“Sin prejuicios ni discriminación, otra forma de hacer deporte es posible”. Con ese lema como bandera se nutre una historia de boxeo, inclusión y militancia. Tejer lazos. Generar alternativas. Construir identidad de clase. Pelear en conjunto con los más jóvenes y los niños no solamente para acceder al esparcimiento sino también para abrir las puertas a luchas sociales más grandes. Una escuela de boxeo busca subir al ring a las problemáticas que los pibes de la Isla Maciel tienen todos los días. Y ganarles por nocaut.

“Se genera un espacio en donde los pibes y las pibas tienen una actividad deportiva garantizada y plena. Son tres horas en las que ellos se dedican a ser lo que son: niñez y adolescentes”, le dice a Tiempo Laura Olivera, licenciada en Trabajo Social y especialista en Niñeces y Adolescencias. Es una de las personas que todos los sábados lleva adelante la iniciativa Boxeo Popular en la plaza José Hernández, sobre la calle Montaña, en el partido de Avellaneda. Lo organizan militantes y profesores de boxeo del Club Social y Deportivo La Cultura del Barrio, de Villa Crespo, y la agrupación Acción Antifascista de Buenos Aires. “El Boxeo Popular lo trajimos de una experiencia de unos compañeros en Francia. Teníamos esa instancia dentro de una ideología, la de llevar una propuesta deportiva de los barrios, para los barrios y desde los barrios”, dice Luis Tabera, uno de los organizadores de la iniciativa, tras señar -a buen precio- las camperas para los pibes y las pibas de la Isla Maciel. La Cultura del Barrio es una escuela de boxeo cuyos profesores son directores técnicos de la Federación Argentina de Box. Usan su parte profesional “en pos de”, dice Luis.

Boxeo Popular tiene tres años y todos los sábados junta entre 15 y 20 niños y niñas y alrededor de 20 adolescentes. “La idea es utilizar al deporte como un medio y no como un fin. Es un derecho que se brinda a niñes y adolescentes de forma gratuita. Al mismo tiempo se lo usa como un medio para poder laburar con los pibes, las pibas y sus familias, en relación a las distintas problemáticas de vulneración”, resume Laura. La iniciativa utiliza el boxeo como una excusa para afrontar temas más de fondo. “El objetivo es que se mantengan al margen del mundo de los adultos y que puedan superar problemáticas como violencia familiar, adicciones, bullying y otras cosas que pasan”. 

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Acompañar a los más chicos se hace más sencillo con el juego, el boxeo y cualquier iniciativa deportiva. Entablar diálogo. Meterse en el barro y el barrio. Apuntar a los problemas de la vida cotidiana es una pelea que dura más de doce rounds y que se hace más importante en crisis económica. “Quienes fuimos chicos o adolescentes en los años 90 lo sabemos muy bien”, sintetiza Olivera.

Boxeo Popular tiene impronta colectiva. “Está bueno que se tome algo desde una actividad tan pequeña en el mundo cotidiano de un pibe, porque vamos solo tres horas los sábados pero el resto de la semana seguimos en contacto con las familias y los chicos. Articulamos con las escuelas para que esté armada esa red de contención comunitaria que es la que sostiene a los pibes y las pibas del barrio”, indica Laura. 

“Trabajar con las infancias es también ver todo. A veces tienen formas de hablar que no son del lenguaje propiamente dicho: hay enojos, posturas, caprichos, berrinches y otras formas en las que los pibes y las pibas expresan lo que les pasa. Después, cuando uno da el espacio, se empiezan a soltar y a decir qué les pasa. Eso es lo importante: que se les pueda dar un lugar de escucha”. El objetivo de fondo es que, en el futuro, sean los propios chicos quienes continúen con la iniciativa en el barrio. “Queremos formar formadores”.

En ese camino también aparece otro obstáculo, el de “caer desde afuera”, pensar que los conocimientos propios pueden reemplazar a los del lugar. La mimetización con el territorio y el respeto por sus saberes resulta fundamental. “Comprender la dinámica que lleva el barrio”, expresa Olivera, para lo cual hicieron un mapeo con los vecinos, padres y madres. Son, como ellos dicen, una institución más del lugar.

“El boxeo lo que hace es sacarte la parte violenta y llevarlo por otro lado”, expresa Tabera. Agrega Laura: “Con los pibes hicimos un laburo porque es verdad que lo del boxeo como violencia está. De la misma forma en la que también hay sorpresa cuando ven pibas. Piensan ‘esto es de varones’. Pero se hace mucha bajada de línea”.

No obstante, este tema se conecta con problemáticas más profundas: no hay mayor violencia que la falta de trabajo o de un plato de comida. Frente a esto, la dinámica del proyecto permite poner en debate otro concepto, que los profesores llaman “autodefensa popular”. “Nos han dicho que hay que renunciar al derecho a defenderse, cuando están violentándonos todo el tiempo. No hay nada más violento que un pibe no tenga para comer. Lo primero que te enseñan es a bajar la cabeza, a bancar lo que tenés. Porque el pobre es ‘bueno’ cuando es humilde pero, cuando se rebela o sale a robar, es un ‘pobre malo’. Nosotros decimos que acá no va a renunciar nadie al derecho a defenderse y vamos a formar autodefensa popular”, agrega Olivera.

Dice Laura, también, que una parte sustancial de la actividad es que a los pibes no les falte nada. “Se van a golpear las puertas que se tengan que golpear”. Luego define con crudeza: “Y las que no se golpeen, se van a patear”.

El antifascismo es la impronta ideológica que define al proyecto que empezó a gestarse hace 21 años en otro lugar de Avellaneda. No es casual que hoy -ya en “la famosa” Isla Maciel, como dicen varias de las remeras de los chicos, cerca de aquel lugar de inicio- se lleve adelante la iniciativa.

Siete palabras resumen su postura política: «Organización de base, apoyo mutuo, construir alternativas». Explica Luis: “La definición de nuestros tres pilares nos la dieron la experiencia y el laburo del día a día. Somos, fuimos y seremos una organización de base, que es la forma que encontramos para llevar adelante las propuestas que planteamos. Creemos en el apoyo mutuo, no en la caridad. Las soluciones se tienen que buscar desde la comunidad, fomentando relaciones de cooperación y generando alternativas”.

En una de las paredes del lugar donde se da el taller puede leerse: “Seamos la pesadilla de quienes pretenden arrebatarnos los sueños”.