Las reflexiones podrían ser millones. ¿Cómo puede ser que a la edad en la que la mayoría de los mortales se debate entre el geriátrico o la última de las despedidas este señor se las arregla para comandar un show de casi tres horas? ¿Cómo después de centenares de bandas, modas, tendencias y cambios de soporte –vinilo, cassette, CD, MP3, streaming– la mayoría de sus canciones –que rondan los 50 años– mantienen una tonicidad abrumadora? ¿Cómo es que desde el corazón de la cultura rock –que se autoimpuso una vida efímera– surgió uno de sus representantes más influyentes que supo eludir hasta su propias distopia – “When I’m 64”– y comanda a los 76 años un vibrante show de estadios? Las preguntas se puede seguir acumulando, pero la respuesta es una sola: es Paul McCartney.

El eterno Beatle lo hizo de nuevo este sábado 23 de marzo, cuando en el marco del “Freshen Up Tour” –la gira del disco “Egypt Station” (2018)– se presentó en el Campo Argentino de Polo.

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A continuación, alguna de las claves de la cuarta ¿y última? visita de Paul McCartney a la Argentina.

-Paul, siempre Paul: McCartney tiene bajo el brazo un arsenal de canciones indestructibles. Que son definitivas por sus melodías y orquestaciones, y también por lo que representan en la vida emotiva de la cultura popular global. Todo eso está claro. Pero sigue sorprendiendo porque en vivo despliega una musicalidad desbordante: toca el bajo, la guitarra eléctrica, la acústica, el ukelele, el piano y más. Todo con un aura única. También canta con un timing y capacidad melódica inconfundible. Es cierto que se lo escuchó con menos caudal vocal que en sus anteriores visitas, pero no muchos cantantes mucho más jóvenes se bancan casi tres horas sin sobregrabaciones ni efectos de maquillaje. Al mismo tiempo y como si todo eso fuera poco, McCartney ejerce algo así como un don de gente que despierta una empatía ineludible. Habla en castellano, casi siempre leyendo, pero con verdadera vocación de comunicarse. Escucha a la gente, interactúa y hasta se anima con frases como “¡Ustedes son grosos!”, “¡Copados!” y similares. No es lo más importante, claro, pero también habla de su respeto por los fans.

–La lista de temas: fueron más de 35 canciones y se podría decir que faltaron varios clásicos. Pero en esas casi tres horas de música hubo de todo y para todos los gustos. El show incluyó paradas en el flamante disco “Egypt Station”  –“Who Cares”, “Come on to Me”, “Fuh You– , en el repertorio de Wings –“Junior’s Farm”, “Letting Go”, “Nineteen Hundred and Eighty-Five”, “Live and Let Die”–, recordó a John –“Here Today”–, a George –“Something”–, repasó a los Beatles iniáticos –“A Hard Day’s Night”, “Lady Madonna”, “All My Loving”– y a los más influyentes –“Eleonor Rigby”, “Blackbird”, “Let it be”–. También hubo un final a puro frenesí, con “Birthday”, “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band”, “Helter Skelter” y un medley a medida con temas de “Abbey Road” –“Golden Slumbers”, “Carry That Weight”, “The End”–. No se podía pedir más. McCartney se despidió con un “¡Hasta la próxima!” y los fuegos artificiales hicieron el resto.  

–La banda: McCartney trajo a su banda histórica y rindió como siempre. Rusty Anderson (guitarra), Brian Ray (guitarra, bajo), Paul Wickens (teclados) y Abe Laboriel Jr. (batería) –en algunos temas se sumó una sección de vientos– son músicos con muchísimo resto, sensibilidad y justeza para darle a cada canción lo que necesita –ni más, ni menos–. Todo con plena tracción a sangre para hacerle justicia a un repertorio único.

–El sonido: el sonido en la parte delantera del Campo Argentino de Polo fue casi ideal. Ni muy alto, ni muy bajo y de una fidelidad que permitía discernir y disfrutar cada detalle. Pero la potencia del sistema de amplificación –condicionado por los problemas legales que se generaron luego del show que Hernán Cattaneo, hace dos semanas– impidió que quienes estaban en el sector denominado “campo trasero” y en las plateas escucharan como se merecían un show de primer orden internacional.