Pocos empleos citadinos o personajes de la tipología urbana despiertan tantos sentimientos encontrados en el imaginario social como la figura del encargado de edificio a la que comúnmente –y contra su voluntad– se le llama portero. La cercanía diaria y cotidiana del trabajador con sus empleadores –que frecuentemente quieren distinguirse y diferenciarse socialmente de él– parece despertar suspicacias e interrogantes. ¿Es un trabajador siempre dispuesto a arreglar todas las averías –desde la plomería, la calefacción y la electricidad hasta los dramas familiares– o su amabilidad esconde cierto resentimiento contra sus explotadores?  ¿Adoptó la ideología y la cultura burguesa de sus dominadores o es actor redentor privilegiado de las clases subalternas? ¿Es el receptáculo confiable de todos los secretos o puede utilizarlos a su favor convirtiendo a sus residentes en presos de jaula de oro? 

En forma concomitante con estas dicotomías, la fascinación por los encargados de edificios produjo una prolífica ficción literaria, cinematográfica, teatral y gráfica que los convirtió en espías y depredadores (particularmente la narrativa de la posguerra civil española los caracterizó como militantes republicanos y como delatores franquistas), psicópatas, chismosos, revolucionarios, golpistas, guardianes de la moral, perversos sexópatas (un ejemplo paradigmático es la película Mientras duerme,Balagueró, 2011) o escritores que publicaban las miserias de sus vecinos (no parece casual que el primer trabajo de Juan Carlos Onetti haya sido portero de edificio). 

En El encargado, la dupla de realizadores argentinos Mariano Cohn y Gastón Duprat materializan la brillante idea –sorprende que a nadie se le haya ocurrido antes– de convertir a esta figura urbana paradigmática en el personaje protagónico de una serie de streaming. En este caso, el encargado de un ostentoso edificio de un barrio reconocible de la ciudad de Buenos Aires se llama Eliseo (Guillermo Francella), es viudo, alimenta plantas carnívoras y hace casi treinta años que vive y trabaja en el mismo lugar. A su vez, parecen haber transcurrido los mismos años que mientras, a la luz pública se presenta servicial y obsecuente, en forma privada vigila obsesivamente y absorbe arcanos, escándalos, infidelidades amorosas, corrupciones y los mínimos detalles de las existencias de los propietarios. 

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El conflicto surge cuando el doctor Zambrano (Gabriel Goity), abogado y flamante presidente del consorcio, propone al resto de la vecindad suplantar la vivienda del encargado por una pileta y reemplazar al propio encargado por un servicio de limpieza tercerizado. Es entonces cuando, el siniestro –¿o hay algo de justicia poética en sus actos?– Eliseo decide utilizar sus múltiples talentos y estrategias de seducción y la información acumulada durante décadas para extorsionar y manipular los votos de los propietarios a favor de su continuidad laboral. Como aquella película de Philip Capello sobre un portero del infierno, el lema de Eliseo parece ser: «Primero se hizo cargo de la casa, después se hizo cargo de las personas». 

El punto de partida, aunque algo remanido, no deja de ser atractivo y en sus primeros episodios presenta algunos aspectos favorables y otros no tanto. Entre las cuestiones a destacar, se resalta que el argumento retoma una tendencia laboral global que da cuenta de tiempos neoliberales: el reemplazo del trabajo estable del encargado por servicios temporarios contratados o de conserjes, sendas figuras que prestan la función de atender el inmueble sin que se les facilite la vivienda en el mismo. A la vez eso posibilitaría la soñada distancia social de la burguesía que prontamente advirtió el sociólogo Georg Simmel en el siglo XIX y que selló con la frase «La cuestión social es una cuestión nasal». Según esta hipótesis simeliana, los burgueses preferirían aumentar el sueldo de los obreros que tener que convivir con ellos y sentir su olor. En este mismo sentido clasista, también resulta interesante el acercamiento solidario entre Eliseo con los cartoneros. 

Los puntos más flojos de la ficción que se autoclasifica comedia negra es justamente la falta de humor, ironía y dramatismo propia del género, cierta previsibilidad en los acontecimientos que se narran y guiones algo trillados y de poco alcance a la hora de explotar los puntos de partida. Tampoco contribuye la ausencia de una atmósfera que mantenga la tensión, tan necesaria en estas narraciones y que podría aprovechar al máximo la acertada duración de los episodios (aproximadamente treinta minutos) y los ventajosos tópicos del miedo a lo cotidiano y la violación a la intimidad en los cuales se apoya la ficción. En términos generales, las acciones y el personaje de Eliseo –un Francella que, en los primeros capítulos no parece desplegar aún todo su potencial y matices– no produce sentimientos de terror, suspenso y piedad alternativos propios de su Doctor Jekyll y Mr. Hyde contemporáneo, de su papel de víctima y victimario, de su San Pedro maquiavélico.  A grandes rasgos, no se puede decir que el relato no sea entretenido, sino que peca de cierta ausencia de emociones. El calificativo que mejor le cabe es el de desaprovechado. 

Las expectativas y grandes esperanzas de los próximos capítulos pasarán –entonces– por el empoderamiento narrativo y actoral del personaje de Francella y los consecuentes suplicios de los vecinos que conforman el notable elenco liderado por Goity. «


El encargado

Creada por Mariano Cohn y Gastón Duprat. Dirección: Mariano Cohn, Gastón Duprat, Jerónimo Carranza y Diego Bliffeld. Con Guillermo Francella, Gabriel Goity, Mirta Busnelli, Adriana Aizemberg, Darío Barassi, Moro Anghileri y Gastón Cocchiarale.
Estreno: 26 de octubre en Star+.