“¡Mi diario en Argentina! Imposible decir que no”, responde Matías Cano, arquero argentino del club chileno Cobreloa, 1.500 kilómetros al norte de Santiago, cuando recibe el mensaje de WhatsApp de Tiempo Argentino. La excusa para la entrevista es lo coyuntural: Cano ataja para su equipo en el estadio Zorros del Desierto, el mismo al que la selección argentina visitará este jueves a Chile por las Eliminatorias, y por lo tanto sabe lo que es jugar en el desierto, la altura y el calor de Calama, las condiciones de adversidad a las que Chile apuesta para llegar al Mundial de Qatar. Pero reducir a lo futbolístico una charla con Cano, que en Argentina debutó en Temperley y se convirtió referente de UAI Urquiza, sería un desperdicio. Ya afianzado en el fútbol chileno, donde atajó en Primera para San Luis de Quillota y fue capitán de Coquimbo Unido en las últimas temporadas, el arquero de 35 años pertenece al reducido club de jugadores que hablan más allá del fútbol. 

-¿Cómo es Calama, la ciudad en la que jugará Argentina este jueves?

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-Estoy hace 15 días. En los últimos años jugué para Coquimbo y ascendimos a Primera. Era el capitán y me podría haber quedado, pero sentí que me había estancado y decidí venir a Cobreloa, que es considerado el cuarto grande de Chile y ahora está en la B. Es un club que fue campeón nacional y dos veces jugó la final de la Libertadores. Todavía estoy adaptándome al desierto: hace un calor bárbaro, el aire es caliente, el sol lastima, son 2.600 metros y llueve solo una vez al año. En estos días me costó horrores adaptarme a la velocidad de la pelota y el ahogo que te produce jugar y hablar.

-¿Argentina puede sentir esas condiciones? 

-No creo que Argentina esté en desventaja. Los jugadores de ese nivel se adaptan de la mejor manera. Fue una decisión de los dirigentes, no de los jugadores, incluso algunos estaban en desacuerdo. Son pocos los futbolistas de la selección de Chile que juegan la liga de acá y menos los que juegan en Calama. A nivel local, venir a Calama produce fastidio en los rivales: uno mira el fixture y sabe que, cuando viene al desierto, el empate está bien. Cobreloa juega en el Zorros del Desierto pero ahora no podemos usar el estadio: lo están guardando para el partido.

-No soles dar muchas entrevistas pero en 2016, para el diario La Tercera de Chile, en un artículo titulado “el Che para en Quillota” contaste que tenés 500 libros en tu biblioteca.

-Ahora debo tener más, y casi ninguno de fútbol. Cuantas más herramientas tenga, mejor se puede ver la vida. Ahora estoy leyendo a (Carlos) Castaneda, la saga de Las Enseñanzas de Don Juan, son cuatro libros. Me gusta La Renga y leer a Castaneda es como escuchar a La Renga: habla de cómo enfrentar la vida, la vida de guerrero, la diferencia entre mirar y actuar, entre aparentar y ser. Son libros que te dejan pensando, que te orientan hacia el camino que uno se propone.

-¿Y qué camino te proponés?

-Ser mejor persona, mejor futbolista. El año pasado era el capitán de Coquimbo Unido y les hablaba a 30 compañeros de cómo encarar la vida, cómo ser humildes, cómo no quedarse con eso de los jugadores de fútbol con las modelos y las discotecas. Está bueno que alguien desde adentro lo pueda combatir. Quiero ser una persona más integra cada día, vivir la vida como guerrero. Gran parte de la sociedad va para un lado y también los jugadores ayudan. Igual no creo que sólo pase en el fútbol, pasa en todos los trabajos. Nadie es un estereotipo y es por lo que le toca trabajar.

-Te habrás formado en un fútbol muy diferente.

-Cuando empecé a jugar, los grandes nos tenían a las puteadas, era el destello de una sociedad que no te lleva a ningún lado. Cuando me concentré para el primer partido, mi papá lloraba de la emoción mientras los jugadores más grandes, en vez de decir que eran los responsables, te cortaban el pelo, te hacían salir a la cancha todo pelado. Ahora me toca ser líder y trato de ayudar a los más jóvenes. Los jugadores tenemos que romper la cadena, y también con el machismo. El movimiento femenino tomó un rol impensado en los últimos años y hoy el fútbol femenino tomó mucha fuerza: tenemos kinesiólogas y psicólogas. Desde nuestro lugar hay que devolverle al fútbol lo que nos dio, pero desde la sociedad, no desde las ventajas individuales.

-Hablás del ambiente del fútbol pero también de los futbolistas.

-Cuando el dinero se mete, corrompe, se ven asquerosidades. La cantidad de gente que vive alrededor del fútbol no es sólo el jugador: el que vende choripán, el que hace las camisetas truchas para la feria, periodistas, representantes. Los sueldos sobrevaluados que cobramos: a veces entre los compañeros estamos de mal humor por una derrota y hay que decir ‘Acordate que mucha gente no llega a fin de mes y a nosotros nos pagan por jugar a la pelota’. ¿Cuánta gente puede estar contenta con su laburo? Muy poca. Me da bronca algunas cosas, cuando algunos quieren tapar sus inicios. ¿Qué vergüenza tenés de ser pobre? A mí no me da vergüenza decir que mis papás no me podían pagar cosas materiales. Cuando era chico todos tenían el Family Game y nosotros recién después de mucho tiempo tuvimos una bicicleta, pero mis viejos me dieron valores.

