No existe un solo conurbano. Aunque solo se llame así al que rodea a la ciudad de Buenos Aires, hay tantos como ciudades y quizá tantos como personas. Por lo pronto, Pedro Saborido tiene el suyo y así lo demuestra en Una historia del conurbano (Planeta), su libro más reciente. En él irrumpen vírgenes que no son las oficiales, como “La Virgen de los Locales de Segundas y Terceras Marcas” o “La Virgen de las Queserías y Fiambrerías con pretensiones de ser Gourmet”. Por otra parte, sus definiciones de lo que es el conurbano no son para nada ortodoxas: “El conurbano –dice uno de sus personajes– es un noviazgo entre Ken y Barbie, entre la civilización y la barbarie”.

Una advertencia para el lector que se arriesgue a transitar ese territorio redefinido por Saborido: no se engañe, el delirio exacerbado que parece ser patrimonio exclusivo del autor, no le pertenece solo a él, es parte inherente de la realidad, solo que él, a diferencia de la mayoría, es el que se dio cuenta.

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–¿El conurbano es un aleph, un punto desde el que se pueden ver todos los puntos?

–No sé si se pueden ver todos los puntos, pero sí muchísimos. Y allí es cuando comienza a discutirse qué es el conurbano. La palabra conurbano remite a cada persona. Puede generar, según los casos, una sensación de ternura, de miedo, de desagrado, de algo lejano. A su vez, a los que viven en el conurbano les pasa lo mismo. Es que el conurbano contiene a todos las culturas de la Argentina, desde las más pudientes a las más pobres. Se podrá decir que eso ocurre con todas las ciudades, sí, pero no en la proporción ni en la intensidad que en el conurbano bonaerense. Muchas veces vemos que lo que es una anomalía en la Capital, en el conurbano es la norma. Podés pasar por Villa Caraza y ver unos hermosos chalets que están a cuatro cuadras de casas de chapas.

Decís que la Argentina “es el conurbano de Occidente”. ¿Conurbano es un concepto relativo?

–Sí, son como fractales que se van repitiendo. Por ejemplo, hoy fui a una escribanía en Banfield. La gente era divina, pero era una escribanía en la que se sentía la misma energía que en todas las escribanías. Daba lo mismo que estuviera en Banfield que en la Capital. Las escribanías del conurbano no tienen techo de chapa y paredes sin revoque. Lo que emanan los escribanos y su trabajo genera un tipo de muebles, una forma, una cultura. En Banfield hay lugares pitucos y casas muy lindas porque siempre se reproducen las mismas capas de energías sociales. El otro día andaba por Lanús y de pronto empecé a ver dos capas superpuestas, como si hubiera un territorio arriba del otro. Hasta los tres o cuatro metros eran galpones y luego había chalets puestos arriba de galpones. Era una zona residencial puesta arriba de una zona fabril. El tipo que vive allí, arriba se hace un chalet americano con tejas y bow window, pero abajo tiene una bulonera (risas). Esto te está contando que ese tipo no quiere irse de ahí, pero quiere tener la casita de sus sueños y entonces se hace una casa de country arriba del taller o de la bulonera.

–¿Cuando se habla de conurbano solo se habla del bonaerense?

–Sí, y me pregunto por qué, si todas las capitales tienen conurbano. Se dice “gran Mendoza” o “gran Rosario”. Pero el mismo fractal se repite en todas nuestras capitales que son como los países centrales, hegemónicos. Pero en relación con Londres o París, el centro es otra cosa. Las grandes legitimaciones argentinas no están dadas en nuestra capital. Nuestro orgullo es Viggo Mortensen, que triunfó en Hollywood y se pone la camiseta de San Lorenzo. Creo que el mismo Borges tuvo su gran consagración cuando comenzó a ser traducido y se lo leyó en Europa. Lo mismo sucedió con Gardel, con Messi o con Maradona. No alcanza con el reconocimiento propio. Nos preguntamos qué hacen en Suecia con el coronavirus, pero no creo que en Suecia se pregunten qué hacemos en Argentina, porque les importa una chota. Valoramos a Maradona porque fue el argentino más famoso. Pero si hablamos de consagración en el mundo, no creo que haya un alemán más famoso que Hitler. Todavía necesitamos que mamá y papá nos aprueben.

