Desde su creación en 1901, recibieron el Premio Nobel de Literatura 101 hombres y 16 mujeres. Ganaron el Premio Cervantes, instituido en 1976, 42 hombres y 5 mujeres. Fueron galardonados con el Premio Herralde, creado en 1983, 35 hombres y 6 mujeres. Los números muestran la enorme desproporción que existe a la hora de recibir galardones. Corroboran, además, que el campo literario no es ajeno a la desigualdad de género que atraviesa todas las instancias de la sociedad. Es cierto que en los últimos tiempos, el empoderamiento femenino ha sacudido conceptos anquilosados y que las mujeres pisan fuerte en todos los campos. Sin embargo, cuando premian a una mujer, en la prensa se especifica su condición femenina, mientras que cuando premian a un hombre no hay ningún tipo de aclaración, basta con citar su nombre y apellido. En la sección Cultura de este mismo diario, en su edición digital del 6 de noviembre, anunciamos orgullosamente que seis mujeres, Mariana Enriquez, Selva Almada, María Gainza, Leila Guerriero Luisa Valenzuela y Ángela Pradelli habían recibido premios internacionales. El hecho da cuenta, por un lado, del avance de las mujeres en ámbitos tradicionalmente reservados a los hombres, pero, por otro, pone en evidencia que el protagonismo femenino, aún no se ha naturalizado.

Si esto sucede en pleno siglo XXI, no cuesta imaginar los padecimientos de las mujeres del siglo XIX que, como Eduarda Mansilla y muchas otras, se atrevieron a meterse en el campo literario reservado al género masculino. Y si bien en el XX, el protagonismo femenino fue mucho mayor, también el ninguneo se sofisticó para dejar a la sombra escritoras como Sara Gallardo, cuya obra ha comenzado a revalorizarse en este siglo.

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Ser escritora en el siglo XIX

María Rosa Lojo, escritora e investigadora, que a sus numerosísimos galardones sumó recientemente el Gran Premio de Honor 2020 de la Fundación Argentina para la Poesía, admiradora de Eduarda Mansilla, ha trabajado en profundidad sobre las escritoras del siglo XIX en diversos textos. “Lo último que escribí–le dice a Tiempo Argentino– es una intervención para la Historia feminista de la literatura argentina que publica el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género con la dirección de Nora Domínguez. Mi artículo tiene que ver justamente con el tema de esta nota y se llama “Las escritoras del siglo XIX, del silencio a la ficción biográfica. En ese siglo las escritoras aparecen como una rareza. Obviamente, en ese momento no había una tradición literaria femenina. Y no es que hubiera una tradición literaria masculina porque estábamos en un país que daba sus primeros pasos como nación independiente, pero no estábamos en una sociedad en la que la escritura femenina estuviera normalizada. Las escritoras tenían que superar la barrera de los prejuicios para poder ser aceptadas. Una cita que siempre se hace es la referida a la revista La camelia, que aparece en 1852, estaba dirigida por Rosa Guerra, contemporánea de Eduarda Mansilla. Ambas publican en el mismo año dos novelas referidas al episodio de Lucía Miranda que aparece en La Argentina manuscrita de Ruy Díaz de Guzmán. Por supuesto, cuando aparece La camelia, despierta sátiras. Los redactores de otra revista llamada El padre Castañeta, dirigida por Benjamín Victorica y Miguel Ángel Navarro Viola, le dedican con dudoso humor estas palabras: ‘No faltará quien exclame, leyendo, ¡hábil pluma! y hasta habrá tal vez alguno que porque sois periodistas, os llame mujeres públicas por llamaros publicistas.’ En el siglo XIX se les decía publicistas a los periodistas. La frase juega con el equívoco de la mujer pública, la puta, y de la mujer que se expone a la consideración del público con su escritura. Las mujeres no se desalentaron y hubo una gran cantidad de revistas donde escribieron. Existió un periodismo femenino en el siglo XIX, aunque las mujeres no entraban habitualmente en el periodismo que estaba dirigido a todo público. A Eduarda Mansilla, que es prácticamente la única que lo hace, le cuesta mucho. Sarmiento dice que Eduarda, después de 10 años de lucha, logra ‘entrar al cielo (reservado) a los escogidos machos’ que son los que publican en la prensa para todo el mundo. Ella comienza a publicar en La Nación, en La gaceta musical, en El Nacional, artículos que son de temática variada, no solo de crónica social, de todo lo que se suponía que les interesaba a las mujeres. Ella escribe, por ejemplo, sobre una visita a la penitenciaría, hace un alegato a favor de los soldados que participaron de la Guerra de la Triple Alianza que fueron abandonados a su suerte por el gobierno y tenían que mendigar y muchos otros temas de gran relevancia social. En La gaceta musical hace crítica de alto vuelo porque no solo fue un escritora original e innovadora, sino también una compositora musical.”

