Deporte individual como pocos, y al momento en que se ubica el film, menos popular que unos cuantos, el tenis nunca fue muy abordado por el cine. Eso parece no haber sido dificultad para esta producción cuasi escandinava (sólo falta Noruega), que toma la consagración definitiva de Bjön Borg como el mejor (o casi) jugador del siglo XX, en lo que era el templo del tenis mundial: Wimbledon. Reflotar aquella memorable final de 1980 nada menos que con el norteamericano más norteamericano de todos (tenística y temperamentalmente hablando) refiere al partido, pero también a un país, Suecia, que por entonces sólo era tenido en cuenta -al menos popularmente en Occidente- por sus “excentricidades” sociales, referidas especialmente a las libertades sexuales de sus mujeres.

El film toma a Borg -24 años y al conquista de su quinto Wimbledon consecutivo, hazaña inigualable- y al iracundo heredero de la supremacía estadounidense, John McEnroe. Y pone el acento en el clima de época: los resabios del hipismo (que sobre todo se ve en la extensión de las cabelleras masculinas, pero también en sus jeans tipo oxford), la presencia del bloque comunista aunque no se haga referencia a él y, sobre todo, todo lo incipiente que era el tenis realmente profesional, porque en definitiva ese simbólico partido es la consagración final del espíritu democrático que impone la profesionalización de un deporte (acaso de cualquier actividad). Menos de diez años antes esa final era disputada por jugadores que apenas cobraban viáticos, a los que sus herencias aristocráticas le permitían disponer del tiempo necesario para dedicarse al tenis.

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La profesionalización del tenis a principios de la década que concluiría con ese Wimbledon (y el posterior US Open), permitiría que la tríada formada por Borg, Jimmy Connors y Guillermo Vilas llevara el tenis a otra dimensión: una en la que sin importar la facha ni los modales (Connors y el rumano Ilie Nastase, primero, McEnroe más tarde), y mucho menos la ortodoxia en el juego, podrían consagrar en los torneos de Grand Slam. De esa preparación, pero más de esa angustia por demostrar que eran superiores los que habían hecho del tenis el “deporte blanco”, se ocupa el film siguiendo más a Borg que a McEnroe. Es el sueco quien debe superar esos obstáculos que el norteamericano, a su llegada al circuito, ya tenía bastante allanados. Es el sueco, también, quien tiene que poner en el mapa mundial a un país ignoto, y más si de tenis se hablaba. Él llevaba esa mochila oculta, al igual que probablemente lo haya hecho Vilas con Argentina.

Sin abandonar la corrección, algo que tal vez lo acerca por demás a los interesados en el deporte en general y en el tenis en particular que al habitué del cine, la película también expone cómo esa profesionalización trae consigo una sinnúmero de personajes más cercanos a lo que se considera circo que deporte: modelos, groupies, empresarios y jet set en general (como se lo conocía entonces), que ven en la cercanía a esos “nuevos gladiadores” -como en algún momento se los define- la posibilidad de conservar o acceder a lugares socialmente privilegiados.

Y en parte también puede tomarse como un homenaje. Después de todo, si por ejemplo hoy aún se puede disfrutar de un Federer, es por aquella historia que, entre otros, hicieron posible Borg y McEnroe.

Borg – McEnroe, la película (Borg McEnroe. Suecia-Dinamarca-Finlandia, 2017). Dirección: Janus Metz. Con: Sverrir Gudnason, Shia LaBeouf, Stellan Skarsgård y Tuva Novotny. Guión: Ronnie Sandahl. 100 minutos. Apta para todo público.