–¿Eso no es propio de un país colonial?

–Claro, y por eso el planteo de una civilización y una barbarie que están luchando. Banfield está lleno de casas inglesas y yo soy fan de los Beatles. Con Rep tuvimos la suerte de entrar al estudio de Abbey Road. Nos preguntábamos, siendo uno de Gerli y el otro de Aldo Bonzi, qué nos emocionaba de estar ahí. Y creo que es que nos gustó lo que hicieron estos tipos que vivieron en Liverpool, que es un conurbano de los ingleses. Es evidente que estamos hechos de cosas que son de los ingleses, como el fútbol o Bailando por un sueño, que es un formato inglés.

Tres relatos de tu libro remiten a «civilización y barbarie». En uno de ellos hablás de lo que es el progreso para un tano constructor. ¿También el concepto de civilización y barbarie es relativo?

–Sí, ahí quise dar cuenta de qué es el progreso para el tano. Cuando hablan de Roma, los tanos te muestran el Coliseo, los acueductos, los caminos. No te hablan de los árboles o de cómo hacían la ensalada. Y aquí la forma de asegurar todo su esfuerzo es convertirlo en ladrillos. Esto surgió a partir de un recuerdo de cuando era chico. Había ido a jugar a la casa de una compañera del colegio. Cuando mi papá me fue a buscar, se puso a hablar con el de ella, que era dueño de un corralón de materiales. El tipo había embaldosado todo el fondo, un patio de 30×8 y lo mostraba orgulloso. Decía: “Así no se ensucia más”. De esa forma, no tenía que cortar yuyos. Muchas veces la mayólica, la piedra Mar del Plata, tienen que ver con eso, con hacer superficies lisas y fáciles de limpiar que se impongan sobre lo natural.

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(Foto: Diego Martínez)

Cada uno de los relatos termina con una especie de explicación teórica, sociológica.

–Sí, eso lo saco de conversaciones con mis amigos, con la gente, y las condenso en alguien a quien le faltan dos materias para recibirse en Sociología o que es cuñado de un psicólogo. Y todo termina con un chiste que indica que lo que se dijo antes puede ser importante o no. Es que los humoristas, cuando quieren hablar en serio, se ponen melancólicos. Dolina es un tipo que puede hacer humor y hablar de filosofía y escucharlo es un placer. Es uno de nuestros grandes escritores. Leerlo es inspirador, pero es una excepción. Como te decía, yo charlo con mi familia, con la gente, con quienes me ayudaron mucho a hacer el libro. Cuando todo eso no entra en un cuento, prefiero separar el efecto del concepto porque a veces por ser conceptual perdés efectividad, y por ser efectivo perdés concepto.

No creo que te hayas propuesto hacer un tratado sociológico, pero sos un observador muy fino y gracioso y eso le permite al lector entender ciertas cosas. Además, tu delirio no es decir cualquier cosa, sino captar el delirio de la realidad.

–Es lindo lo que acabás de decir. Yo no me siento fino ni gracioso, pero disfruto mucho de poder observar y de contar lo que observé. Es como decís, hago una sociología salvaje, una filosofía de pizzería. Creo que el delirio tiene que ver con mis años de trabajo con DiegoCapusotto. Y es cierto también que el delirio no tiene que ver con algo dadá, sino con lo que aprendí con él, que es partir de un punto real e ir escalando. Y a medida que escalás, todo se va volviendo absurdo. Pero cuando bajás te das cuenta de que eso pudo haber sucedido o está sucediendo, solo que uno lo interpola. Alguien puede creer que se le apareció una virgen y alguien puede poner un resto-bar en el conurbano. Pero cuando juntás las dos cosas es cuando aparece la mirada delirante, pero no deja de ser real que alguien tiene ese deseo y ve esas imágenes.

–¿Que los chinos tengan un simulador del conurbano como contás entra dentro de la misma lógica?