Según Lojo, las escritoras eran visibles para la sociedad, pero ninguna de ellas pudo escapar de la mirada condescendiente y desdeñosa. Juana Gorriti, sin embargo, logró una palma literaria, homenaje que fue suscripto por las figuras más importantes de la sociedad. La más perjudicada fue Juana Manso, a causa de su lucha radicalizada por los derechos de las mujeres y por su posición crítica hacia la Iglesia Católica. Cuando en 1892, a los 57 años muere Eduarda, las necrológicas son despiadadas. Lojo cita la que apareció en El Nacional, donde ella había colaborado: “Valía más como amiga, como mujer del hogar y de la familia que como literata. Pobre Eduarda, si ella pudiera escucharnos quizá se ofendería por breves minutos.” Lojo remarca que estas escritoras eran visibles, existían para la sociedad, pero eran “una piedra en el zapato.” “Si bien Eduarda y Gorriti llegan a tener bastante visibilidad -explica-, hay que decir que provienen de familias muy conspicuas. Gorriti es celebrada como la hija de quienes llevaron el país a la independencia por el lado salteño y Eduarda era hija del general Lucio Norberto Mansilla y sobrina de Rosas.” Y agrega: “El prejuicio pesó mucho y también el tema de la renovación estética. Los escritores varones fundadores políticos del país como Echeverría y Sarmiento, quedan en un canon. Mientras que las mujeres no. A ellas se las lleva el viento de la Historia. Aunque rescatadas en algunas publicaciones, nunca alcanzan el nivel de los hombres. Recién a fines del siglo XX, en 1980, aparece la novela de Marta Mercader Juana Manuela mucha mujer que reveló a un personaje que estaba arrinconado y produjo mucho interés.”

En los ’90, es la propia Lojo quien, investigando sobre Lucio V. Mansilla, comienza a interesarse en la figura de su hermana Eduarda. Sus libros no circulaban. Había solo ejemplares únicos en bibliotecas especializadas. “Y así –dice- fue germinando en mí la idea de que había una deuda con Eduarda que yo quería saldar como investigadora. Fue así que publicamos varios libros de ella en la colección Ediciones críticas de literatura argentina. Siglos XIX y XX que fundamos con otro investigador del Conicet, Jorge Bracamonte.”

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La olvidada del siglo XX

Estar en los zapatos de Sara Gallardo (1931-1988) no debe de haber sido fácil. Nacer en una familia de hombres destacados, de buena posición económica y ser mujer, ya era algo complicado. Pero, además, dedicarse a escribir eludiendo los mandatos de su clase y de su género, quizá fuera demasiado. Su padre era el historiador Guillermo Gallardo. Su abuelo, el naturalista y político Ángel Gallardo. Por parte de su madre, era bisnieta de Miguel Cané, y tataranieta de Bartolomé Mitre.

Comenzó a publicar en la década del ’50, destacándose entre las voces femeninas de ese momento. Luego, su obra sufrió un eclipse y quedó en un cono de sombra. Quizá las razones de ese eclipse haya que buscarlas no sólo en su condición femenina, sino en su escritura que seguramente resultaba incómoda a ciertos sectores sociales, incluido aquel al que pertenecía.

Lojo afirma que la Argentina construyó un imaginario oficial en base a la exclusión. Las mujeres y los “bárbaros”, es decir, los pueblos originarios, se hermanan en esa situación marginal. Eisejuaz, novela publicada por Gallardo en 1971, narra el desgarro que sufre un indio mataco dividido entre su tradición y las misiones cristianas. Así como Eduarda Mansilla y Juana Manuela Gorriti, fueron marginadas del canon, también Gallardo quedó excluida.

No es esta la única verdad incómoda que Gallardo pone en palabras desafiando la hipocresía de los sectores más conservadores. Su primera novela, Enero, publicada en 1958, despliega el conflicto de una adolescente de 16 años, hija de un puestero de una estancia de la provincia de Buenos Aires, que queda embarazada. Uno de los grandes aciertos de la escritora es haber puesto el foco sobre la niña-mujer que padece, desplegar en el texto su soledad y su angustia ante un hecho que marcará un antes y un después en su vida.