-¿Por qué dijiste sueldos sobrevaluados?

-Y… te pagan más que a un médico o a un profesor de escuela, eso ya es sobrevaluado. Pero también hay que ser conscientes de que, en esta parte del mundo, el fútbol es casi tan importante como el aire que respira. Hay gente que dice ‘primero Independiente y después mi vieja’. Y no, boludo, no es así. Por eso soy reacio al ambiente. (Mauro) Zárate dijo en las finales de la Copa 2018 que el que perdía se tenía que ir del país. ¿Pero por qué? Así los jugadores no ayudamos. Mirá Bielsa. Los argentinos no lo queremos y decimos que es un pecho frío pero en Chile la gente lo ama: preparó una transformación para que la selección pudiera competir y ganara los dos títulos que vinieron después.

-En el fútbol no es habitual una lectura como la tuya.

-Critico el ambiente porque veo cosas que no se plantean, y salen jugadores a mostrar una imagen que no es la coherente. Son muy pocos los jugadores de elite y multimillonarios: el resto ganamos más que el resto pero, si no tenemos la lucidez para manejar la plata, dos años después del retiro se nos complica. Hay jugadores que apenas pueden se compran un auto de lujo, ropa de moda y escuchan la música de último momento sólo para mantener el status de ser personas conocidas. A veces me pasó que alguien llegaba al vestuario con ropa que no era de marca y decían ‘uy, se metió un hincha’. Y yo no vengo a modelar, vengo a hacer historia en el club. Mirá lo bien que le va a River. No hay jugadores con peinados extravagantes o con problemas extrafutbolísticos fuera de la cancha. El entrenador, que es la cabeza, te inspira respeto.  

-¿Cuándo comenzaste a mirar más allá del fútbol?

-Soy de Burzaco y en mi casa no se hablaba de política. Pero cuando asesinaron a Kosteky y Santillán yo estaba en el secundario y tenía un compañero cuyos padres eran piqueteros. Me empecé a juntar con esa familia y empecé a ver lo que era la lucha social, como funcionaba ese organismo tan ocultado. Si el Estado está presente, la lucha social está ausente. Es una regla básica. Y en ese momento de Argentina, el Estado estaba más ausente que nunca. Fue cuando explotó el país después de tantos años de neoliberalismo.

-¿Militaste?

-No milité en ningún partido. Me acerqué al Polo Obrero y, cuando asumió Néstor, recorrí unidades básicas. Pero yo militaba comprando Tiempo Argentino. Recuerdo un texto de Roberto Caballero, que decía que también se militaba comprando Tiempo o viendo 678 o escuchando a Víctor Hugo. O dando tu opinión en un cumpleaños o en tu familia. Cuando llegó Néstor, sí tuvimos a alguien que nos identificara, alguien con el valor para enfrentarse a las corporaciones. Chile está viviendo después de las elecciones algo que puede ser muy parecido al resurgimiento que tuvo Argentina con el movimiento nacional y popular de Néstor y Cristina durante 12 años, que agarraron un país devastado. 

-Llegaste a Chile en 2016 y enseguida te sumaste a las juventudes comunistas.

-Mi primero club fue en Quillota. Cuando llegué, se cumplía un año del asesinato de unos chicos. Vi una movilización en la calle y me presenté, ‘voy a jugar en el equipo de la ciudad’. San Luis estaba en Primera. La gente me decía que nunca un jugador se había acercado al partido e hice amistad con la juventud comunista de Quillota. Me puse a disposición de ellos para trabajar y hacer cosas sociales. Hizo un ruido tremendo que un jugador hiciera eso. La gente se asusta cuando ve que el jugador de fútbol no es sólo una pelota. Con mi familia comemos mirando Telesur. Me gusta saber qué pasa en Bolivia, Brasil, Perú, Ecuador. Yo siempre tiro para la izquierda. Y me gusta desmenuzar cómo funciona la máquina neoliberal en los medios de comunicación: desestabilizan a los gobiernos nacionales y populares, y apoyan a los gobiernos del mercado, siempre apoyados desde el norte. Tengo 5 hijos, fui padre por primera vez a los 17, y una de mis hijas, de 12, me preguntó el otro día por el reparto desigual de la riqueza.

-¿Cómo fue que en tu equipo anterior atajaste con una camiseta con la imagen de Milagro Sala, Eva Perón y Hebe de Bonafini?

-Fue el 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer. Jugábamos contra O’Higgins y mi idea primero fue poner una foto de mi mujer, mi tía, mis hijas, algo familiar. Pero al final elegí a mujeres que son el prototipo de las mujeres que el mundo necesita, no sumisas, sino luchadoras: Milagro Sala, Eva Perón, Hebe de Bonafini, Violeta Parra, Gabriela Mistra, Rigoberta Menchú, Alfonsina Storni. Atajé con esa camiseta.

-¿Vas a la cancha el jueves?

-¡No viene Messi! Fue un golpe saberlo. Mi hijo más grande, de 18, me vuelve loco preguntándme si le consigo una entrada. Pero tampoco sabemos si vamos a estar en Calama o en Santiago, adonde vamos de pretemporada con el Cobreloa.