujer que viaja junto a él, Virginia. Nunca queda claro el vínculo que los une. Ella es parca, mientras que la cordialidad de él es tan teatral que mete miedo. De a poco comienzan a copar la casa. Se deshacen de la ama de llaves, meten en la casa los perros de ella sin importarles que a Katarina le dan pánico. Mientras, la supuesta presencia de un ovni atrae a decenas de fanáticos al pueblo. ¿Tienen Markel y Virginia alguna relación con este fenómeno? ¿Son realmente parientes de Jon?

Al igual que los protagonistas de la novela, que les hacen a estos extraños menos preguntas de las que uno esperaría, Bilbao tampoco parece interesado en las respuestas. En su lugar se ocupa de exhibir aquellos mecanismos que puede poner en funcionamiento la presencia del otro, desde la alegría, el asombro y la sorpresa hasta el más puro estado de alerta. Y cómo su sola presencia puede trastocar de forma definitiva el orden hasta entonces conocido de las cosas.