Si se toma en cuenta que recién en 2020 se aprobó la ley de interrupción voluntaria de embarazo, es fácil entender qué escozor debió de haber producido en su época esta novela. Fue necesario que un grupo de escritores entre los que se contaron Leopoldo Brizuela, Valeria Tentoni y Patricio Pron se interesara por la literatura escrita por mujeres en la década del ’50 para que Gallardo fuera redescubierta y rescatada de la sombra en que suele ocultarse lo que molesta.

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El siglo XIX y los casos de travestismo literario

Tan difícil fue ser escritora en el siglo XIX que muchas mujeres prefirieron renunciar a su nombre propio para no renunciar a su escritura. Las mismísimas hermanas Brönte comenzaron firmando con nombres masculinos. Charlotte, Emily y Anne fueron respectivamente Currer, Ellis y Acton Bell. Solo conservaron la inicial de sus nombres como vestigio de su verdadera identidad.

George Eliot fue en realidad Mary Ann Evans y nunca renunció a su seudónimo. Otra mujer eligió el mismo nombre masculino, George Sand, quien fue en realidad Amantine Aurore Dupin, la apasionada amante de Chopin. Llegó a vestirse de hombre para poder acceder a los lugares vedados a las mujeres.

Aunque Colette fue una mujer independiente, que vivió entre el siglo XIX y XX, que no le temía a los escándalos ni ocultaba su bisexualidad, al principio de su carrera se dejó convencer por uno de sus maridos –tuvo tres- para firmar sus libros con el nombre de este, quien le exigió ese sacrificio en nombre de la crítica economía familiar, aunque era costumbre en él poner su nombre en libros que no escribía y posar de escritor. Los mandatos de la época respecto de la mujer, por lo menos por un tiempo, parecen haberle ganado a su espíritu libertario.

Tan difícil fue ser escritora en el siglo XIX que muchas mujeres prefirieron renunciar a su nombre propio para no renunciar a su escritura. Las mismísimas hermanas Brönte comenzaron firmando con nombres masculinos. Charlotte, Emily y Anne fueron respectivamente Currer, Ellis y Acton Bell. Solo conservaron la inicial de sus nombres como vestigio de su verdadera identidad.

George Eliot fue en realidad Mary Ann Evans y nunca renunció a su seudónimo. Otra mujer eligió el mismo nombre masculino, George Sand, quien fue en realidad Amantine Aurore Dupin, la apasionada amante de Chopin. Llegó a vestirse de hombre para poder acceder a los lugares vedados a las mujeres.

Aunque Colette fue una mujer independiente, que vivió entre el siglo XIX y XX, que no le temía a los escándalos ni ocultaba su bisexualidad, al principio de su carrera se dejó convencer por uno de sus maridos –tuvo tres- para firmar sus libros con el nombre de este, quien le exigió ese sacrificio en nombre de la crítica economía familiar, aunque era costumbre en él poner su nombre en libros que no escribía y posar de escritor. Los mandatos de la época respecto de la mujer, por lo menos por un tiempo, parecen haberle ganado a su espíritu libertario. 

Tan difícil fue ser escritora en el siglo XIX que muchas mujeres prefirieron renunciar a su nombre propio para no renunciar a su escritura. Las mismísimas hermanas Brönte comenzaron firmando con nombres masculinos. Charlotte, Emily y Anne fueron respectivamente Currer, Ellis y Acton Bell. Solo conservaron la inicial de sus nombres como vestigio de su verdadera identidad.

George Eliot fue en realidad Mary Ann Evans y nunca renunció a su seudónimo. Otra mujer eligió el mismo nombre masculino, George Sand, quien fue en realidad Amantine Aurore Dupin, la apasionada amante de Chopin. Llegó a vestirse de hombre para poder acceder a los lugares vedados a las mujeres.

Aunque Colette fue una mujer independiente, que vivió entre el siglo XIX y XX, que no le temía a los escándalos ni ocultaba su bisexualidad, al principio de su carrera se dejó convencer por uno de sus maridos –tuvo tres- para firmar sus libros con el nombre de este, quien le exigió ese sacrificio en nombre de la crítica economía familiar, aunque era costumbre en él poner su nombre en libros que no escribía y posar de escritor. Los mandatos de la época respecto de la mujer, por lo menos por un tiempo, parecen haberle ganado a su espíritu libertario.