Los hechos transcurren en 2104, diez años después de Prometo y 18 años antes de la emblemática Alien: El octavo pasajero (1979, primera de la saga). La curiosidad de antes y la de después permanecen intactas, así que el peligro también. La Covenant se dirige a Origae-6, un planeta que con algunos retoques reviste características que le permitirán ser conquistados por los terrícolas. Para ello la nave transporta una tripulación de unos quince miembros, 2000 personas criogenizadas y una cantidad de embriones en similares características.

 

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A poco andar, hay un fallo en la nave que hace temer que la acción comienza de inmediato. Pero con casi 80 años, Ridley Scott conserva el sello de la vieja escuela de fines de los ’70 principios de los ’80: alimenta las sospechas y hace crecer la tensión, pero se guarda en la manga el as que revelará a qué temer y por qué, sin convertir a esta nueva entrega en un símil de la originaria: no se olvida de los años pasados (y el efecto producido) por aquel film que junto a otros viró la narración hacia un mundo que dejaba atrás las formas narrativas y de sentido que hasta entonces habían mantenido los clásicos; y fundaba con otras películas un nuevo clasicismo.

Un clasicismo que estaría repleto de sagas, como ésta, que tuvo en la trilogía de sus comienzos lo mejor que hasta el momento supo dar. Eso no quiere decir que Covenant sea floja. Está muy lejos de serlo. A partir de que nuevamente la curiosidad le jugará una mala pasada a la tripulación -camino a su destino descubre un borroso sonido que semeja a una canción norteamericana, y antes que seguir las instrucciones que le dieron razón de ser, decide desviarse para ver de dónde vienen y encuentran un planeta de innegables similitudes con la Tierra- la película es entretenida, reflexiva, entusiasta, misteriosa y por momentos tenebrosa y terrorífica. Y nunca olvida de dónde viene. De ahí tal vez el gran acierto de Scott, que reconoce ese pasado a partir de no pretender igualarlo, pero no por eso dejando de dar lo mejor para estos tiempos; como si estuviera cuidando la criatura que creó.

Ya los chicos irán a buscar El octavo pasajero para descubrir -como el director lo hizo y compartió con el resto del mundo- los encantos de nueva mujer que presentaba y representaba Sigourney Weaver; para ver cómo Scott la usaba para, precisamente, hablar de la nueva mujer que los tiempos perfilaban y el mundo se aprestaba a respetar; entender que el film resulta fundacional en muchos aspectos, una verdadera avanzada colonizadora (como ocurría en la historia del film) que sacaba definitivamente a la ciencia ficción de la reflexión filosófica y sin abandonarla la instalaba en el decidido terreno de la aventura, un terreno en el que al extraterrestre se lo comenzaba a denominar alien, que en inglés es sinónimo de extranjero.

Todas esas y varias cosas más fue Alien: El octavo pasajero. Nadie debería pedirle a Alien: Covenant algo similar. Sí que se reconozca en aquella. Y lo hace. Y eso, para los que vieron la saga completa, acaso sea de las cosas más disfrutable que tiene el film. Y para los que no la siguieron, la posibilidad de introducirse al descubrimiento de un mundo.

Alien: Covenant (Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda, Reino Unido, 2017). Dirección: Ridley Scott. Con: Michael Fassbender, Katherine Waterston, Billy Crudup, Danny McBride, Demián Bichir y Carmen Ejogo. Guión: John Logan y Dante Harper. 122 minutos. Apta para mayores de 16 años.