–Claro, si en Las Vegas tienen una reproducción de la Torre Eiffel y los chinos tienen réplicas de pedazos de Europa. Un extranjero puede ir a la avenida Alvear y decir “¿sabés que en Buenos Aires hay un simulador de París?” o “¿sabés en la Avenida de Mayo hay un simulador de Madrid y gente que parece española?”. Además, China tiene la capacidad de conmover porque la escala en que hace las cosas para nosotros es delirante. Te hacen 40 rascacielos en dos semanas y un hospital para infectados de coronavirus en diez minutos.

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¿Las escenas con enanos de jardín del conurbano que representan Macbeth, el via crucis o la serie Friends son el extremo del delirio?

–También eso es probable que lo haga alguien. No me extrañaría que alguien dijera: “Ché, boludo, ¿sabés que vi una escena de El padrino hecha con enanos de jardín?”. Porque ese delirio está en el conurbano aunque no en la forma en que yo lo cuento. A nosotros puede parecernos kitsch, pero por ahí lo ve un turista alemán y se vuelve loco.

–La valoración estética es política, ¿quién determina qué es lo bello?

–Claro, el que lo determina es el que mira. Por eso me pongo del lado de la libertad, del lado del que lo hace, no del que lo mira. Hace poco fui a una fiesta donde vi una persona bailando. Me daba vergüenza. Pero después me di cuenta de que el problema era mío, la persona era feliz, aunque parecía una heladera con espasmos. En la mirada aparece la ley. Pero en los pueblos del conurbano hay cierta libertad. Un tipo, por ejemplo, se permite poner una Pelopincho en la puerta de la casa, cosa que en la capital jamás harías. A ese tipo le gustaría tener una pileta climatizada en el fondo, pero como no tiene fondo ni nada, entre quedar mal y que sus chicos se diviertan, elige que los chicos se diviertan.

–Al mismo nivel que los enanos de jardín nombrás a Foucault, Bourdieu, Mijaíl Bajtin. ¿Por qué?

–Porque creo que los democratiza, que se puede hablar de Foucault en una pizzería de mierda del conurbano, que no es obligatorio ir a Puán. ¿Y si no puedo ir a Puán qué hago, me quedo toda la vida viendo a Marley?  «


El título más largo del mundo

En la era de la brevedad, Pedro Saborido decidió nadar contra la corriente y eligió para su libro el subtítulo más largo del mundo y, además, no le puso punto final porque quizá piense en continuarlo. De modo que luego del título principal, Una historia del conurbano, se lee:

En 20 relatos que serán para el deleite, el goce y la  reflexión no sólo de la gente del conurbano sino también, de la que vive en CABA, Bariloche, Neuquén, Ushuaia, Santa Fe, Rosario, Resistencia, Posadas, La Plata, Córdoba y cualquier ciudad del país, porque todas tienen su conurbano y están en la Argentina, que a su vez está en el conurbano del mundo, y este en el conurbano del sistema solar que está en el conurbano de la galaxia, que está en el conurbano del universo y, para las y los creyentes, en el conurbano de Dios y coso

Elogio de la cita apócrifa

El comienzo de cada uno de los relatos que integran Una historia del conurbano hay una cita que puede estar atribuida tanto a John Lennon o a Paul McCartney como a Jean Paul Sartre.

Su veracidad es altamente dudosa. Saborido, como el mismísimo Borges, parece ser amante de la cita apócrifa. Cuando se le pregunta el porqué de este procedimiento lúdico, contesta: “Sí, la mayoría son falsas, pero hay un par que son ciertas o, como la de Sartre, están complementadas para que arrimen. ¿Sabés por qué eso es algo lindo? Porque le ponés un prestigio a la cosa. Si yo te digo que algo lo escribió Borges o lo escribió Nietzsche, le vas a prestar más atención. No es lo mismo decir “bueno, cada uno tiene su punto de vista” que citar a Nietzsche y decir “No existen los hechos, existen las interpretaciones”. Entonces todos dicen “Oh, ah”. Lo que dijo Lennon de que la vida son las pequeñas cosas que nos pasan mientras estamos ocupados en nuestros planes, lo sabemos todos. Pero él lo redondeó y eso está bien porque logró sintetizar un pensamiento que es común a todos.  Si vos decís que algo lo dijo Bernard Shaw todo el mundo va a decir “ah, pero qué bien” aunque la frase sea una boludez.