Sin saberlo, hace 50 años, la que aún no era la banda que revolucionaría la música, ofrecía su último concierto oficial. El estadio de fútbol americano de Candlestick Park era testigo de ese hecho histórico. La actuación del 29 de agosto de 1966 duró 33 minutos y el grupo interpretó 11 canciones; hasta ese día los Beatles habían pasado cuatro años haciendo giras con un total de 1400 apariciones en conciertos a nivel internacional.

Si bien, una vez más, el griterío hacía prácticamente inescuchable la música para ellos mismos, ese día no tomaron la decisión. Una sucesión de hechos, como suele suceder antes de las grandes decisiones, los llevaron a abandonar definitivamente las presentaciones en vivo con público y publicidad previa. Quedaría como sorpresa para el mundo su presentación en la azotea del afamado edificio de los estudios Apple en Londres, donde grabaron varios discos.

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Las quejas encabezadas por Paul McCartney sobre la imposibilidad de lo que estaban tocando en vivo se vieron alimentadas por las novedosas inquinas que empezaba a despertar el grupo. Los Beatles ya tenían experiencia en el asunto, pero a los comentarios sobradores y socarrones de cientos de conductores radiales y televisivos que se mofaban su estética y de su música, los acallaron a fuerza de música, estética, ironías varias y profesionalismo: no les habrían perdonado la vida si hubieran faltado a sus deberes contractuales y otros. Porque si bien eran los niños mimados de la industria, también es cierto que ellos, con sus cambios y exigencias disco tras disco, fueron los grandes propulsores del cambio que las discográficas empezaron a dispensar a las Stars,

La novedosa inquina ocurrió a partir de las declaraciones de John Lennon sobre que eran más famosos que Jesús. Ayer no es hoy, y decir eso hace 50 años (a ese tiempo corresponden las declaraciones de Lennon) podía resultar, como resultó, en que publica de discos y vociferación de amenazas varias para la integridad física de los cuatro músicos. Si bien ya estaban duchos a las desbordes de devoción que producían en los fans, esas y otras opiniones políticas (que hasta el momento parecía no tenerlas), cambiaron la percepción sobre ellos de parte de su público, y a ellos les hizo cambiar la propia sobre sus seguidores.

La tercera y que varios estudiosos sostienen que los hizo tomar conciencia de que, como suele decirse, las cosas se estaban yendo de madres, fue su visita a Filipinas. Los Beatles hacían en Manila su última parada de la gira asiática antes de regresar a Gran Bretaña. Llegaron el 4 de julio de 1966 y tuvieron un recibimiento inigualable: 20 Cadillacs oficiales los esperaban en el aeropuerto, donde les hicieron conocer las monedas conmemorativas acuñadas por el gobierno de Ferdinand Marcos por la visita.

La visita Beatle ponía al país en el mapa, así que el dictador Marcos quería aprovechar la oportunidad. Su mujer, Imelda, invitó a los cuatro de Liverpool a un almuerzo oficial en la residencia oficial, el Palacio de Malacañang, con sus tres hijos y altos funcionarios del gobierno. Los músicos rehusaron la invitación a último momento, aduciendo cansancio (venían de tocar en Tokio y les faltaba dos conciertos para esa misma tarde y noche). El show transcurrió normalmente (para lo normal que puede ser una presentación Beatle) ante 35 mil personas, pero a la noche, en la televisión, la noticia era otra: la Primera Dama con sus invitados y 200 niños desilusionados ante un voz en off que decía: «Los niños pobres empezaron a llegar desde muy temprano y esperaron hasta las dos de la tarde, en que fueron retiradas las tarjetas de los Beatles de la mesa». (En ese entonces la televisión era en vivo, no había grabaciones, por lo tanto luego de que los Beatles dieran sus razones para no concurrir, Imelda Marcos armó de inmediato la puesta en escena para salir al aire luego de terminado el show).

El episodio pasó a mayores cuando la comitiva de los Beatles se encontró con que la custodia policial había desaparecido y una multitud se agolpaba en la puerta del hotel; unas horas más tarde un oficial filipino se presentó en el hotel para reclamar el pago de un supuesto impuesto, que Epstein terminó pagando de su propio bolsillo. De inmediato el manager alistó al grupo para abandonar lo más pronto el país, pero no se pudo concretar la salida del hotel porque el administrador dijo que todos los empleados se habían negado a trabajar por amenazas de bomba en el edificio.

Los problemas siguieron hasta el decolaje del avión, pero el susto hizo mella en el grupo, que comenzó a pensar nuevas formas para sus giras.

El show en el Candlestick Park, que comenzó con “Rock and Roll music”, de Chuck Berry, y terminó culminó con “Long tall Sally”, de Little Richard, no ofrecía nada distinto a lo conocido, y de esa manera daba una nueva idea ante los sucesos de Filipinas: abandonar las giras

Unos días antes Revólver y la amplia y aplaudida recepción de público y crítica había insinuado otro camino, el de la experimentación en estudio. Pero para eso necesitaban un tiempo que hasta el momento no tenían. Incluso si lo querían llevar al vivo, que por la sofisticación que ganaba su música, se complicaba. Excepto, claro, que dejaran las giras. Los avatares de los últimos meses dieron las argumentos imprescindibles para alejar, al menos momentáneamente, la presión de los empresarios musicales. Sgt. Pepper’s Lonely Heart Club Band apenas unos meses después de ese show les daría la última razón que necesitaban para alejarse definitivamente de las presentaciones en vivo.

Y el mundo vivió agradecido.